jueves, 22 de diciembre de 2011

Una bala en la pomarrosa*



La poesía puertorriqueña sigue siendo la antesala de muchos lectores. A partir de ella es que se atreven a explorar nuevas lecturas, a hurgar un poco más allá en el quehacer literario que ocurre en estas latitudes. De edades variadas y contextos diversos, muchas veces estos libronáutas obtienen una impresión fuerte, como de sorpresa, al toparse con ejemplares maravillosos de versos isleños. Algunos llegan a atestiguar que no tenían idea de que se escribiera poesía de ese calibre en Puerto Rico.
En estos últimos años han brotado poemarios que sobrepasan lo sublime en estos tiempos de contorsión política y desbarates económicos. De entre esta cepa de publicaciones resaltan algunos vates que, lejos de ser jóvenes experimentadores, se muestran como veteranos de la metáfora y la símil – entre otras–. A tono con esto, una amalgama de nuevas editoriales se abre paso en el enramado cultural de nuestros días recogiendo a muchos de estos conspicuos poetas nacionales.
Estas editoriales, más que afrontar el poder económico de las grandes firmas, las subvierten, dando a sus lectores una alternativa. Entre estas criaturas se destaca “Espejitos de Papel”: una editorial reciente con un trabajo de diagramación que deja mucho que decir y una nutrida colección de artistas y títulos.
Actualmente han publicado los poemarios A quemarropa de Edgardo Nieves Mieles y Los húmedos contornos de la fruta de Claudio R. Cruz Núñez. El primero es, quizás, la mejor colección de versos del vate de Hatillo; el segundo –de Arecibo– se explaya como una preciosa exposición de poesía erótica sin excesos ni sobresaltos.
A quemarropa comienza con un locuaz ensayo publicado originalmente en el semanario Claridad, donde Nieves Mieles ataca el concepto de las llamadas “generaciones” por ser corrales donde se pretende encerrar a los escritores (como si su producción literaria viniera con sellos y estigmas). Por lo demás, el texto es poesía pura: se divide en 3 partes –acoto que, por conocimiento de primera mano, el autor tiene una fijación por lo números impares– las cuales presentan un trabajo en verso libre donde predomina la ironía y un lenguaje único que no encuentra descanso ni en lo culto ni en lo prosaico, siendo más un vocabulario híbrido producto del lector voraz y el poeta callejero.
Si bien Nieves Mieles no deja a un lado los versos dirigidos a la pasión, este libro marca un hito en cuanto a los poemas que abarcan lo social y lo político. De esta forma en “Oda al positivismo” la voz indica que: “Yo no creo ni en el infierno/ ni en las nalgas de miss universo./ Yo creo en el desempleo.”
Además, el también autor de los poemarios El amor es una enfermedad del hígadoLas muchas aguas no podrán apagar el amor, obra con lucidez e inventiva en el poema “Enseñanza de un discípulo de Diógenes a un fanático de Lenon (Perlas cultivadas y aspirinas del tamaño del Sol)” donde el poeta conspira con el juego de “Simón dice…” para confeccionar unas liras bastante punzantes. A modo de ejemplo:
Simón dice que mire hacia atrás con alegría, pero sin nostalgia.
Simón dice que un hombre discreto es ya la mitad de un amigo./ Simón dice que amigo es un hermoso animal en peligro de extinción.
Simón dice que no es lo mismo vainilla que villano.

Así, este poemario se expresa con atrevimiento y un cierto grado de sorpresa que recrea el elemento del disparo a quemarropa donde el arma se apega a la víctima y no sólo hiere, sino que chamusca las carnes. Nieves Mieles apunta hacia el lector que anda cansado de los versos sonámbulos y le reta a dejar en la palma de la mano una bala caliente sólo para ver qué pasa. 

Por otra parte, vale decir que Claudio Cruz Núñez fue el autor del poemario Prólogo del olvido, el cual recibió una mención honorífica en el Certamen de Literatura del Instituto de Cultura Puertorriqueña (2010). Empero, su texto, Los húmedos contornos de la fruta, es una experiencia de sumo agrado donde no se encontrará una poesía erótica, banal y desmedida. Todo lo contrario, Cruz utiliza un verso sumamente limpio –rayando en lo casi minimalista– donde la poesía medita sobre el objeto amado a la vez que desea trabajar el cuerpo, cual finca de emociones para buscar el fruto del amorío.
Las imágenes de la fruticultura esbozan las más sutiles pulpas de estos climas tropicales. Abundan la quenepa, el anón, la pomarrosa, el café y los caimitos, razón que da un toque mucho más confiado a los versos que niegan el uso de frutas más comunes como la china, el mangó o la uva. Estos elementos hacen sentir los versos como si fuesen construcciones personalísimas y llevaderas. Además, Cruz es un poeta que no teme a conspirar con su media naranja. A razón de esto, su esposa está presente en múltiples poemas y es la voz que incita al poeta a escribir.
Además, bien apunta Miguel Fornerín al resalta la presencia del agua en el poemario. El crítico arguye que para Cruz Núñez el aguacero es un evento mágico, lleno de asombro. Por lo tanto, escribe el poeta: “Me desahogo de la morriña de la hora/ y migro entre el olor y lontananza/ por la callejuela de tu espalda./ Asumo que estás viva,/ pequeña y descreída./ Un suave desdén de llovizna/ se detienen en tu vientre.”
Nótese que la relación entre la lluvia y los frutos crea el binomio vida/sabor: cosa que podría traducirse en que el fruto de la poesía es hija de la maravilla de la vida, o sea la precipitación (en sentido completamente atmosférico).
En puridad, poco se puede decir de estos ejemplares en el autocontrol de un artículo de 1,000 palabras. No obstante, tanto Nieves Mieles con su A quemarropa y Claudio Cruz Núñez con Los húmedos contornos de la fruta, presentan una visión madura del arte de hacer versos. Sus libros ofrecen una poética atrevida y estridente (Nieves) así como una sutil y jugosa (Cruz). Son publicaciones sumamente trabajadas, cada detalle calculado con maniática obsesión por lo bello: en fin, poemarios de veteranos vates en tiempos inciertos.

domingo, 18 de diciembre de 2011

Ficciología


Ficciología no es meramente un blog, ya es un libro.

Para más información pueden llamar a la Tienda Cultural del Instituto de Cultura Puertorriqueña:

787-724-4295 
787-724-4215


Para presentaciones:


nelsonevera@gmail.com


Pronto en las librerías del país.

martes, 13 de diciembre de 2011

Escribir sencillo*


Si hay algo difícil de acoplar es el escribir sencillo. O sea, para no abonar a la confusión de quien saca un momento de su diario vivir para echarle un vistazo a lo que hemos plasmado. Un lector que no te entienda es alguien con quien no te has podido comunicar. No se puede dejar en la guardarraya, ni intimidarlo, ni alejarlo con una prosa exhaustiva o demasiado propensa a lo sublime. Tal vez, lo ideal sea no pecar de automatizarnos a utilizar un lenguaje que tenga como fin el demostrar nuestras virtudes académicas.

Recientemente he tenido que enfrentarme a diversas redacciones en un mismo plano. Por esto, quiero decir que me he visto obligado a estar frente al mismo computador escribiendo para tres públicos distintos: Tribunales, revistas y publicaciones académicas. Si bien el primero agrada ir al grano y no sobrecargar los escritos, el segundo busca una prosa amena y sin cortantes referencias. Por su parte, el tercero, obra en una dimensión mucho más limitada y valora el planteamiento abierto, es eslabonamiento de conceptos y el lenguaje elevado.

Ahora bien, en los pasados meses he encarado una comunidad de escritores, columnistas o comunicadores que critican la simpleza con la que algunos redactan. No por carecer de contenido o por ser una aberración a las normas sintácticas, sino porque, según ellos, no se puede uno “limitar”.

Por mi parte yo no sé bien a qué se refieren. Se supone que el texto comunique, no limite. Por eso al indagar sobre su consideración me topo con que existe un desdén por el llamado “lector puertorriqueño” que no hurga ni se prepara para una redacción elevada y a nivel. Se pretende que ese ser común “conozca” dos o tres sinónimos y se levante a diario a leer su columna favorita o su autor preferido.

Considero que semejante panacea es muy distante de la realidad. Más aún, no creo que la excusa para escribir “complejamente” sea la inexistencia de un lector asiduo y culto. Porque, primeramente, yo no estoy para procesos didácticos. Allá la escuela y sus carroñas. Yo estoy para hablar con la gente, a través del papel. Quizás en tiempos distintos. ¿De qué me sirve convertir este cordial proceso en una clase de semántica o de vocabulario?


(Tomado de smokingdesigners.com)

Entonces se me acusa de simple, “cursilero”, poco profundo. ¡Pamplinas!
Me sorprende el hecho de que algunas personas no comprendan la necesidad de no sobrecargar un escrito, no importa a quién esté dirigido. En mi caso, no cavilo en cuán elevado sea el destinatario, lo pertinente es considerar cómo puedo exponer mis ideas de forma clara y contundente. Simpleza y sencillez no son equivalente de parquedad y cursilería.

Para que un texto sea parco debe mostrar una carencia marcada de contenido. O sea, que se escriba sin decir nada, un abuso de palabras o circunloquios sin principio ni fin. Lo contrario es lo que bautizo como el texto auto-devorador, aquel que se consume a sí mismo. Es el uroboros de los escritos, muy propenso a retocar las cosas y cansar al lector. Estos ejemplares suelen verse, comúnmente, en la cuestión pública. Así, tenemos informes que rematan ideas o documentos que muy respetuosamente no dicen nada.

El gran encontronazo que enfrenta el lector con estos especímenes es el hecho de tener que añadir lo que el autor no dice o, en el peor de los casos, tener que desarrollar un mapa de ideas para recuperar el hilo conductual de la exposición.

Por otra parte tenemos el texto cursilero. O sea, aquel que abusa de los clisé y de las concepciones generalizadas por la cultura de consumo. Es la demostración de pensamientos elevados en vano, presunción de elegancia y refinamiento en la escritura –y hasta en el diario vivir–. Por lo cual, a veces considero que sobrecargar los trabajos con prosas dotadas de eufemismos a la intelectualidad, exageraciones de academia o simplemente “relleno”, son en sí más cursis de lo que aparentan.

Hay que saber otear los contornos de una escritura que, sin abusar de los diccionarios, se bandea como un pájaro en las ráfagas altas. A modo de ejemplo, consideren la propuesta del colega Samuel Medina, director de la editorial Agentes Catalíticos.

Sus libros no consagran la exageración. Todo lo contrario, busca una limpieza y una depuración de tal grado, que uno ni se da cuenta de lo ameno que se vuelve su lectura. El propio Medina fue el autor de uno de los mejores poemarios de esta década: Sushi: Bite size poems. Un libro de haikus, una de las cosas más difíciles de cultivar en estos tiempos de exceso.



Otra propuesta interesantísima de sencillez y belleza fue la narración de Juanluís Ramos  en Reyerta TV. La cual se une a la de Luis Negrón en Mundo Cruel. En esencia, relatos cortos, sin elementos pesados o insinuaciones de complejidad absurda. Quien los ataque de cursileros y sencillos, peca de insulso y de idiota.

No por estas aseveraciones se debe malinterpretar que las cuestiones de estilo están descartadas. Yo soy uno de los primeros que reconozco que hay autores que se sienten más cómodos al escribir con un vocabulario mucho más fuerte y elaborado. Véase, a modo de ejemplo, la narrativa de Fermín Goñi. El último libro de su autoría que dilapidé en el cetro de lecturas completadas fue Los sueños de un libertador. Una novela histórica sobre Francisco de Miranda que sobrepasaba las 700 hojas, con un vocabulario elevadísimo y una trama intrigante. Otro autor que goza de un vocabulario abundante y rico es el colega Edgardo Nieves Mieles. Curiosamente, lo emplea en una poesía que no tiene vergüenza ni miedo, cosa que considero es sumamente interesante ya que utiliza estos recursos para recrear una voz poética que denuncia y entretiene.

Por eso, me tiene sin cuidado el que se me señale de simple y sencillo. Todo tiene su momento y su estilo. A pesar de que el receptor sea de un grado de intelectualidad alto o simplemente alguien en busca de divertimento, considero que esa sencillez es tan esencial como el mismo acto de la lectura. La comunicación que se desarrolla entre nosotros no debe ser una traba de circunferencias dialécticas y laberintos apalabrados. Hay algo mucho más bello que un autor con muchas palabras, mucho más importante que la cantidad de veces que se cita a Platón, Derridá y Sartre. Ese “algo” es el lector que, valga la redundancia, lee y que en un tiempo distante comparte la creación del mensaje y se hace un mismo ser con el texto. Es simple y sencillo. Si sigues creyendo que es cursi: ¿para qué has leído todo este escrito?

miércoles, 7 de diciembre de 2011

Presentación de Ficciología


El Instituto de Cultura Puertorriqueña invita a toda la comunidad a la presentación de Ficciología (Premio de Literatura 2010, Cuento) de Nelson Esteban Vera Santiago.

La actividad se llevará a cabo el Jueves, 15 de diciembre, a las 7:00pm, en la sede del Instituto de Cultura Puertorriqueña en el antiguo Asilo de la Beneficencia en el Viejo San Juan (Al lado del Cuartel de Ballajá).

La presentación estará a cargo del poeta Guillermo Rebollo Gil.