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miércoles, 8 de febrero de 2012

Entuertos...

Entuertos[1]
A Cezzane Cardona,
con agradecimiento a Edgardo Nieves Mieles,
eterno coconspirador…

Un día habíase quedado Zaratustra dormido debajo de una higuera, pues hacía calor, y había colocado sus brazos sobre el rostro. Entonces vino una víbora y le picó en el cuello, de modo que Zaratustra se despertó gritando de dolor. Al retirar el brazo del rostro vio a la serpiente: ésta reconoció entonces los ojos de Zaratustra, dio la vuelta torpemente y quiso marcharse. «¡No, dijo Zaratustra; todavía no has recibido mi agradecimiento! Me has despertado a tiempo, mi camino es todavía largo.» «Tu camino es ya corto, dijo la víbora con tristeza; mi veneno mata.» Zaratustra sonrió. «¿En alguna ocasión ha muerto un dragón por el veneno de una serpiente? - dijo. ¡Pero toma de nuevo tu veneno! No eres bastante rica para regalármelo.» Entonces la víbora se lanzó otra vez alrededor de su cuello y le lamió la herida.
Nietzsche, Así habló Zaratustra, “De la picadura de la víbora”
¿Sabe el escritor recién parido lo que dijo Lope de Vega, magnífico dramaturgo a veces y cabrón mayúsculo siempre?: “Ningún escritor es tan malo como Cervantes”. 
Luis Rafael Sánchez, “La piel de la palabra”, 21 de agosto de 2011

Supuse, por cuestiones de la casualidad, que prontamente aparecerían reseñas y comentarios en torno a mi libro Ficciología en los meses de enero a marzo del 2012. De entre éstas, la de El Nuevo Día me era de especial interés por saber, casi con un grado de misticismo, cómo sería en términos de redacción y comentarios.

No me sorprendió la mañana del 5 de febrero cuando Ficciología apareció en una esquinita de la Revista ¡Ea! (Página 18, para ser exacto) bajo el título “Cuentos de un escritólogo”. La nota (por llamarla de alguna manera y de esto hablaremos luego) fue desarrollada por la Dra. Carmen Dolores Hernández y consta de unos 132 vocablos–de las cuales descarto unas 15 ó 18 palabras por ser meramente menciones de algunos de los cuentos que conforman la colección– y una foto de la portada.
Para que no queden dudas sobre el contenido, el cual no puede ser copiado de la web, me atrevo a hacer una transcripción ad verbatim del mismo:
… temas diversos, cuya calidad es igualmente diversa. Los hay logrados …; los hay francamente decepcionantes … Los desaciertostienen que ver con una excesiva complicación de la narración…
Lo desastroso, en ambos casos, es el poco cuidado en la edición. Hay errores ortográficos crasos y el frecuente mal uso de las palabras redunda en una redacción defectuosa… 



Carmen Dolores Hernández. "Cuentos de un escritólogo". El Nuevo Día. Revista Ea!. Pág. 18. 5 de febrero de 2012. (Negrillas del autor)

Como se puede apreciar, la visión de la crítica establece un tono generalista en el cual predominan los adjetivos “decepcionantes” “desaciertos” “desastroso” y “defectuosa”. Todos con la misma letra con que comenzó la nota, o sea, al hacer acopio de las palabras “diversos” y “diversa”. Este elemento un tanto artístico –parece un tautograma– no es excluyente de la palmaria ausencia de fundamentos con los cuales se pueda medir el porqué de los adjetivos. Así, existe cierto grado de arbitrariedad o, a mejor decir, una espontaneidad en cuanto a las bases para determinar el valor del contenido de la publicación.

En cuanto a qué es este ejemplar, aduzco que no es “crítica” por carecer de elementos teóricos o ejemplificativos que lleven al lector a acuñar el alcance artístico de la obra en base a un marco crítico. Por otro lado, no es una reseña ya que no podría calificarse de una noticia  y consecuente examen de una obra con un fin informativo sobre su contenido. (En esencia, no cumple siquiera con los requisitos mínimos de una nota periodística dentro del axioma contemporáneo de la información glosada siguiendo la doctrina de la “pirámide invertida”) Luego de un análisis diferencial sobre la manera en que está redactada la pieza es casi forzoso concluir que esto es una simple nota, un comentario impreso que más se adecua a las formas de un epitafio – y al parecer tiene esas intenciones–.
Por eso de no “dejar al lector con ganas de mas”,[2] tomaré el atrevimiento de exponer algunos comentarios críticos u observaciones objetivas en torno a este fenómeno literario/periodístico. Primeramente, hay que dar la avanzada con la aclaración de que el contenido del escrito, por presunción, es de la autora. Algunas personas me comentaron que existía la posibilidad de que fuese un tercero el que haya insertado o cambiado la nota. Este elemento es altamente improbable ya que todas las “reseñas” son bautizadas con las siglas “CDH” indicativo de la autoría de la Dra. Hernández.[3]
Además, otros me han comentado que la libertad “periodística” o “crítica” de la Dra. Hernández se encuentra limitada por la mano editorial del periódico. Me han dicho que lo escucharon de su propia boca, lo cual entiendo que es muy cierto ya que un rotativo tiene el derecho constitucional de plasmar el contenido que desee, de la manera que lo desee. Sin embargo, considero que el acto de colocar las iniciales al final de cada nota, así como el factor de plasmar el correo electrónico de la autora al pie de la página son muestras de que la redacción es personalísima de la Dra. Hernández. O sea, si bien el contenido (los libros que se seleccionan) sigue unas pautas, lo que se escribe de ellos es pura creación de la profesora.
Esto lleva a cuestionarnos varias cosas. Lo primero es considerar la abalanzada queja por parte de muchos escritores puertorriqueños en cuanto a que esta sección de la Revista ¡Ea! reseña mayormente libros extranjeros y descarta a los locales. Esto ya ha quedado virtualmente claro pues sabemos o colegiamos que la autora ha testimoniado que es una política editorial ajena a sus funciones. Empero, ¿por qué entonces cuando sí aparece un libro puertorriqueño se le acribilla la mayoría de las veces?[4]
Para ser más prácticos, ejemplifico: Si se me exigiese escribir, primordialmente,  de libros extranjeros, ¿por qué utilizo el poco espacio que tengo para mancillar a autores locales? ¿No sería más provechoso usar dicho espacio para hablar bien de alguno que otro libro autor local? Más aun, sobresalta la gran interrogante: Si el libro en verdad no me gustó mucho, ¿por qué elijo que publiquen semejante nota? ¿No sería mejor dejar ese espacio para un libro verdaderamente merecedor de una reseña?
Estas preguntas surgen por un colegiado de interlocutores con los que he podido dialogar desde hace varios meses, quienes han visto sus obras enfrentarse a la imponente figura de la Dra. Hernández. Así, en un pasado no tan remoto, accedí en la defensa de Cezzane Cardona cuando la pluma de Hernández prácticamente destrozo –con ataques personalistas– la obra La velocidad de lo perdido.[5] En otra ocasión escuchaba como el autor de la historia del Colegio de Abogados de Puerto Rico, el Dr. Carmelo Delgado Cintrón, me comentaba como un domingo vio su publicación por el piso y luego, esa misma semana, cuando se celebraba una actividad en torno a las Cortes de Cádiz, la propia Dra. Hernández lo saludó y felicitó como si nada hubiese pasado. O sea, estas cosas pasan, esta vez me tocó a mí, o mejor decir a mi libro.
Por eso, aunque no estoy en total desacuerdo con la Dra. Hernández (con esto quiero decir que hay algunos de mis cuentos que ni yo soporto) considero que existe una desigualdad muy marcada en su reseñas. En primer lugar se encuentra esa tajante arbitrariedad con que dice “esto es bueno y esto es malo”, “esto sirve y esto otro no”. ¿De dónde saca semejante autoridad? ¿Bajo qué marco crítico? ¿Con qué fuentes? Simplemente sorprende la forma en que toma un puñado de mis cuentos y los pone a diestra y siniestra, como si fuese el juicio final de la literatura.
Sin dudar de sus cualificaciones como perita en literatura, encuentro que es un acto sumamente caprichoso el estar hablando sin fuentes objetivas que le demuestren al lector la razón de sus conclusiones. Un análisis de contenido no puede hacerse a estas expensas. Si bien el crítico está en todo su derecho de pasar juicio sobre una obra, eso no da derecho a hacerlo defectuosamente. O sea, hay que ser buen crítico y establecer un estándar de referencias, lecturas comparativas e identificación de fuentes literarias o críticas que den base a un comentario de altura sobre la obra. Más a fondo, un crítico no tiene inmunidad, tiene su título en juego, su prestigio y la estima como persona que justiprecia la literatura. En sumatoria, la forma de criticar revela las bases de su calidad intelectual y moral. No sólo hay que observar qué escoge para criticar, hay que ver cómo lo critica, con qué lo compara y cómo lo yuxtapone.

En segundo término (y circunscribiéndonos a lo que pasó con Ficciología), si se comparan las reseñas de Desperate Romantics de Franny Moyle y Van Gogh. The life de Steven Naifeh y Gregory White Smith (que aparecen en la misma página) se puede percibir un estilo completamente opuesto a aquel utilizado para referirse a mi texto. En cuanto al libro de Moyle, la nota es de unas 1,000 a 1,200 palabras en las cuales no se menciona nada despectivo de la publicación que motivó a hacer la serie de televisión de la BBC. En la evaluación de estos trabajos se aplaude con ahínco su contenido y no se cae en las rudimentarias observaciones sobre un error tipográfico o un error de edición.
Por tal razón, debo comentar que yo no fui el corrector de mi libro. El trabajo de edición se le delegó TOTALMENTE al Instituto de Cultura Puertorriqueña. Ni siquiera hice una lectura final del trabajo previo a su publicación, nunca me llamaron para ello a razón de que di mi anuencia para cualquier cambio y estaba enfrascado en mis quehaceres de jurista. O sea, para tenerlo BIEN claro, una cosa es el trabajo del artista y otra cosa son los errores editoriales o de impresión (quien trabaje en un periódico sabe eso y más). Ergo, no se le puede echar toda la responsabilidad al escritor por aquello que es responsabilidad editorial. Así, uno de los errores de esta nota es no diferenciar con precisión dónde termina la labor del autor y dónde comienza la del corrector. (Muy similar a lo que le acaeció a la novela de Cardona)
Pero hay más. En un tono mucho más personal, me encantaría ver la cara de Sra. Franny Moyle, así como la de Steven Naifeh y Gregory White Smith cuando lean la reseña. Irónicamente, existe una enorme posibilidad de que nunca lo hagan porque las notas de la Dra. Hernández no se pueden acceder a través de la web y, es muy improbable que el Sra. Moyle se levante un domingo a comprar El Nuevo Día en el colmadito de la esquina allá en Reino Unido. A toda luz, las reseñas que compartieron espacio con Ficciología son una mesurable pérdida de espacio informativo así como de tinta impresora ya que no hay muchas opciones para que los autores vean la reseña; sin dejar a un lado, el hecho de que los lectores no pueden auscultar dónde adquirir semejantes libros tan bien reseñados en el rotativo nacional.
Pero por estas nimiedades no me tomen a mal. Me siento bien con la nota de la Dra. Hernández. Esto a razón de que el gran entrampamiento que es Ficciología se ha cumplido a cabalidad. La intención de la redacción, el tono y la forma en que está escrito el libro es una recreación literaria del concepto “ficciología” de Quince Duncan. O sea, y en palabras del propio costarricense:
Se ha propuesto el término ficciología (“Visión Panorámica de la Narrativa Costarricense: una lectura histórico social”. En, Revista Iberoamericana, No. 138-139 España y Estados Unidos. 1987) como término apropiado para denominar  la disciplina que estudia el fenómeno de la ficción desde una perspectiva de totalidad.

La ficciología se ocupa del estudio de la ficción como sistema: la estructura interna, el contenido, la relación del  relato con el entorno.[6]

A razón de esto es que mi texto busca agobiar, confundir, y maniobrar con el lector por un mundo donde lo más nimio e insignificante se convierte en un universo literario con una multiplicación exponencial de sus posibilidades narrativas. Por tal factor, cuando la Dra. Hernández congenia que “[l]os desaciertos tienen que ver con una excesiva complicación de la narración que oscurece tanto el desarrollo de la trama como el flujo del lenguaje”, en sí está siendo víctima de la intención de este, su servidor.[7] Confieso que dentro de la nota, esta oración me llenó de alegría al saber que la profesora había sido víctima de mi macabro juego literario. Repito, como tantas veces: “Mi intención es que tires el libro, me maldigas, te canses y te sientas perdido en un mundo donde absolutamente todo puede ser un cuento”.

No más, concluyo con mi estribillo de siempre: Cuando dirigí la sección de “Crítica de Libros” en WRTU se hacían exégesis mayormente de libros puertorriqueños (aunque en alguna que otra ocasión, me aventuré a España y Latinoamérica) y no había por qué desperdiciar los 3 minutos de grabación en hablar mal de un libro. Tampoco podía andar comparando los estilos de antaño con la literatura contemporánea y mucho menos recomendar libros de difícil acceso a los lectores. No cobraba un centavito por esa labor y no estaba pendiente si mis palabras salían en la contraportada de un libro, porque a fin de cuentas los textos se defienden solos y nosotros los llamados “críticos” somos materia colateral en el asunto. Si no: pregúntele a la Cervantes, a García Márquez, a Carmelo Rodríguez Torres.


[1] Prescribe el RAE: “Dolores de vientre que suelen sobrevenir a las mujeres [y los escritores] poco después de haber parido [o publicado, según sea el caso].
[2] Elemento que es importantísimo en la redacción de una reseña.
[3] No obstante, si no es así, la profesora debería, de una vez y por todas, clarificar lo cierto o falso de esa aseveración.
[4] Entiendo que deben existir algunos ejemplares en que no se inflame tanto a una publicación puertorriqueña.
[7] Trolololololololo.

martes, 14 de septiembre de 2010

Yuxtaposición...otro debate literario para reirse!

Apunta la Dra. Carmen Dolores Hernández que La velocidad de lo perdido es en sí, una metáfora que describe el proceso mismo del lanzamiento de esta novela, o sea, una pérdida a causa de la velocidad.

Confieso que no soy quien para dirimir con la excelsa figura de la crítica isleña. Sin embargo, ante el seguro embate que le darán a mi humilde sección radial, me veo en la obligación de exponer las razones por las cuales mi lectura de La velocidad de lo perdido de Cezzane Cardona se muestra en abierta pugna con lo expresado en La Revista, del rotativo El Nuevo Día.

Vale decir que no estoy ni con el título, ni con la experiencia que tiene la Profesora para pasar los ojos sobre las hojas. Yo apenas comienzo una carrera un tanto fragmentada, mientras ella es una exquisita fuente de información literaria y cultural, con la cual, lo admito, muchas veces estudio para estar al tanto de lo que ocurre en el quehacer literario del país. De eso no hay nada malo. No obstante, ¿por qué la crítica apunta a dos nortes distintos?

Indica la publicación de la Profesora que “[n]o queda claro hacia adónde va y qué se propone el novelista. Tal como está, carece de interés; carece incluso –en algunos pasajes- de corrección (algo que se hubiera podido subsanar fácilmente en la fase de la edición).”

Soy del parecer que la Dra. Carmen Dolores Hernández estriba en un planteamiento cierto, un tanto incisivo y curiosamente se plantea como una introducción fuertísima hacia lo que será su lectura de La velocidad de lo perdido. Pero, ¿a qué se debe el que no haya hecho mención de semejantes observaciones en mi sección? Lo primero es que no estoy en la posición de acribillar a ningún escritor que aparece en mi espacio. Es una falta de respeto el que, luego de que me haya perdido entre los estantes de libros (luego de que ninguna editorial se dignara en llevar sus textos a la estación), opte por criticar una obra que en el primer esfuerzo pude haberla dejado tranquila en el estante. O sea, el crisol que utilizo se basa en varios factores: Fecha de publicación, análisis comparativo de otras publicaciones a la mano y, tristemente confieso, cuanto puede aguantar mi pobre bolsillo para la adquisición de estas obras. Como ven estoy anquilosado de primera mano.

Es manifiesto que lo que se publica día a día es poco, no puedo exigir que la producción literaria puertorriqueña lleve cierta “velocidad”. Por otro lado, no todo lo que sale tiene la misma calidad que uno espera. Forzoso es concluir que opuesto a lo que uno desearía, uno se conforma con lo que hay y, dentro de “lo que hay” existen elementos buenos y malos.

Por otro lado, los criterios a la hora de redactar mi sección son estrictamente los “usuales” y por lo tanto me los reservo.

¿Qué pinta La velocidad de lo perdido en todo esto?

Sencillo, de entre las obras que estuve leyendo, sobrepasa a otras que seriamente dudo que la Profesora considere agradables. No voy a mencionar sus títulos. No estoy para ser enemigo de nadie. Cada cual será juzgado por sus lectores.

Indica Carmen Dolores Hernández que “[t]an repetitivos y gráficos son los pasajes sexuales que cabría preguntarse si se utilizan como recurso para ampliar la lectoría de la novela. No parecen tener muchas otras justificaciones.”

Considero que es un señalamiento cierto, la novela explota el uso de esos elementos. No obstante, ¿por qué el autor se vale de ellos? Me parece que la expresión sexual conlleva cierta pérdida y, sin entrar en las disquisiciones teóricas de rigor literario, el sentido de marginalidad isleña que presenta Rodríguez Julia mezclado con la sinfonía de La Guaracha del Macho Camacho, son los caracteres representativos que Cardona presenta en su obra. O sea, el tiempo del personaje es pura confusión sexual y en cierta medida es una paráfrasis de la Trilogía sucia de la Habana de Pedro Juan Gutiérrez. Quizás la intención que esgrimo del texto es incorrecta, o quizás es cierta y en realidad lo que Cardona realizó fue una pobre materialización de dicho concepto.

Por otro lado apunta la publicación en El Nuevo Día que “[e]l tono de la escritura, por otra parte, es pretensioso y grandilocuente. Se recurre a menudo a frases contundentes –sentencias- que dejan perplejo al lector.”

Las sentencias existen, están allí, lea y las evaluará. Entiendo que la realidad de Cardona era establecer que esa era la naturaleza de su personaje, un idiota que se quedó sin los sueños pero con las manos repletas de reflexiones vacías. Sufre la pérdida a razón de que el materialismo marxiano lo deja en la hecatombe: A Miguel el capitalismo lo venció, sus ideas se hicieron excremento, no le queda nada más en la vida que el sexo, los pensamientos “perla” y una historia absurda que contar sobre como recurrió al enigmático muro para saciar ese vacío. Por lo menos esa es mi impresión; sin embargo, recalco que la visión de la Profesora no está, para nada, separada de la realidad. Lo cierto es que Cardona pudo haber pulido su estilo, o por lo menos pudo haber presentado una excelente idea sin tener que rayar en la frontera resbaladiza del snob.

Concluyo, para no redondear mucho (y considerando la premura de que tengo una clase de Derecho Notarial en las costillas a la vuelta de la esquina) que la obra de Cezzane es imperfecta. ¿Cuál no lo es? Sin embargo, supera a otros textos, incluso de algunos que se hacen llamar “profesores” y supuestamente enseñan como “escribir” narrativa o quizás de aquellos que encuentran juicioso hacer literatura teniendo como base películas pornográficas sumadas a la trillada canción 40 y 20.

La Dra. Carmen Dolores Hernández seguirá siendo una “dura” en la materia, sin embargo, yo me mantengo en el banco, y solo me sacan a jugar el partido de vez en cuando. Ella tiene el nombre y la experiencia para apuntar sus cañones a los libros que quiera, en cambio yo, pobre lector ocupado, me limito a mencionar lo bueno y a saber que es mejor figar de vez en cuando un libro aún cuando hayan otros que me produzcan ganas de torturarlos y exponer sus pobres vísceras a los ojos de los demás con un cartel que indique: ¡CUIDADO... AQUÍ YACE, LACERADO, EL ANIMAL DE LA MALA LITERATURA!

Adjunto el texto original de la Profesora Carmen Dolores Hernández para que evalúen los comentarios. Me alegro, pues dialécticas como esta forjarán un mejor acercamiento a la literatura de Puerto Rico.


La revista

12 de septiebre de 2010

Juventudes encontradas... en Puerto Rico

La prisa es mala consejera a la hora de publicar, como lo demuestra esta novela

Por: Carmen Dolores Hernández

La velocidad de lo perdido

Cezanne Cardona

San Juan: Terranova Editores, 2010, 255 pp.

La prisa es mala consejera, especialmente si de publicar un libro se trata. Esta, por ejemplo, es una novela que hubiera mejorado con más pensamiento y trabajo, con más dirección. No queda claro hacia adónde va y qué se propone el novelista. Tal como está, carece de interés; carece incluso –en algunos pasajes- de corrección (algo que se hubiera podido subsanar fácilmente en la fase de la edición).

...

El contenido erudito –todo sea dicho- le cede el campo rápidamente al sexual. Esta es una novela que abunda en sangre, secreciones y semen. No se trata sólo de la muchacha muda, Silencia, a quien conoce Miguel tan pronto baja del avión en Berlín. Su universo sexual es ciertamente variado. En el texto empieza con la azafata del avión en el que viaja y con los recuerdos frecuentes –sin ahorrar pelos y señales- de su relación con Milena, la argentina que lo instó a viajar a Berlín para que encontrara, según dice él mismo, “el fracaso que necesitaba para convertirme en escritor”. Figura asimismo en la acción la que tuvo de índole sexual con una condiscípula de la UPR, Malva, en la que interviene también su amigo chileno, Ernesto, y la de éste en París con una niña. Tan repetitivos y gráficos son los pasajes sexuales que cabría preguntarse si se utilizan como recurso para ampliar la lectoría de la novela. No parecen tener muchas otras justificaciones.

El tono de la escritura, por otra parte, es pretensioso y grandilocuente. Se recurre a menudo a frases contundentes –sentencias- que dejan perplejo al lector. “El oído está hecho para la pérdida”; “…detrás del mostrador había un carnaval de sonrisas, de abrazos, de aplausos sin música; la misma algarabía que se supone que tienen los que saben apreciar todas las revoluciones perdidas”; “las despedidas viven del vacío de las manos”; “Sus senos eran escasos, pero necesarios. Era esbelta y para ser alemana tenía las caderas anchas como si su cuerpo fuera más de una vez”; “…las vergas grandes … y las ventanas son sentimientos sobrevalorados”. Nos encontramos a menudo con tales “perlas” en el resbaladizo camino de esta lectura.

... Esperábamos algo mejor de un narrador que ha probado ser muy buen cuentista. La prisa es, sin duda, muy mala consejera.

La velocidad de lo perdido de Cezzane Cardona


La velocidad de lo perdido

Cezzane Cardona
Terranova
Páginas 260

La velocidad de lo perdido de Cezzane Cardona es una novela nueva en el panorama literario puertorriqueño, llena de astucia narrativa y sentido histórico político. Esta es la primigenia obra extensa de un autor joven con un futuro muy, muy prometedor en al narrativa isleña.

Curiosamente La velocidad de lo perdido se centra en el tema de Berlín, ciudad ecléctica y marcada por el sinsentido político hasta el desplome del símbolo mundial del Berliner Mauer. El debate entre el mundo capitalista y el socialista se inserta en el personaje principal, un maduro académico que, según su parecer, está destinado al fracaso literario. Sin embargo, lo que asombra de esta novela no es la manera en que un autor puertorriqueño domina la imprescindible controversia ideológica que ha perdurado hasta el presente, sino como una voz narrativa fina y flexible se maneja entre los adjetivos precisos y las citas constantes a textos esenciales de la literatura internacional.

La velocidad de lo perdido narra las vicisitudes de un viajero antillano que se entrelaza con otros coloridos residentes de la Berlín, post caída del muro. Fetos de novelistas, prostitutas, escultoras mudas, amantes ninfomaníacas y estrellas pornográficas se mezclan con la crítica a la lucha estudiantil del Recinto de Río Piedras en pro del socialismo y el debate entre la academia y la creatividad.

Cezzane Cardona ha cumplido con el único mandamiento que exige la literatura, el leer. Su estilo moderno y cadencioso guarda una mezcla extraña entre Rodríguez Julia y Luis Rafael Sánchez. Parecería exagerar, pero lo cierto es que el ojo juicioso comprenderá que La velocidad de lo perdido supone un nuevo marco artístico, mucho más influenciado por el mundo europeo que por el estadounidense.

Pocas veces se ve una novela como esta en nuestras librerías. Capaces de obligar a hacer una lectura lenta y minuciosa, que obliga a repasar la historia y los ideales políticos. En definitiva, esta novela puede clasificarse como una que emerge luego de la experiencia de la Huelga Universitaria del 2010. Cardona expresa en ella una mirada reflexiva a un Berlín que marcó la historia del mundo, su personaje es la encarnación del impacto del comunismo europeo, ya enflaquecido por sus enemigos, en la conciencia antillana.

Le recomiendo La velocidad de lo perdido a aquellos amantes de la literatura nueva. No obstante será devorada también por curiosos de los temas políticos, la historia y la filosofía.