viernes, 30 de septiembre de 2011

Mecanografías*


Escribir es un arte. Es difícil, cuesta tiempo y es posible morir por él, en el sentido más estricto de la palabra. Sin embargo, es una cosa muy distinta a la literatura y muchas veces se disfruta de la primera sin necesariamente constituir la segunda. La escritura es en cierta medida la madre de muchas cosas y la muerte progresiva de otras. Ya para esta línea se deben dar cuenta que no me refiero a la “escritura” si no a la mera escritura, esa que se aprende con grandes trazos en libretas de líneas entrecortadas y que a veces da dolor de cabeza a los cinco años (muchas situaciones con la “g” y “q” dan problemas).
Este ejercicio es variado y algunos debaten con mucho esmero dónde fue que el ser humano decidió plasmar una forma o un mensaje para que él u otro lo percibiera. Algunos trazan la línea hasta la prehistoria y otros concuerdan más con el sentido sistémico que se desprende de la cultura mesopotámica (específicamente la sumeria). Para mi es otra cosa, la escritura–elaborando con clisé– se formó un día en que uno de nosotros se sentó en la arena y rasgó en sus granos algún trazo o alguna forma que dejara claro que desprendía parte de su ser allí en el litoral. Quizás la primera vez que llovió y había barro alguien dejó un puño o un dedo marcado con la intención de salir más allá de su piel. En fin, lo importante es que de ahí en adelante la escritura ha producido niveles de serotonina para algunos y alivio para otros.
No obstante, para ser enteramente decimonónico, iré alineando mi discurso con los conceptos básicos a los que la mayoría está familiarizada: lápiz, bolígrafos, papeles, borras etc. Toda esa parafernalia es necesaria para el ejercicio de algo que con el pasar del tiempo se ha afectado e insinuado por la tecnología. Esto no soslaya que aún consiste del básico desglose de la ecuación emisor, mensaje y receptor. No es para quitarle méritos al lápiz y al bolígrafo–instrumentos que a veces admiro estupefacto a mitad de tarea– pero, nuestras manos han adoptado nuevas posturas desde las cuales emitimos signos, formas e incluso monogramas para algún desconocido (humano o no). De esta forma ese verbo que ejercemos tuvo un cambio muy marcado con la llamada industrialización dejando a un lado la grafía convencional y allegando a la humanidad a un mapa compuesto por las combinaciones que parten del QWERTY. Simplemente, surgió la maquinilla.
Ese instrumento, que a algunos le parece anticuado y fácilmente derrocado por el computador ha sido casi olvidado en las oficinas, empresas y demás espacios donde la producción es el credo del día. No obstante, para otros– un poco más reservados o especiales– la maquinilla aún permanece en algún rincón. Puede ser sagrado o simplemente algún espacio escondido y de difícil acceso donde aquel instrumento yace esperando a que le den un clac, clac, clac que produzca palabras y frases.

Por mi parte yo la saqué, lo confieso. Luego de perder mi primer libro tras una avería en mi antigua laptop sentí una animadversión perversa por todo lo electrónico. Traición, desidia, muerte literaria, lo que sea, pónganle el nombre que más le agrade. Lo cierto es que en aquél momento figuré que yo estaba en una situación similar, pero en muchos grados menor, que José Asunción Silva luego de que su barco naufragara y perdiera “lo mejor de [su] obra”. Estaba perdido, desolado, pensando en que mi muerte me era mucho más aceptable que la de mi obra. Medité en la desgracia de la modernidad y en cómo un error puede ser capaz de destruir tanto (admito que por mi mente pasaron, incluso, las imágenes de Hiroshima). Era difícil reelaborar todas las ideas sueltas que andaban ancladas en los molesquines y libretas viejas. Madrugar otra vez el cansancio y las experiencias y, sobre todo, huir un poco de lo tradicional para encararme a lo espontáneo. Así, después de todo el huracán, allí estaba: una maquinilla eléctrica que me invitaba a cometer la locura de la memoria (reescribir todos mis escritos en una semana basándome sólo en su recuerdo) y a expiar cuanta desilusión electrónica existiera en mí.
Una maquinilla crea misticismo en el aire. Ametralla el silencio de una casa y deja entrever que la escritura es un asunto para estar ocupado. Hay ruido al hacer música, al mecanear un carro, cocinar, construir una casa, raspar la bañera: pero el clac clac era el de la escritura. Esa sensación de abandono a la velocidad es como la diferencia entre conducir un vehículo y pasear en motocicleta. Para algunos significó un grado más de libertad.
Hemingway, E.E. Cummings, Isabel Allende y Cortazar tuvieron relaciones particulares con sus máquinas. Otros como Borges fueron más críticos y denunciaron la muerte de la ortografía como bandera de ataque. No obstante, al maestro del relato se le escapaba que algunos de nosotros escribimos horrendo y que no tendremos nunca la misma soltura en los metacarpos como Rustichello da Pisa.
De esta forma un buen TAB que acuñara los márgenes de la 81/2 por 11 era un portal trans-dimensional a la experimentación. Una vía franca en la cual se podía arrollar lo que te viniera en gana. Porque a fin de cuentas, la emoción es sincera al teclear: es emular la velocidad del pensamiento, sacar el corcho al champagne de las ideas o, a mejor decir, disparar palabras. Era jugar al viejo oeste con automáticas.
La maquinilla obró por muchos años como una fiel aliada de tantos oficios –entre los míos: la literatura, el periodismo y el derecho–, de tantos momentos donde había que estar allí, había que pensarlo y, por Dios, una maquinilla tenía que acompañarte.
No obstante, en estos días he visto una foto de los antiguos periodistas de los rotativos de un New York de finales del ’20 (sombrero claro, chaqueta, cigarrillo a medio fumar y mirada de cafeína) con sus maquinillas disque portátiles chocando con sus pantalones y he sentido una profunda nostalgia. Una especie de decadentismo por la tecnología o por la simbiosis del hombre y la máquina en aras de darle forma a la escritura. Habría entonces que pensar en esa gran generación de miopes que se cría con DS y Playstations que, además de no saber lo que es un VHS o un Cassette, no saben lo que es una maquinilla. No saben la magia que produjo ni los libros que nacieron de su clac clac y que ahora leen en la tableta electrónica o el lector digital.
Ellos no han perdido el asombro que causa una maquinilla, es que nunca lo han tenido. Me imagino que es diferente a, por ejemplo, la impresión de mi esposa cuando, recién casados, descubrió mi santuario a la literatura con todo y su maquinilla eléctrica en el escritorio de la esquina separada de la ventana. Luego de quejarse de que aquella monstruosidad ocupaba todo el espacio del escritorio (lo que era muy cierto, y subrayé el verbo por algo) se sentó encantada con el clac clac y dejó en uno de los borradores mis cuentos– que en el futuro formaría parte de  Ficciología– la frase “María escribió esta oración”. Qué cosa maravillosa y que pena que pocos se den cuenta de ello. Nosotros, que vimos a Kurt Kobain joderse la vida y a Independece Day durar cuatro semanas en los cines, vivimos en alguna medida entrelazos a la relación del clac clac y las palabras.
Sin embargo, luego de la grata experiencia y las palabras plasmadas con alguno que otro error culpa de un dedo mal puesto, uno se enfrenta al problema tecnológico por excelencia: Dónde consigo el cartucho de cinta y la pegatina correctora. Así, de traspiés en traspiés, el computador  volvió a dominar con su versatilidad, su almacenamiento y su extraña reminiscencia a la maquina aquella que hacía el clac clac.
  
Ahora, que es la 1:01 de la madrugada y he comenzado a extrañar mi IBM eléctrica, escribo con una copa de vino barato y me pregunto si todo este cambio valió la pena. Pienso también en los errores que pude haber cometido al alterar estas líneas y en los famosos “primer borrador, segundo borrador y producto final”. O tal vez en que posiblemente el clac clac privara del sueño a la casa. Pero no, pienso más en aquella autonomía, en aquel gusto por la velocidad y en la mucha libertad que se puede tener en una hoja de papel.
*Este escrito posiblemente aparezca en otros medios. Entre estos laacera.com.

martes, 27 de septiembre de 2011

Sección de Crítica de Libros: El aguinaldo y el villancico en el folklore puertorriqueño de Francisco López Cruz


El aguinaldo y el villancico en el folklore puertorriqueño
Francisco López Cruz
Instituto de Cultura Puertorriqueña
72 páginas

            En Puerto Rico dicen algunos que la navidad comienza en septiembre. Aunque esto es un tema debatible, lo cierto es que en ningún lugar del mundo se celebra tanto en esa época como aquí. Luces, árboles, guirnaldas y hasta los regalos comienzan desde temprano a llenar la mente del pueblo puertorriqueño. De entre estos elementos no puede faltar lo primordial, la música.
El aguinaldo y el villancico en el folklore puertorriqueño de Francisco López recoge en sus páginas más de 100 años de música típica.
En materia teórica, abarca excelentemente la historia y los orígenes del Aguinaldo y el Villancico a través de las explicaciones del profesor Ernesto Alonso.
Por su parte, el libro ofrece la introducción y explicación de las cuestiones musicales que el profesor López Cruz expuso en la edición original de 1956. Además, el texto cuenta con el prólogo original del maestro Enrique Arturo Laguerre en el cual se acuña la importante colaboración de López al estudio y preservación de la música puertorriqueña.
En cuanto a lo musical, el libro se divide en piezas que pueden ser cantadas y ejecutadas en piano. Entre este repertorio se encuentra canciones como “Ya vienen los Reyes”, “La aurora”, “Flores navideñas”, “En la Nochebuena” y “Venid pastorcillos”, entre otros.
Lo que hace al texto brillar es la cantidad de partituras y letras que convierten a la publicación en una experiencia lúdica. Este libro es una joya para cualquier músico o coleccionista ya que su tamaño invita a sentarse con él en el piano a explorar tonadas y ritmos.
No obstante, vale recalcar que la presentación del texto va dirigida mayormente a los niños y niñas que comienzan una carrera musical. Por eso, esta edición cuenta con un esfuerzo artístico sobrehumano por parte de María de Mater O’Neill. Los detalles son tan llamativos y juguetones que invitan a ojear el libro sólo para apreciar las bellas representaciones. El trabajo visual plasmado en esta edición emula nítidamente la labor de diagramación hecha por Rafael Ríos Rey en 1956.
En suma esta edición busca mantener con vida una de las tradiciones más ricas y aclamadas por el pueblo puertorriqueño. El valor cultural y la intención de allegar a los más chicos convierten esta publicación en una joya para los estantes de las bibliotecas. No obstante, el valor del trabajo del profesor López Cruz no es simplemente hacer un libro para colección sino regalar una guía que debe producir música en las manos de las generaciones artísticas de la Isla.
El aguinaldo y el villancico en el folklore puertorriqueño es un libro excepcional. Se lo recomiendo a los músicos, sean adultos, jóvenes o chicos.
Amigos los espero en la próxima página de… 

jueves, 22 de septiembre de 2011

La novelabingo de Manuel Ramos Otero


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La Junta de Directores
y la Directora Ejecutiva
del Instituto de Cultura Puertorriqueña
le invitan a la presentación de
la novelabingo
de
Manuel Ramos Otero.

La presentación estará a cargo
del crítico literario Rubén Ríos Ávila
y la escritora Ana Lydia Vega.

Viernes 7 de octubre de 2011
7:00pm
Patio interior Sur
Antiguo Asilo de Beneficencia
(sede del Instituto de Cultura Puertorriqueña)
Viejo San Juan


martes, 13 de septiembre de 2011

Sección de Crítica de Libros: Correr tras el viento de Elidio La Torre Lagares



Correr tras el viento
Elidio La Torre Lagares
Editorial Terranova
268 páginas


Correr tras el viento es la nueva aportación del veterano narrador Elidio La Torre Lagares. Esta novela denota una fascinación por conceptos abstractos sobre lo que es el arte, su valor y su relación con el poder.
La obra destaca las desavenencias de los personajes Brad Molloy y Dolo Morales. El primero es un ex convicto que se dedica a traficar chocolates embebidos de un poderoso afrodisiaco por las calles de San Juan. El segundo es su asistente, un cómico joven de la generación del reggaetón que aspira a ser cantante.
Los personajes viven en el margen y en lo extraordinario, abundan en ellos las pasiones y deseos por un futuro exitoso a través del cacao. No obstante, su vida se troncha con la muerte de un cliente que está vinculado al tráfico ilegal de arte en Puerto Rico.
La novela cobra brío al rellenarse con magnates obsesionados, policías corruptos, gangas que trafican pinturas y una mujer letal al corazón que perfuma cada página con sus movimientos.
La obra es de capítulos largos y verbos meticulosos. Su construcción es mayormente lineal pero se distingue por el frecuente uso de personajes interesantes con historias particulares que no escapan el detalle creativo del autor.
Correr tras el viento le da un valor distinto al arte. De esta forma, un Stradivarius, una pintura de Da Vinci, una escultura o un simple chocolate suizo se transforman en herramientas de poder. No cabe duda de que el mensaje de La Torre es claro: el arte es vida y muerte al mismo tiempo.
La obra también ofrece una construcción de la ciudad mucho más misterioso del que conocemos. San Juan se desdobla en el exceso y se presenta poblada de música, sexo y gente deseosa de sensaciones. Podría explorar que el San Juan de Elidio La Torre es el preludio de una ciudad al estilo del Sin City de Frank Miller.
Elidio La Torre sienta las bases para una novela más compleja y ambiciosa en la literatura contemporánea. Correr tras el viento es una pieza retante, llena de giros, tramas nuevas y un vocabulario puntilloso. Su estilo narrativo es casi cinematográfico, hermanando a su autor con las técnicas empleadas por la Generación Nocilla en España.
Se la recomiendo a los lectores experimentados, los amantes de la narrativa detectivesca y el cine.

domingo, 11 de septiembre de 2011

En miras a una educación política en Puerto Rico (Impresiones)*

El problema de acceso a la justicia no debe ser tratado meramente como una cuestión sistémica y estructural, ajena al contexto socio-político de Puerto Rico. Algunos lo ven como un caveat del andamiaje democrático otros como un elemento puramente económico. No obstante, aunque saca algo de ambas variables, la realidad es que el problema de acceso a la justicia denota su raíz en lo educativo.

“[L]a necesidad de educación y de que haya una alfabetización masiva para que los ciudadanos conozcan sus derechos, humanos y civiles…hay un desconocimiento increíble de lo que es lo básico y de cómo uno accede a los tribunales para defender sus derechos.” Puntualizó hace unas semanas la jueza Sonia Ivette Vélez Colón, quien dirige la Oficina de administración de los Tribunales.
No pudo ser más acertada, pero, para darle color a sus expresiones debemos subrayar que la tesis principal de su argumento es que Puerto Rico necesita elaborar un serio currículo de enseñanza sobre la naturaleza política de nuestro entorno así como una educación para la paz y en los derechos humanos.
El problema de inaccesibilidad perjudica a la judicatura en general ya que no se cumple con la misión de hacer justicia rápida y eficaz a los agraviados. Además, propende a que las personas vivan en un estado de sumisión (Véase el pasado escrito sobre Gómez Pin y la condición de genuflexión en la sociedad) a la merced de aquellos que tienen un control virtual de los mecanismos de acceso a los foros adjudicativos.
Por otro lado, no es un problema único a la tercera rama de poder constitucional: Existe un gran desconocimiento de los mecanismos administrativos y de las gestiones que se supone lleven a cabo las agencias e instrumentalidades públicas. Estos foros adjudican más controversias que los propios tribunales y su impacto a la vida diaria de los ciudadanos es innegable.
¿Cómo se vinculan los foros? ¿Qué problemas presenta el no educar sobre los servicios administrativos? Sencillo, no orientar sobre este trasfondo implica que el propio sistema judicial no otorgará remedio ya que, como es lo normal, un tribunal carecerá de jurisdicción si no se agotaron los remedios en las agencias.
Por su parte, el problema de alfabetización es un elemento crucial de esta situación, toda vez que el dominio del lenguaje determina el acceso al espacio de poder. En esencia, el lenguaje es el órgano vital con el que el ser humano manifiesta su existencia política en el foro- sin excluir todo tipo de comunicación por medio de signos, símbolos o apoyada en los diferentes mecanismos de asistencia tecnológica-. Empero, la “palabra”, como tal, es la que se usa para impartir justicia, para determinar la política pública aplicable y cambiar el devenir del constituyente.

Se ha hablado constantemente sobre las “alternativas”. No obstante, aún queda mucho por hacer en cuanto a los mecanismos alternos de solución de disputas. Mayormente se discute sobre la mediación y arbitraje, descartando así otros procesos.
Sin descartar la viabilidad y rapidez de estos mecanismos, el problema que hay que atajar es el del coste. Estos métodos todavía no presentan un alivio en cuanto a las cargas económicas de un litigio para los indigentes.
Quedan en el tintero las interrogantes: ¿Qué hacemos con el indigente? ¿Qué gana con toda esta discusión? ¿Dónde hay soluciones para aquellas personas que en determinado momento de su vida necesitan un remedio eficiente y barato?
Como una vez señaló el profesor Efrén Rivera Ramos: “la pobreza sigue siendo el primer obstáculo para impartir justicia.” Primer Congreso: Acceso a la Justicia. XX!! Conferencia Judicial. Rosario Romero, Ed. San Juan, P.R. 2005
En primer lugar debemos considerar que el calificativo de indigente no es el determinante. La persona empobrecida por “x” y “z” causas es forzada a dejar su condición humana a un lado. Se le tacha de carga o problema. En puridad, la deshumanización económica sobrelleva una pérdida de valor social y enmarca al sujeto en la “nada” del colectivo o grupo. Esta malograda interpretación repercute sicológica y emocionalmente en la persona que busca una solución legal a sus problemas (sean o no económicos).
A pesar de lo antedicho, la pobreza no es el único fenómeno. Los grupos focales que necesitan ayuda para acceder a los foros pueden estar en situaciones de vulnerabilidad y no necesariamente en situaciones económicas dificultosas. Algunos de los grupos de mayor necesidad son:
1.      Niños y niñas (Incluyendo a la población con necesidades especiales)
2.      Mujeres
3.      Personas de Edad Avanzada
4.      Personas con impedimentos
5.      Personas con problemas de salud mental
6.      Adictos
7.      Confinados y Confinadas
8.      Inmigrantes
9.      Comunidades Especiales
Véase. Primer Congreso: Acceso a la Justicia. XX!! Conferencia Judicial. Rosario Romero, Ed. San Juan, P.R. 2005

Más allá de la verborrea, vale exigir dos cosas: Soluciones y proyecciones.
Ante esta situación dos iniciativas lucen formidables para dar un paso de avance. La primera la pude apreciar directamente mientras trabajaba como periodista. El crédito va enteramente al compañero de la Clínica de Asistencia Legal en Derecho Federal, Francisco Díaz y su proyecto “Tu Democracia”.
La iniciativa de Díaz se puede apreciar en http://www.tudemocracia.org/. El concepto va dirigido a las generaciones futuras de Puerto Rico. En esencia:

Tu Democracia es una herramienta para la educación de valores democráticos y ciudadanos en Puerto Rico. Tu Democracia logra su encomienda a través de un Certamen Nacional donde los jóvenes aprenden acerca de nuestro sistema de gobierno y a la misma vez nos enseñan lo que significa el concepto ciudadanía, lo que envuelve vivir en una democracia y como crear TU DEMOCRACIA.

El proyecto tiene una praxis contagiosa donde son los jóvenes quienes nos hablan de su percepción sobre el concepto “democracia” a la vez que formulan una opinión sobre los derechos básicos para llevarla a cabo. Según el propio Díaz, el beneficio de este ejercicio redunda en que los menores podrán experimentar con un tema que ha sido vedado para los adultos. En esencia, se involucrarán en el proceso democrático con un bagaje que muchas veces no se les inculca, o sea, una educación sobre la democracia.
El segundo elemento que debe destacarse es la gesta de la Cátedra UNESCO, en específico su misión de desarrollar los elementos constructivos para crear una cultura de paz y una mejor educación en el valor de los derechos humanos.
La importancia de esta iniciativa redunda en que “…la educación en derechos humanos, en su propósito último, es educación política, ya que intenta formar personas comprometidas con la transformación de la sociedad, en una más justa e igualitaria, en donde los derechos humanos sean parte integral de la cultura ciudadana.” Abraham Magendzo K. “Ideas-fuerza y pensamiento de la educación en derechos humanos en Iberoamérica.” Pensamiento e ideas-fuerza de la educación en derechos humanos en Iberoamérica. Abraham Magendzo K. Ed. 2009.

Por mi parte, la educación en derechos humanos debe ir mezclada con la educación política, en especial con los aspectos prácticos de la democracia.
Inherentemente, existe una imbricación de los elementos sociales y programáticos de un país con los elementos que se intentan desarrollar a un nivel general a partir del carácter internacional y universal de los derechos humanos.
A razón de esto mi propuesta sienta sus bases en la necesidad de educar en las escuelas sobre aspectos como el Derecho Constitucional, el acceso a la justicia, y la estructura y el organigrama del andamiaje político de Puerto Rico.
En esencia, se trata de empoderar las mentes más fértiles del país en miras a su futura participación en la democracia. El acercamiento a estos aspectos a un nivel temprano ayudará a evitar lo que en muchas ocasiones afectó nuestra generación: Un desligamiento de la discusión sobre los problemas políticos, el dominio del tribalismo y la llamada “herencia” partidista y el desconocimiento de las necesidades políticas-no partidistas- de Puerto Rico.
La génesis de este acercamiento surge de la crasa formulación de currículos educativos donde se integra a la persona al país en que vive. En el caso de nuestra Isla, se enseña dónde está en el mapa, los colores de su bandera y el corderito del escudo, pero no se educa para ser parte de sociedad puertorriqueña.
Muchos de nosotros no sabíamos la lista de la Carta de Derechos ni cómo cada cuatro años el país se paraliza para hacer un ejercicio político. No es educar sobre el partidismo (como estas entidades nos han robado la democracia) sino educar sobre la importancia de ser ciudadano.
Las expresiones de la jueza Sonia Ivette Vélez Colón son un importante paso de avanzada. Apuntar hacia una educación más completa es la mejor manera de invertir recursos y esfuerzos para así mejorar, desde las bases, el futuro de todos.
*Publicado originalmente en La Acera. laacera.com.