viernes, 25 de febrero de 2011

La contemporaneidad de la literatura negra en Puerto Rico (2009-2010)*

Lejos de ser un tema que resuene de antaño, como una canción semi-olvidada, el tópico de lo negro en la literatura puertorriqueña ha tomado un auge, vitalidad y pertinencia que no puede ser soslayado por la crítica isleña. En palabras certeras, nuestro tiempo es de una literatura de negros, por negros y, confiadamente, para los descendientes de los negros.


Entre las publicaciones más recientes hay que destacar ciertos textos que certifican, a la vez que conmemoran, esa pizca de africanismo que corre por nuestras venas y que será hoy y por siempre el dolorcito de muelas en el espíritu burgués, clasista y blanco que busca con breves latidos seguir dominando la escena literaria en estas latitudes.

Esta literatura ha pasado por un proceso de exposición fecunda ante lo que algunos podrán calificar como el vencimiento de la otredad editorial para así llegar al Puerto Rico como puente literario de las Américas hispanoparlantes y cede de la negritud como fenómeno literario.

Nuestra exposición comienza con ciertos ejemplares que, por su vibrante caracterización de lo negro, han dejado una huella definitiva en la historia editorial del país.

El año 2009 inició con el pie derecho (si le da la gana: el izquierdo) con dos textos que determinaron las pautas para la discusión de la negritud. Surgió en aquel entonces la publicación de la veterana narradora Mayra Santos Febres, Fe en disfraz, un texto que se balancea entre las temáticas del erotismo interracial y el cuestionamiento del yo tanto en raza como en género.

Santos logró desencadenar la perspectiva de la piel como texto y voz narrativa, tanto en los personajes que elaboran el romance (si se puede llamar así) en el tiempo actual vis a vis aquellos que viven una sexualidad en el pasado. La autora de Cualquier miércoles soy tuya rebusca en las fibras de su escritura qué significan los cuerpos y el deseo desde un enfoque que detalla lo narrativo/literario.

La segunda publicación tiene el carácter de lo histórico/crítico y ha develado un mundo de letras y discursos que, con atrevimiento y en buen sentido, nos parece que debe ser investigado a mayor profundidad. Hablamos de Literatura puertorriqueña negra del siglo XIX escrita por negros de Roberto Ramos Perea.

Esta publicación presenta a un nutrido grupo de escritores que el editor, a buen juicio, reclasifica como intelectuales. Esta empresa ha rescatado del olvido a quienes lucharon desde el pensamiento y las letras por perdurar en la historia. Entre los ilustrados que se destacan en esta publicación, se encuentran:

Eleuterio Derkes, Manuel Alonso Pizarro, José Ramos y Brans, Eleuterio Lugo, Carlos Casanova, José González Quiara, Tomás Carrión Maduro, José Celso Barbosa, José Elías Levis, Arturo Más Miranda, Eduardo Conde, Luis Felipe Dessus, Enrique Lefebre, Jorge Alonso Fernández y al excelso maestro Arturo Schomber.

Haciendo eco de lo sugerido en la sección de Crítica de Libros en Radio Universidad de Puerto Rico, este texto es lectura obligatoria.

Al mencionar estos dos libros como fundamentales para la literatura negra en el 2009 no se resta el hecho de que surgieron varias publicaciones de mucho mérito en ese año pero que por cuestiones de tiempo y espacio no puedo resaltar en este escrito. No obstante, es menesteroso hacer síntesis y a tal razón saltamos a varios escritores que afloraron en el 2010 y dieron un giro al discurso de marras. La lista comienza con un magnífico ejemplar a cargo de Yvonne Denis Rosario que lleva por título Capá Prieto.



Esta obra se abraza con la de Ramos Perea en tanto rescata a los negros que fueron subyugados a una historia eclipsada y dispuesta al abandono. Denis utiliza una narración de corte protagónico donde la voz de los propios personajes es a la vez el lente con el cual se retratarán unas excelentes viñetas que incluyen a los negros que lucharon en Boca de Cangrejos, el Maestro Rafael Cordero y Adolfina Villanueva.

Capá Prieto ha circulado en Latinoamérica, España y Estados Unidos (en la cual ya sufrió una benigna traducción en aras de ser disfrutada por la comunidad negra del otro lado del charco). El libro, a pesar de ser corto, se presenta como una formidable lectura para aquellos que sean duchos en el tema. Empleando la ahora famosa técnica de eslabonar los relatos, la autora demuestra una sensibilidad única a la vez que entrega a los personajes con vida propia cual si estuviese retratándolos en sus espacios temporales y emocionales. Denis Rosario cultivó una construcción del verbo de forma limpia, una narrativa que bailaba un bolero entre historia y ficción, sin demasiados rebuscamientos pero con lo suficiente para levantar potentes figuras negras de Puerto Rico.

Por otro lado y en otro sentido, lo negro perdura con Yolanda Arroyo Pizarro y su novela Caparazones, en la cual dos mujeres se debaten en el día a día de una relación lésbica en la que se confunden visiones, trabajo, intimidad, pero sobre todo los propios caparazones, esas corazas que recubren, protegen y ocultan. Arroyo lanza una metáfora que la une al elemento de la piel trabajado por Santos Febres en Fe en disfraz y es además un proyecto que solidifica su éxito en el 2007 con la colección Ojos de Luna (la cual si trabajó directamente la negritud). A pesar de que la construcción narrativa no delata el discurso del negro en puridad, lo que distingue a la obra es su propia gestora. Yolanda Arroyo Pizarro se ha convertido en una de las voces cantantes de la prosa: Una escritora negra, audaz, de verbo certero y sin mordazas.

Dentro de esta lista del 2010 se sitúa uno de los mejores libros de narrativa que ya surca a lo internacional. Hablamos de Mundo Cruel de Luis Negrón, un texto que no describe directamente la negritud pero que adorna su narrativa con una sensación caribeña que no puede ser trazada sino al concepto de lo negro. Esta vez, los personajes denotan una musicalidad que se puede percibir a través de sus vivencias y que remonta al discurso de Rodríguez Julia en su crónica El entierro de Cortijo. A toda luz, Mundo Cruel se entrona como el mejor libro de literatura gay en los anaqueles de las librerías puertorriqueñas, presentando un rostro sandunguero y triste de la puertorriqueñidad, con personajes que sobreviven y se desviven, y que a nuestro entender cargan con la negritud en sus venas.

En similar cadencia se encuentra Palo de Lluvia de Xavier Valcárcel, un libro que trabaja de forma indirecta la negritud utilizando dos elementos: el objeto y el locativo literario. A saber, este poemario distingue sus versos entre la madera y el agua (que en su mayoría la constituye el mar). Valcárcel nos muestra una poesía con vicios de ontología, donde el ser, el concepto del yo y la espacialidad se confunden en la voz poética con crudeza. De esta forma, esta poesía adopta en algunos instantes un tono en el cual los cuerpos se desgarran, donde los ojos contemplan el mar y donde la voz se adueña definitivamente del litoral (espacio del negro y de su musicalidad).

Estas publicaciones sirven de base para confirmar que nuestra literatura es una de negros la cual ha generado una genealogía que se extiende desde el informe del Mariscal O’Reilly, La Cuarterona de Tapia y los dramas de Derkes. Y que a su vez, esta trayectoria ha continuado en los versos palesianos, la vanguardia que adoptó el cimarronismo como expresión de libertad y en la Julia de Burgos quien, en conjunto con Clara Lair, saboreó lo negro en sus versos. Quedaría incompleta esta breve e injusta nominación (que para nada se debe entender como limitativa y taxativa), si se dejase a un lado Rodríguez Julia y Luis Rafael Sánchez como testigos de ese sonido a grifería que se esparce en las entrelíneas de nuestras ediciones.

Resta decir, o mejor, dar fe, de que lo negro no perdura sino que existe. Nunca se ha perdido, no es pasado, ni historia: Está aquí, entre nosotros y los escritores puertorriqueños lo confirman.

*Originalmente publicado en http://www.laacera.com/posts/nelson-e-vera-santiago/2011/02/la-contemporaneidad-de-la-literatura-negra-en-puerto-rico-2009-

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