martes, 13 de diciembre de 2011

Escribir sencillo*


Si hay algo difícil de acoplar es el escribir sencillo. O sea, para no abonar a la confusión de quien saca un momento de su diario vivir para echarle un vistazo a lo que hemos plasmado. Un lector que no te entienda es alguien con quien no te has podido comunicar. No se puede dejar en la guardarraya, ni intimidarlo, ni alejarlo con una prosa exhaustiva o demasiado propensa a lo sublime. Tal vez, lo ideal sea no pecar de automatizarnos a utilizar un lenguaje que tenga como fin el demostrar nuestras virtudes académicas.

Recientemente he tenido que enfrentarme a diversas redacciones en un mismo plano. Por esto, quiero decir que me he visto obligado a estar frente al mismo computador escribiendo para tres públicos distintos: Tribunales, revistas y publicaciones académicas. Si bien el primero agrada ir al grano y no sobrecargar los escritos, el segundo busca una prosa amena y sin cortantes referencias. Por su parte, el tercero, obra en una dimensión mucho más limitada y valora el planteamiento abierto, es eslabonamiento de conceptos y el lenguaje elevado.

Ahora bien, en los pasados meses he encarado una comunidad de escritores, columnistas o comunicadores que critican la simpleza con la que algunos redactan. No por carecer de contenido o por ser una aberración a las normas sintácticas, sino porque, según ellos, no se puede uno “limitar”.

Por mi parte yo no sé bien a qué se refieren. Se supone que el texto comunique, no limite. Por eso al indagar sobre su consideración me topo con que existe un desdén por el llamado “lector puertorriqueño” que no hurga ni se prepara para una redacción elevada y a nivel. Se pretende que ese ser común “conozca” dos o tres sinónimos y se levante a diario a leer su columna favorita o su autor preferido.

Considero que semejante panacea es muy distante de la realidad. Más aún, no creo que la excusa para escribir “complejamente” sea la inexistencia de un lector asiduo y culto. Porque, primeramente, yo no estoy para procesos didácticos. Allá la escuela y sus carroñas. Yo estoy para hablar con la gente, a través del papel. Quizás en tiempos distintos. ¿De qué me sirve convertir este cordial proceso en una clase de semántica o de vocabulario?


(Tomado de smokingdesigners.com)

Entonces se me acusa de simple, “cursilero”, poco profundo. ¡Pamplinas!
Me sorprende el hecho de que algunas personas no comprendan la necesidad de no sobrecargar un escrito, no importa a quién esté dirigido. En mi caso, no cavilo en cuán elevado sea el destinatario, lo pertinente es considerar cómo puedo exponer mis ideas de forma clara y contundente. Simpleza y sencillez no son equivalente de parquedad y cursilería.

Para que un texto sea parco debe mostrar una carencia marcada de contenido. O sea, que se escriba sin decir nada, un abuso de palabras o circunloquios sin principio ni fin. Lo contrario es lo que bautizo como el texto auto-devorador, aquel que se consume a sí mismo. Es el uroboros de los escritos, muy propenso a retocar las cosas y cansar al lector. Estos ejemplares suelen verse, comúnmente, en la cuestión pública. Así, tenemos informes que rematan ideas o documentos que muy respetuosamente no dicen nada.

El gran encontronazo que enfrenta el lector con estos especímenes es el hecho de tener que añadir lo que el autor no dice o, en el peor de los casos, tener que desarrollar un mapa de ideas para recuperar el hilo conductual de la exposición.

Por otra parte tenemos el texto cursilero. O sea, aquel que abusa de los clisé y de las concepciones generalizadas por la cultura de consumo. Es la demostración de pensamientos elevados en vano, presunción de elegancia y refinamiento en la escritura –y hasta en el diario vivir–. Por lo cual, a veces considero que sobrecargar los trabajos con prosas dotadas de eufemismos a la intelectualidad, exageraciones de academia o simplemente “relleno”, son en sí más cursis de lo que aparentan.

Hay que saber otear los contornos de una escritura que, sin abusar de los diccionarios, se bandea como un pájaro en las ráfagas altas. A modo de ejemplo, consideren la propuesta del colega Samuel Medina, director de la editorial Agentes Catalíticos.

Sus libros no consagran la exageración. Todo lo contrario, busca una limpieza y una depuración de tal grado, que uno ni se da cuenta de lo ameno que se vuelve su lectura. El propio Medina fue el autor de uno de los mejores poemarios de esta década: Sushi: Bite size poems. Un libro de haikus, una de las cosas más difíciles de cultivar en estos tiempos de exceso.



Otra propuesta interesantísima de sencillez y belleza fue la narración de Juanluís Ramos  en Reyerta TV. La cual se une a la de Luis Negrón en Mundo Cruel. En esencia, relatos cortos, sin elementos pesados o insinuaciones de complejidad absurda. Quien los ataque de cursileros y sencillos, peca de insulso y de idiota.

No por estas aseveraciones se debe malinterpretar que las cuestiones de estilo están descartadas. Yo soy uno de los primeros que reconozco que hay autores que se sienten más cómodos al escribir con un vocabulario mucho más fuerte y elaborado. Véase, a modo de ejemplo, la narrativa de Fermín Goñi. El último libro de su autoría que dilapidé en el cetro de lecturas completadas fue Los sueños de un libertador. Una novela histórica sobre Francisco de Miranda que sobrepasaba las 700 hojas, con un vocabulario elevadísimo y una trama intrigante. Otro autor que goza de un vocabulario abundante y rico es el colega Edgardo Nieves Mieles. Curiosamente, lo emplea en una poesía que no tiene vergüenza ni miedo, cosa que considero es sumamente interesante ya que utiliza estos recursos para recrear una voz poética que denuncia y entretiene.

Por eso, me tiene sin cuidado el que se me señale de simple y sencillo. Todo tiene su momento y su estilo. A pesar de que el receptor sea de un grado de intelectualidad alto o simplemente alguien en busca de divertimento, considero que esa sencillez es tan esencial como el mismo acto de la lectura. La comunicación que se desarrolla entre nosotros no debe ser una traba de circunferencias dialécticas y laberintos apalabrados. Hay algo mucho más bello que un autor con muchas palabras, mucho más importante que la cantidad de veces que se cita a Platón, Derridá y Sartre. Ese “algo” es el lector que, valga la redundancia, lee y que en un tiempo distante comparte la creación del mensaje y se hace un mismo ser con el texto. Es simple y sencillo. Si sigues creyendo que es cursi: ¿para qué has leído todo este escrito?

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