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domingo, 14 de julio de 2024

La serpiente muere por la boca y por el rabo: Uróboros de Andrés L. Córdova Phelps

Uróboros

Andrés L. Córdova Phelps 

Edición independiente 

246 páginas



Retomar el acostumbrado paso de la crítica literaria tras los acontecimientos de estas fechas es una tarea sumamente difícil. Cuestiones profesionales, personales y llanamente perturbadoras, con solo mirar las redes, atrasan o mutan las fechas en que se puede escribir tranquilamente sobre un texto. Ahora, no valen los prolegómenos, el ejercicio de esta entrada busca hacer un poco de justicia— con todo el candil que esa palabra trae a este libro— a un texto del colega profesor y abogado, Andrés Córdoba Phelps. 

El texto es una clara referencia al quehacer de Nietzsche y la intención se vislumbra en una estructura que abandona la plasmación en párrafos. Se escribe aquí en pequeños aforismos, casi versos, que contienen el desdoblamiento de silogismos y el cuestionamiento de las fuentes del poder. Córdova es lector de los clásicos, interroga y burla principios y trae problemas a las definiciones sustentadas por el Derecho. Todo esto con ganas de joder. 

Lanza dardos desde las primeras páginas cuando vislumbra: "La República platónica, como Comala, está protegida por los muertos". Yace aquí un enorme juego de intenciones en donde la mención del poblado donde se pierde Juan Preciado parece un aviso como el que se le interpuso a Dante al momento de bajar al primer círculo infernal. Este último concepto, su circularidad y el castigo eterno, se suma al problema del laberinto que es la Comala de Pedro Párramo. Este texto y el Derecho—con la mayúscula que se dedica a criticar— son las fauces de algo donde es trabajoso salir y donde ya hay muchos muertos a quienes leer y escuchar. 

Más adelante expulsa: "Cuando se dice que es cuestión de Derecho, lo que está diciendo entrelíneas es que es custión de fuerza". Las nociones, las definiciones, los trabalenguas de la nomenclatura, se pierden cuando se acciona aquello que Facundo Cabral narraba: ¿Qué es un general desnudo?". Así, línea a línea se descubre que la fuerza de la que habla el texto es aquella que ha dejado a los muertos antes mencionados y que cimenta la ciudad de las letras. El acto del libro es despojar vestiduras y ver qué le da la fuerza a esta cosa. Uróboros suena aquí al exhalar del cigarillo de Arendt cuando reconoce que el Derecho impera, tal vez, con una banalidad que permite la legitimación de barbaridades. 

Es casi con añoranza que el libro a veces se rebela contra sí. La culebra se come el rabo, con náuseas. "Cometemos una injusticia con nosotros mismos cuando domesticamos nuestras inclinaciones anarquistas", dice. Es una voz que imita al derecho con su capacidad de sancionarse incluso a sí mismo. Esto recuerda algunas referencias a Walter Benjamin— que en este libro asoman la cabeza/rabo a cada rato. La cruda metáfora de violentarse a sí mismo en el escape de la violencia. ¡Morir perdiendo Las Arcadias! Queda así el cuerpo expuesto, ultrajado como semiosis de la violencia cuan estudia Sontag.

Estos asuntos— Derecho, violencia, Benjamin, autoridad— recuerdan cuando Jacques Derrida adujo que el pensamiento benjaminiano no es ajeno a interpretar la intención de la violencia del derecho para crear tautologías y síntesis a priori en torno su realización y convenciones. Esto es, se da a sí mismo los medios para  decidir entre la violencia legal y la ilegal. Apunta Córdova Phelps que "La legalidad paradójicamente evoca y está enmarcada por la ilegalidad". No en vano las manos de Escher se vuelven una constante durante la mayoría del texto:

Ahora, Uróboros no descansa solamente en ser un ejercicio de crítica teórica o de filosofía. Otras partes de la publicación como las de "Los veinticuatro juristas" tiene un clásico juego cervantino: El texto encontrado, la multiplicdad de autores, las fuentes dúbitas de la escritura son muestras de que en el derecho mismo y en el ojo que lo critica no hay consistencia si no la de la serpiente que eternamente se devorará sin nunca alcanzar un final.

Solo le queda a uno la salida de la locura. La risa y el absurdo son a veces una música de fondo en el libro. Tal vez al igual que un Nietzsche incoherente que se consume— la mente que termina devorando la propia mente— en el soñar con caballos que sufren. 

"Las cosas serían mucho más fáciles, sugería irónicamente Ernst Bloch, si pudieramos comer grama", dice Uróboros, como si fuera la voz del caballo abrazado por el filósofo. Una remembranza de aquel episodio garcíamarqueño que traduce como finalidad de todo asceta de intelectual el doblarse en el patio a hacer el ridículo: "¿Qué clase de hierba, doctor?» Y él, con su parsimoniosa voz de rumiante, todavía perturbada por la nasalidad: «Hierba común, señora. De esa que comen los burros".

Uróboros es un texto diseñador para una persona que ha leído ciertos otros libros, o bendito, jurisprudencia, y le alberga un cansancio. Tal vez el profesor de derecho o el abogado que busca escapar de la cotidianidad. ¡Alguien que mira la grama y le da hambre¡ En fin, que se mira al pasado con algo de ironía y jocosidad. Tal vez se recuerda que en algunos monasterios del conocimiento escolástico, con su sobriedad y barbas llenas de letras colgantes existía algún arquitecto que dibujó una macabra carcajada de algún demonio en relevie de pared.

En mi caso, los días de docencia en la Interamericana terminaron. No recuerdo ni aquel número de empleado que asignaban. No obstante, el texto de Córdova Phelps rememoró en mí las tertulias y sobremesas de los compañeros del Departamento de Estudios Humanísticos quienes hablaban de la inmortalidad del cangrejo, los significados del evangelio y las noticias de ayer mientras observaban el "bowl" girar en el microhondas de la cocina de facultad. ¡Qué buenos tiempos aquellos! ¡Qué deliciosa la yerba que como hoy!

martes, 27 de abril de 2021

Conversaciones en espacios de transición: Una mirada al pensamiento de Castoriadis a través de los diálogos

 Cornelius Castoriadis

La insignificancia y la imaginación: Diálogos con Daniel Mermet, Octavio Paz, Alain Finkielkraut, Jean-Luc Donnet, Francisco Varela y Alain Connes.

Minima Trotta

138 págs.

    El periodo de finales del siglo XX se caracteriza por una transición tecnocultural matizada por la informática, la comunicación y la economía. Este momento se sacude con el comienzo de un siglo XXI marcado por la violencia terrorista, el surgimiento de un movimiento innegablemente fascista y una crisis financiera que lleva a pensar si hay mucha diferencia entre estos dos periodos. El pensamiento de finales del XX es llamativo por su aspecto abarcador. Contrario al ánimo demostrado en él, hoy lo que se escucha es una plaga de todólogos ansiosos por ocupar un sitial y recibir uno que otro aplauso. Es un fenómeno que quizá sea producto del vacío dejado por una serie de pensadores que marcaron esa última mitad del XX desde una mirada casi neo-enciclopédica y a la vez emprendedora. No es demasiado


arriesgado pensarlo: Fueron los críticos que pasaron del papel a la tecnocultura y el ciberespacio. Entre este grupo se encuentra el curioso “influencer” previo a redes sociales, Cornelius Castoriadis.

    El texto La insignificancia y la imaginación: Diálogos con Daniel Mermet, Octavio Paz, Alain Finkielkraut, Jean-Luc Donnet, Francisco Varela y Alain Connes es curioso por ser una recopilación de conversaciones que el pensador griego— quien pasó la gran mayoría de su trayectoria en Francia— sostuvo con contemporáneos que se leían entre sí. Estos intercambios están muchas veces mediados por las preguntas de la escritora Katharina von Bülow.

    Con el periodista Daniel Mermet se habla de la insignificancia que caracteriza a la política actual donde los candidatos juegan al marketing con relación a las dos dimensiones que el juego del poder opciona: Primeramente, acceder al poder o, mejor dicho, el ejercicio de alcanzarlo en estas democracias actuales; segundo, hacer algo una vez se llega a ese poder. La banalidad recurrente produce nulidad política a razón de que estos sujetos repiten un patrón similar al pase regio que afectó a la antigua España.

    Se dice aquí que la necesidad de enseñar una “...auténtica anatomía de la sociedad contemporánea...” en las escuelas es, quizá, uno de los elementos para romper el estancamiento democrático. Es una cuestión que se acentúa por la repetición y la falta de inventiva, algo que termina afectando al ciudadano desde abajo, lentamente, infectando veneno. Ante esto, dice el pensador que “[e]fectivamente, no necesitamos grandes discursos: necesitamos discursos verdaderos” pág. 29. Obviamente, esto no se superpone a la responsabilidad que debe buscar el sujeto ante estas nuevas corrientes que muy probablemente no produzcan estos “discursos verdaderos”. Existe una responsabilidad individual por identificar la verdad.

    Aquí se pueden destacar dos ideas sumamente interesantes que indica Castoriadis: La primera se encierra en su expresión “[c]reo que deberíamos ser los jardineros de este planeta" pág. 33. La cual comienza a plantear la importancia de la homeostasis con el mundo, con sus recursos, o sea, una política ecológica seria y alejada de la mercadotecnia banal en que algunas compañías lo han convertido. En segundo término, el concepto de que “...la libertad es la actividad, y la actividad que sabe ponerse sus propios límites. Filosofar, es la reflexión. Es la reflexión que sabe admitir que hay cosas que no sabemos y que no conoceremos jamás..." Pág. 34. Se ata a este elemento de responsabilidad y autolimitación que aparece en el compromiso ecológico a la vez que repercute en los conceptos de autonomía individual y colectiva en otros textos del pensador.

    Con Octavio Paz se discuten la existencia de otra vez el conformismo generalizado que sustituye al individuo en la sociedad contemporánea y va por la misma línea del fenómeno de la autolimitación y responsabilidad. Acusa Castoriadis de un problema ante los individuos totalmente privados o privatizados por la mentalidad de economía total que promueve el capitalismo. Además, un problema que caracteriza esto son los seguidores ciegos, los turiferarios que funcionan por y para los ególatras políticos que capitalizan de dicho conformismo.

     Vale acotar aquí que los intercambios con Octavio Paz se sienten fluidos, bastante paralelos en visión y concepción política. Esta es la parte más abarcadora del texto en términos de política y se distingue de las otras secuencias con los demás interlocutores.

    Con el sicoanalista Jean-Luc Sonnet se entra en el aspecto que más trabajó Castoriadis en sus años en


Francia: La imbricación de un pensamiento político y psicoanalítico que fomentara la autonomía del sujeto y su independencia de lo que llamó modelos exógenos que imponen sus fuerzas en el ser. Allí se dice que “...es preciso que se sepa, sin duda, que entre desear algo y actuar para que se produzca, hay una distancia, que es la distancia del mundo diurno, del mundo social, del mundo de la actividad relativamente consciente, reflexiva, etc." pág. 72. Apunta que esto se ve borroso en ciertas ocasiones a razón de la sustitución de la mitología religiosa por la del progreso indefinido.

    En la conversación con Sonnet también incluye poderosos intercambios sobre Freud en donde se apunta que: "...la verdad no es correspondencia, no es adecuación: es el esfuerzo constante por romper la clausura en la que estamos y de pensar algo distinto; y de pensar no ya cuantitativamente, sino más profundamente, de pensar mejor." Pero, advierte o recuerda la petición de Freud a Max Schur por una inyección fatal cuando para el "Ya no tiene sentido". Así, Castoriadis muy sutilmente recuerda la fragilidad del ser no importa lo abarcador de sus contribuciones o la complejidad de sus descubrimientos. Al final, la falta de sentido es lo que hace que Freud ansíe la muerte y es la gran advertencia que le deja a sus lectores, Castoriadis lo subraya y lo rememora.

    El intercambio con el biólogo Francisco Varela es un verdadero ejemplo de dialéctica: No concuerdan a veces, se intersecan saberes y focos que promueven preguntas. Aquí se discute someramente el poderoso giro que promueve que el científico, junto Humberto Maturana, den el salto de la biología a la filosofía.

    Se recrea en este diálogo la manera en que el concepto de "autonomía del organismo viviente" de Varela y Maturana se imbrica con la idea de una separación de la autoridad extrasocial que Castoriadis ha criticado en la religión, la historia y el materialismo histórico (en una de las críticas más importantes al marxismo). Esta parte es como un espejo de la conversación con Sonnet. Se habla aquí también del componente pasional y social que promueve una autonomía individual que, a fin de cuentas, propenderá a una autonomía de la civilización.

    En unos momentos a los dos no se le entiende, los intercambios se vuelven densos en la discusión de modelos lineales de la ciencia cual si fuera un boxeo de reglas difíciles. Es, posiblemente, porque hay una transición a la discusión del transhumanismo en todos estos intercambios y no se escapa de una que otra crítica relacionada a las ideas de David Chalmers.

    La entrevista con el matemático Alain Connes prosigue con la discusión del problema planteado por Turing sobre las maquinas pensantes. Castoriadis se muestra aquí seguro de su imposibilidad ante la necesidad de lo que identifica como el alma socializada por el lenguaje y por la herencia histórica. Algo que jamás podrá existir en una máquina, según su criterio. Nuevamente, se deja entrever que es un pensador previo al salto al transhumanismo, tema que motivará la primera década del XXI.

    La discusión con Connes también abarca el problema de la cuantificación del espacio, materia que es de origen euclidiano— y que pasó por el cedazo de Kant— y que aparece aquí como un sistema de pensamiento que aún es pertinente y que produce interrogantes en la física. En esencia, Castoriadis apunta que se mantiene entonces la pregunta de cómo el universo físico y el universo matemático intercambian y se superponen.

    Este texto es cortísimo a pesar de lo extenso de las discusiones. Sin embargo, promueve la consideración de como lo interdisciplinario juega un papel crucial en la formulación de un pensamiento de finales del XX y principios del XXI. Contrario a los densos tratados de Castoriadis, el formato de diálogos invita a reexaminar su biblioteca y a considerar la falta de un proyecto que busque nivelar los saberes en vez de ponerlos a competir. En fin, que hay un deber colectivo en estas discusiones muy contrario al afán de importancia y fama que algunos académicos pretenden cultivar, como si la cosa fuera de ellos, o peor, como si ellos fueran la cosa en sí

viernes, 11 de julio de 2014

Comportamientos e ironías: Un toque de literatura contemporánea de mujeres

     Leer la literatura que escriben las féminas puertorriqueñas se ha convertido en un ejercicio placentero e interesante si se hace tomando como referencia la potente tradición que han formado en las letras isleñas. Poetas, ensayistas, novelistas, en fin, un poderoso ejército de estrógeno que ha colaborado a la formación cultural de este pedacito que flota en el mar. No para menos considero, en muchas ocasiones, que las mejores literatas de esta tierra fueron Concha Meléndez y Nilita Vientós— cuya extensa obra se me ha hecho difícil de abarcar por su extensión, mea culpa—.
     En estos años postmilenarios se han sumado a las filas del antedicho grupo varias mujeres. Por lo cual,
hoy referiré a la contribución particular de Arlene Carballo y su colección Mujeres que se portan mal.
La temática de este libro se centra en la apreciación de las vicisitudes de mujeres alrededor del mundo, no tan solo Puerto Rico. Así, Carballo deleita con episodios que se desarrollan en Medio Oriente dando un toque de tradición que rememora la aportación Árabe e India en la cuentística hispánica, entiéndase Los cuentos de las mil y una noches y la habilidosa diégesis de Scheherezade así como otros textos que provienen de dichas latitudes.
     Si bien el título denota la cuestión del comportamiento, lo cierto es que en más de una ocasión no nos topamos con mujeres que se portan mal, sino con un mundo que se porta mal con las mujeres. Por ejemplo, la apertura del libro con la pieza "Mema" desata un tono tristón y acertado al rescatar del olvido a la personaje que poco a poco sucumbe ante los caprichos de los hijos (hijas para ser preciso). Es así que se devela que esta colección tendrá otro eje importante, la maternidad y la interminable tortura que llamamos niñez.
     Varios de estos cuentos merecen especial atención. El primero que resalta es "Las huellas de una vida" el cual trata el tema de la dualidad que experimenta constantemente un ser rehabilitado y los efectos que sus decisiones tienen en los demás, incluso post mortem. El relato se construye con recortes de esquelas, correos electrónicos y notas lo cual rememora un tanto a El corazón de Voltaire de Luis López Nieves. En la misma pauta se encuentra "El dulce olor de las almendras" el cual se vale mayormente de esquelas para mover la trama.
     Carballo deja en cada plumazo una pizca de ironía, la cual maneja con variados grados en todas sus historias. La mezcla se compone también del ejercicios de colorear injusticias, deseos, sueños y sutiles venganzas. Todos estos ingredientes operan para crear cuentos que emulan un historial de lecturas que se pueden conjeturar en la autora. Para estas muestras, los siguientes botones: "Algo más que huesos" y "El dedo poderoso de la mujer afgana" remonta, como señalamos, a la tradición árabe; "Mechita gana una" a La guaracha del Macho Camacho de Sánchez; "Las cadenas de la libertad" tienen un aire a lo Santos Febres.
     Repito: El gran denominador de Mujeres que se portan mal es la ironía. No hay cuento que se salve de esta herramienta, algunos logrados y otros casi en su punto. Vale mencionar aquí piezas como "Humanidad" y " Un gesto de amor", los cuales brillan por su estilo conciso, su intención crítica y toques de violencia.
Este es un libro de mujeres que persiguen las ansias mismas que motivaron el "Yo fui mi misma ruta" de Julia de Burgos dentro de una crítica a los convencionalismos sociales y con una estructura experimental que emula el collage de John dos Pasos en su USA Trilogy (la mezcla de recortes de periódicos, esquelas y otros pastiche). Mujeres que se portan mal también sobresale por la pulcritud de su edición la cual sorprende mucho en un libro de autor, así que, tomen nota. Bravo por Carballo.

martes, 10 de junio de 2014

Lo obvio, lo feo y lo peligroso: Crónicas del colapso… de Emilio Pantojas García


 En los últimos 6 años prolifera el uso de las columnas de opinión y análisis para enfrentar la situación económica— que a su vez es política— de Puerto Rico.[1] El pueblo lector discurría normalmente por las páginas de los rotativos nacionales viendo la política, la sangre y los números y, más o menos, luego de algunas secciones se topaba con una entrega de los miembros académicos de nuestra sociedad. Lo cierto es que con la llegada de las revistas cibernéticas, las redes sociales y los denominados teléfonos inteligentes se multiplicó la cantidad de lectores y el acceso a este tipo de escrito. Por otro lado, y con más importancia en el campo editorial, han sido ya numerosos los nuevos “analistas” que inundan la esfera de discusión pública con escritos que se tambalean entre lo parco y lo desmedido. No cabe la menor duda de que ponerse al día en este rollo cuesta tiempo y que escoger qué leer y cómo leerlo puede tornarse en un ejercicio doloroso para el ávido de letras.[2] Ante esto aparece en los estantes la publicación Crónicas del colapso: economía, política y sociedad de Puerto Rico en el siglo veintinuno de Emilio Pantojas García como una propuesta de síntesis sin sacrificar la altura de la visión crítica y analítica que se espera de estos escritos.

     Crónicas del colapso… hace alarde de su título ya que es en realidad una colección de la gesta periodística que Pantojas García lleva desde inicios (o mediados) del 2000 hasta el presente. El libro es un tanto denso, con casi 300 páginas de periodismo de opinión que varían en extensión y enfoque. Los textos intercalan de cuando en vez un canapé analítico que precede a la división editorial en cuatro secciones, entiéndase: “El colapso”, “Economía y globalización”, “Política” y “Sociedad y cultura”. En puridad, las cuatro parcelaciones cantan a coro el mismo estribillo de “Puerto Rico está fuñío’, la cosa está apretá’” ; empero, ofrecen contestaciones al porqué de esa circunstancia.

     En “El colapso” Pantojas no descarta el clasificar a la Isla como un país tercermundista que anda por el mundo en gríngolas sin aceptar que cuando decimos “la cosa está mala” en realidad versamos sobre una profunda crisis económica y social. Esta música puede parecer “hit” pasado de moda y no culparía al lector vago(neta) de pensar que el texto peca de hablar de lo mismo; no obstante, el propósito de Pantojas García apunta hacia otro norte, el de recopilar su testimonio cronológicamente con el fin de observar el cadáver social desde un historial clínico. Ahora, el lector aguzado apreciará la síntesis de problemas sociales que hace la sección, entre estos: la llamada ingobernabilidad del país, la exagerada proliferación del crimen y su impacto a los estilos de vida borincanos, la poca acción para atajar problemas básicos de convivencia política y la cultura del fraude. Pantojas García ofrece también una piedra preciosa al final de estas páginas llamada kakistocracia que como el comején, se alimenta del tronco grueso y construye su imperio con la materia prima de sus propios excrementos. Sin duda, este ensayo es un “must”—lectura necesaria para los puristas que le “tiltea” el ojo por una mera cuestión de estilo de vocabulario —para esta generación y otras.

     La parte de “Economía y globalización” es cuantiosa, no por eso desatinada. La explicación la ofrece el propio autor al destacar que la mayoría de estos ensayos se publicaron en el mensuario Diálogo de la Universidad de Puerto Rico. En esencia, el sociólogo destaca las razones por las cuales la política económica de los pasados 40 años ha sido un carrusel que cambia de velocidad y no de médula. Según estos escritos, Puerto Rico no ha desarrollado una cultura de progreso global por estar enraizado a políticas de exención y dádivas contributivas que solo han insertado a la Isla en el mercado mundial por chance. Así, Pantojas García explica que cuando el olfato capitalista detecta una sucursal con menos gastos, mejores oportunidades de inserción al mercado global y mano de obra barata y necesitada, recoge sus maletas y ni siquiera pide la bendición al marcharse. De esta forma, Puerto Rico ha sido eje de una economía de despuntes esporádicos que una vez desprovista de x o y beneficios de incentivo federal se sume en una depresión que tiene consecuencias incluso sicológicas.[3]

     La sección de “Política” es un tanto compleja ya que abarca un abanico de temas que son el ají de nuestro día a día y, por otro lado, es donde el autor reúne algunos de sus ensayos en torno a la Universidad de Puerto Rico. De por sí, estos tópicos son ejes de diatribas de altura o bajeza en cada cafetín de esquina o reunión departamental universitaria. Hay que destacar que en instancias hay que leer más la opinión de Pantojas García en vez de su análisis de lo cual el desocupado lector no debe tener problema y de lo cual el autor está en su total derecho.[4] En torno a esta unidad me tomo la libertad de alimentar la curiosidad sin dejar a un lado que los ensayos en torno al tema de la U.P.R. reviven pasiones, obligan a comparar los eventos con la actualidad de nuestra institución— de la cual soy también empleado y con otros sombreros, estudiante —y se presentan como buen material para tesis futuras en torno al asunto.

     En el caso del acápite de “Sociedad y cultura” hay que subrayar que es el más variado del libro. Se tratan aquí cosas como la inclinación a las predicciones de los politólogos y la crítica a sus métodos, la falta de credibilidad de las emisoras que transmite en la banda de Modulación de Amplitud (AM), la recurrencia a la cultura del chisme y su nocividad al desarrollo social de Puerto Rico y hasta el debate de casarse “como Dios manda”. Si bien es una sección amplia hay algunas joyas que merecen destacarse, por ejemplo, el escrito “La caribeñidad como proyecto” renueva la discusión del refrán que canta “Cuba y Puerto Rico, de un pájaro las dos alas” y plantea una crítica al desarrollo económico de las Antillas. Por otro lado, el ensayo “Por qué Don Omar no” dejó entrever la necesidad de un análisis socio-semiótico de las estrategias empleadas en épocas de elecciones y llamó la atención a lo que considero uno de los temas neurálgicos de la contemporaneidad que deslumbra por su invisibilidad en los círculos de discusión: la brecha generacional entre electores. Lo único desalentador de esta parte del libro son las dimensiones de los escritos lo cual merece excusa al autor ya que estas publicaciones obedecieron criterios periodísticos y no los de una editorial.

     Resta decir que Crónicas del colapso… de Emilio Pantojas García es un libro logrado que continúa la tradición de la Editorial Callejón de ofrecer recopilaciones de las publicaciones periodísticas de miembros de la academia, principalmente en las áreas de las Ciencias Sociales. Así, este texto se suma a otros como La nación en vaivén de Jorge Duany. Ahora, vale decir que mi recomendación va a la población joven: Leer este texto es crucial para entender el entorno en que nos hemos criado—sí, me incluyo —y es una herramienta poderosa para insertarse en la discusión política y social. Por lo cual, que lo lea todo el mundo pero principalmente que lo lea la Generación del Colapso.

***
Próximamente se reseñarán a Arlene Carballo, Yolanda Arroyo y Manolo Núñez, y otros. Pendiente.


[1] El impulse, en gran medida, se debe al poder de las redes sociales en la web.
[2] Para este punto, vale mencionar la nueva propuestas de periódicos de lectura somera y rápida la cual también cuenta con una nutrida cepa de columnistas mayormente jóvenes y de notoriedad reciente
[3] Evidencia de esto se puede observar al analizar la cantidad de suicidios, alcoholismo, depresión y solicitudes de Beneficios de Seguro Social por estar “malo de los nervios” durante los años de cierre de las grandes fábricas del programa 936. Este elemento me consta es más fuerte en la zona rural de la Isla donde la única fuente de actividad industrial venía de dicho programa tributario federal ante la ausencia de inversión criolla en fábricas de manufactura. Así, de esta debacle ha sobrevivido una lazariana venta de servicios, negocios de consumo y la letárgica industria de la construcción, pero estos mares son para recorrerse con otra nave y no en una crítica literaria como la de marras.
[4] Vale acotar la tendencia infame de esta práctica en la radio puertorriqueña, principalmente en las emisoras que transmiten a través de la Modulación de amplitud (AM), las cuales en los últimos 6 años han desarrollado coloridos paneles de “análisis”, para muestra remonto a aquellas ediciones de programa que eran conducidos por quienes ahora fungen como senadores tanto del Partido Nuevo Progresista como del Partido Popular Democrático.

lunes, 17 de septiembre de 2012

Reseña del libro El arca de la memoria de Dinohra Cortés Vélez

Un abrazo a todos.

Adjunto aquí la más reciente colaboración con la Revista Cruce. La confesión del ser y el querer (Reseña del libro El arca de la memoria de Dinohra Cortés Vélez)

Para más detalles, visita:




     Lo femenino sigue agrupándose en la literatura de nuestros días con magnífico ahínco. El despliegue de escritoras, periodistas y cronistas se ha convertido en una verdadera conglomeración de mujeres talentosas que trazan un camino en la historia literaria puertorriqueña. Pero, cierto es cuando se pregunta: ¿Y cuándo no han estado las mujeres escribiendo en este país? ¿Cuándo no han demostrado tesón y esfuerzo? ¿Sabiduría y libertad? Pues desde siempre– y algunos protestarán por mi incursión desafiante al sacrosanto imperio de la Historiografía–, no hay de otra que rememorar esa fibra de Anacaona que cada una lleva en sus venas.
     Pensando en las mujeres y sin mucho prolegómeno, apunto con esmero al norte. Allá donde hace frío y cae hielo del cielo. Allá donde muchos tenemos lazos e historias.
Curiosamente, desde allá alguien apunta hacia el sur, donde es cálido y lluvioso, donde el agua bate contra la piedra y el olor a comida frita penetra en los huesos. Específicamente, apunta hacia Isabela.
La mano que traza su letra desde Wisconsin hasta Puerto Rico es la de Dinorah Cortés Vélez. Jovial, brillante, creativa y mujer de letras. Esta narradora nos brinda baje el sello de Isla Negra su nueva afrenta a la desidia: El arca de la memoria.
     Libro que quizás aparente bailar entre el relato, la novela, las memorias y hasta el confesionario. No obstante, es sin duda un logro en términos de prosa. No hay personajes sino vivencias, siendo más específico, voces de mujeres que se intercalan en una memoria colectiva donde el estrógeno es reina.
Se entrecruzan la niñez de la que es abuela, madre e hija, supliendo a veces un tipo de confusión en donde la palabra de la narradora se apropia de las memorias suyas y ajenas para crear un collage sin secuencia fija pero con evidente conexión subjetiva.
     El texto es variado, de vez en cuando aparecen unas líneas aquí y allá, muchas veces seguidas por alguno que otro retrato doloroso o jocoso. Esa mezcla se intercala con las memorias del juego infantil, el trazo del camino hacia la pubertad femenina– la menstruación – y luego descansa en aquellas confesiones que se presentan con evidente voz de mujer madura, profesional y filosófica. No existe otra mejor forma de apuntar al libro que como lo hace su propia creadora: el texto es una biomitografía, según ella, una caja de Pandora que es “la mía, la de mi madre, la de mis abuelas, la de todas las mujeres en mi familia…”
     El arca de la memoria puede ser también un colectivo de secretos donde se presenta el desdén hacia la cultura machista y donde se sufre lo que se calla. Así, Cortés Vélez dibuja una abuela fuerte, poco expresiva y emocional, callosa por los años pero que se mantiene como ceiba de la casa. No obstante, eso no deja a un lado una cara puramente puertorriqueña de la matrona corriendo detrás de los niños ofreciendo “fuete” y “chancletazos” ante las travesuras de los nietos. Cosa que evoca la ternura y el poder de quien es la engendradora, la gran Úrsula Iguarán de la casa.
     Por otro lado se encuentra la imagen de la madre. Viuda, amable y serena. Mujer que tuvo que criarse en una época donde el pene sentenciaba a pronunciar palabras cuando las gallinas decidieran mear. Sin embargo, existe una fragilidad que quiere ser consolada por la voz. En estas viñetas, Mami es una chica que se ve taciturna y que necesita amor. Una joven que tuvo que menstruar sola,– o podríamos decir que junto a su sorpresa – estudiante universitaria que tiene que dividirse entre profesional y progenitora. No por menos se deja escapar su rol de hembra, una más que, como dice el texto, pertenece al grupo de “humanas, encantadoramente humanas.”
     No puedo dejar correr las líneas sin subrayar el rol de la propia voz narrativa, la gran artífice de esta enorme colección de tesoros y confesiones: la autora. No podía ser biomitografía sin ella. Su verbo es intemporal y es capaz de estar en las vivencias de su abuela, sus tías, sus amigas y su madre. “Debimos haber menstruado juntas, Mami” dice en un aparte. Empero, esto no la deja a un lado con la mera etiqueta en el pecho de ser la omnisciente. Algunos episodios del libro son calcos de su propia vida: el novio que la dejó por otra, la niña que hace travesuras y juega en la casa, la hija que se siente sola al creerse abandonada por su madre y la mujer que agrupa en su ser toda la genética de aquellas que le antecedieron.
      Aparte de todo lo dicho, la voz de la autora se recrea en un tono reflexivo, casi lleno de compasión aún cuando raya más en lo maternal. Es un tipo de viaje (intra)dimensional donde se ven sus deseos de añoñar a la abuela, ser la amiga de su madre y ser la justiciera de sí misma. La voz quiere viajar en el tiempo, romper las barreras de lo físico y dejarse unir a otra cosa– que a los ojos del aguzado lector nos es más que la “historia femenina colectivizada”–. Sin embargo, nada de eso es capaz de suplantar el enorme cuestionamiento ontológico y tampoco el luchar con los estragos de unos elementos que la han marcado: la muerte de un padre y la constancia de su ausencia, el dichoso “issue” de ser mujer en un mundo que no acepta– que no permite –y, por último, esa gran impotencia del yo que se ve arrasado por el tiempo y las circunstancias.
     Luego de husmear por el libro y de reírme, entristecerme y hasta sentirme parte del arca, no queda mejor señal de la abarcadora visión de Cortés Vélez que en su más sensata confesión, su más preciada memoria– muy a la Sor Juana Inés – en donde lo dice todo: “Descabellada sobre el papel, escribo para no morir.”


jueves, 17 de mayo de 2012

Klindo (@ .Crudo)



Otra más en .Crudo

Para el texto pueden acceder a:
http://www.crudoprod.com/klindo/


     He comprado una cosita pequeña y oscura. Un tanto barata para las posibilidades que tiene pero, sobre todo, capaz de subsistir bajo la amenaza rotunda de mi cónyuge al crear hipérboles que aseguran que nos vamos a inundar de páginas si llego adquirir un libro más.
     “Ni uno más” dijo, ni un anaquel más porque, según ella y sus hermosos ojos, hay más sitios para acumular libros que para acopiar cosas necesarias como ropa, comida y parafernalia cotidiana (A lo cual me atrevo a preguntar: ¿Cómo sería una casa llena de libros, incluso dentro de la estufa y debajo de la nevera?).
Vanidad de vanidades dirán, pero que mucho me ha emocionado el entrar tanta literatura en él aparatito. Como si yo anduviese con toda Alejandría debajo de un bolsillo cucando a los bibliófilos y zarandeando a los bibliotecarios. Porque de eso se trataba todo aun cuando admito que fue de gran ayuda al estudiar para la reválida de abogado. Fue útil andar con todos los repasos y los casos y los llamados pedefes para arriba y para abajo. Leyéndolos en la fila del banco, en la panadería al esperar el revoltillo con jamón y queso suizo, y también cuando el viejo me daba pon para ir a ver (q)uestiones de librerías, doctorados y vainas académicas que tanto nutren.
     La curiosidad, esa que dicen que mata felinos, siguió el curso normal de las aguas y me atreví a impulsar lecturas en el anglosajón moderno y de antaño en el dispositivo electrónico. Cosas que no había podido adquirir en los dos intentos de ahogarme en textos: el primero el bachillerato en Estudios Hispánicos (muchas cosas en el exquisito castellano) y el segundo el Juris Doctor (muchas leyes, casos y más casos). Al final del día mezclaba lo aprendido en ambos trances, analizaba cuáles textos me convendrían y hacía piruetas con las leyes y tratados de derechos autor y propiedad intelectual para ver qué presas estaban indefensas y solitas en algún rincón olvidado de la internetz. Poco a poco fui llenando los llamados “folders” con cosas en varios idiomas, cosas en pedefes y mobi y en cuanto formato pudiese con tal de pasar estos miopes por encima de las letras y gozar esa cosa nítida que la literatura, un café y una lluvia de tarde en Moca (único pueblo de cuatro letras, broder) ofrecen.
     Más gatos internos fueron anquilosados mientras me adentraba en las fauces cibernéticas de la maquinita maravillosa, el semi-aleph, como le digo a veces. No obstante, lo cierto es que este mundo de las letras es un enorme río donde se buscan pepitas de oro pero a veces se encuentran cosas más repulsivas. Y sufrí, desocupado lector, sufrí al toparme con un mundo norteño en donde cualquier imbécil escribe una cosa con el poder de hacer que un muchacho se suicide o una quinceañera (o sesenteañera) se tatúe sus bellos (viejos) omoplatos con cuestiones absurdas. A veces, demostrando que el capitalismo siempre se parecerá a la “yararacusú … enrollada sobre sí misma”, porque encontré cosas a 99¢ que son peores que las comidas que te venden en los “value menu”.  
     Entonces es que llego a ese momento de la verdad, en donde uno se cansa de darle para atrás y para adelante a los botones que mueven las páginas (que jamás vas a tocar) de los libros que nunca vas a diferenciar entre edición de 1825 y la de 2009. Apenas pasan cosas así y te demuestras que somos seres materialistas, que funcionamos palpando las cosas y no sólo pensando en ellas. Poco a poco se medita en este asunto mientras uno escribe una columnita para una revista cibernética. Ves tus manos tecleando y necesitando pausar para agarrar algo que te saque de todo este asopado de malabares que llamamos isla. Miró para el lado, en el librero de la izquierda (estoy rodeado de libreros) allí yace palpitante un edición blanca y negra de Don Quijote y más allá un marcador de libros hecho en mundillo que me obsequió mi tía Eda (el marcador más hermoso que he visto). Miro el computador y el librero; el computador y el librero y la maquinita negra llena de libros y cosas que cabe en un bolsillo: no puedo con la tentación de ir a ese lugar de la Mancha, pero esta vez me voy “oldstyle” y le digo adiós a la maquinita electrónica, a la Alejandría portátil.

miércoles, 8 de febrero de 2012

Entuertos...

Entuertos[1]
A Cezzane Cardona,
con agradecimiento a Edgardo Nieves Mieles,
eterno coconspirador…

Un día habíase quedado Zaratustra dormido debajo de una higuera, pues hacía calor, y había colocado sus brazos sobre el rostro. Entonces vino una víbora y le picó en el cuello, de modo que Zaratustra se despertó gritando de dolor. Al retirar el brazo del rostro vio a la serpiente: ésta reconoció entonces los ojos de Zaratustra, dio la vuelta torpemente y quiso marcharse. «¡No, dijo Zaratustra; todavía no has recibido mi agradecimiento! Me has despertado a tiempo, mi camino es todavía largo.» «Tu camino es ya corto, dijo la víbora con tristeza; mi veneno mata.» Zaratustra sonrió. «¿En alguna ocasión ha muerto un dragón por el veneno de una serpiente? - dijo. ¡Pero toma de nuevo tu veneno! No eres bastante rica para regalármelo.» Entonces la víbora se lanzó otra vez alrededor de su cuello y le lamió la herida.
Nietzsche, Así habló Zaratustra, “De la picadura de la víbora”
¿Sabe el escritor recién parido lo que dijo Lope de Vega, magnífico dramaturgo a veces y cabrón mayúsculo siempre?: “Ningún escritor es tan malo como Cervantes”. 
Luis Rafael Sánchez, “La piel de la palabra”, 21 de agosto de 2011

Supuse, por cuestiones de la casualidad, que prontamente aparecerían reseñas y comentarios en torno a mi libro Ficciología en los meses de enero a marzo del 2012. De entre éstas, la de El Nuevo Día me era de especial interés por saber, casi con un grado de misticismo, cómo sería en términos de redacción y comentarios.

No me sorprendió la mañana del 5 de febrero cuando Ficciología apareció en una esquinita de la Revista ¡Ea! (Página 18, para ser exacto) bajo el título “Cuentos de un escritólogo”. La nota (por llamarla de alguna manera y de esto hablaremos luego) fue desarrollada por la Dra. Carmen Dolores Hernández y consta de unos 132 vocablos–de las cuales descarto unas 15 ó 18 palabras por ser meramente menciones de algunos de los cuentos que conforman la colección– y una foto de la portada.
Para que no queden dudas sobre el contenido, el cual no puede ser copiado de la web, me atrevo a hacer una transcripción ad verbatim del mismo:
… temas diversos, cuya calidad es igualmente diversa. Los hay logrados …; los hay francamente decepcionantes … Los desaciertostienen que ver con una excesiva complicación de la narración…
Lo desastroso, en ambos casos, es el poco cuidado en la edición. Hay errores ortográficos crasos y el frecuente mal uso de las palabras redunda en una redacción defectuosa… 



Carmen Dolores Hernández. "Cuentos de un escritólogo". El Nuevo Día. Revista Ea!. Pág. 18. 5 de febrero de 2012. (Negrillas del autor)

Como se puede apreciar, la visión de la crítica establece un tono generalista en el cual predominan los adjetivos “decepcionantes” “desaciertos” “desastroso” y “defectuosa”. Todos con la misma letra con que comenzó la nota, o sea, al hacer acopio de las palabras “diversos” y “diversa”. Este elemento un tanto artístico –parece un tautograma– no es excluyente de la palmaria ausencia de fundamentos con los cuales se pueda medir el porqué de los adjetivos. Así, existe cierto grado de arbitrariedad o, a mejor decir, una espontaneidad en cuanto a las bases para determinar el valor del contenido de la publicación.

En cuanto a qué es este ejemplar, aduzco que no es “crítica” por carecer de elementos teóricos o ejemplificativos que lleven al lector a acuñar el alcance artístico de la obra en base a un marco crítico. Por otro lado, no es una reseña ya que no podría calificarse de una noticia  y consecuente examen de una obra con un fin informativo sobre su contenido. (En esencia, no cumple siquiera con los requisitos mínimos de una nota periodística dentro del axioma contemporáneo de la información glosada siguiendo la doctrina de la “pirámide invertida”) Luego de un análisis diferencial sobre la manera en que está redactada la pieza es casi forzoso concluir que esto es una simple nota, un comentario impreso que más se adecua a las formas de un epitafio – y al parecer tiene esas intenciones–.
Por eso de no “dejar al lector con ganas de mas”,[2] tomaré el atrevimiento de exponer algunos comentarios críticos u observaciones objetivas en torno a este fenómeno literario/periodístico. Primeramente, hay que dar la avanzada con la aclaración de que el contenido del escrito, por presunción, es de la autora. Algunas personas me comentaron que existía la posibilidad de que fuese un tercero el que haya insertado o cambiado la nota. Este elemento es altamente improbable ya que todas las “reseñas” son bautizadas con las siglas “CDH” indicativo de la autoría de la Dra. Hernández.[3]
Además, otros me han comentado que la libertad “periodística” o “crítica” de la Dra. Hernández se encuentra limitada por la mano editorial del periódico. Me han dicho que lo escucharon de su propia boca, lo cual entiendo que es muy cierto ya que un rotativo tiene el derecho constitucional de plasmar el contenido que desee, de la manera que lo desee. Sin embargo, considero que el acto de colocar las iniciales al final de cada nota, así como el factor de plasmar el correo electrónico de la autora al pie de la página son muestras de que la redacción es personalísima de la Dra. Hernández. O sea, si bien el contenido (los libros que se seleccionan) sigue unas pautas, lo que se escribe de ellos es pura creación de la profesora.
Esto lleva a cuestionarnos varias cosas. Lo primero es considerar la abalanzada queja por parte de muchos escritores puertorriqueños en cuanto a que esta sección de la Revista ¡Ea! reseña mayormente libros extranjeros y descarta a los locales. Esto ya ha quedado virtualmente claro pues sabemos o colegiamos que la autora ha testimoniado que es una política editorial ajena a sus funciones. Empero, ¿por qué entonces cuando sí aparece un libro puertorriqueño se le acribilla la mayoría de las veces?[4]
Para ser más prácticos, ejemplifico: Si se me exigiese escribir, primordialmente,  de libros extranjeros, ¿por qué utilizo el poco espacio que tengo para mancillar a autores locales? ¿No sería más provechoso usar dicho espacio para hablar bien de alguno que otro libro autor local? Más aun, sobresalta la gran interrogante: Si el libro en verdad no me gustó mucho, ¿por qué elijo que publiquen semejante nota? ¿No sería mejor dejar ese espacio para un libro verdaderamente merecedor de una reseña?
Estas preguntas surgen por un colegiado de interlocutores con los que he podido dialogar desde hace varios meses, quienes han visto sus obras enfrentarse a la imponente figura de la Dra. Hernández. Así, en un pasado no tan remoto, accedí en la defensa de Cezzane Cardona cuando la pluma de Hernández prácticamente destrozo –con ataques personalistas– la obra La velocidad de lo perdido.[5] En otra ocasión escuchaba como el autor de la historia del Colegio de Abogados de Puerto Rico, el Dr. Carmelo Delgado Cintrón, me comentaba como un domingo vio su publicación por el piso y luego, esa misma semana, cuando se celebraba una actividad en torno a las Cortes de Cádiz, la propia Dra. Hernández lo saludó y felicitó como si nada hubiese pasado. O sea, estas cosas pasan, esta vez me tocó a mí, o mejor decir a mi libro.
Por eso, aunque no estoy en total desacuerdo con la Dra. Hernández (con esto quiero decir que hay algunos de mis cuentos que ni yo soporto) considero que existe una desigualdad muy marcada en su reseñas. En primer lugar se encuentra esa tajante arbitrariedad con que dice “esto es bueno y esto es malo”, “esto sirve y esto otro no”. ¿De dónde saca semejante autoridad? ¿Bajo qué marco crítico? ¿Con qué fuentes? Simplemente sorprende la forma en que toma un puñado de mis cuentos y los pone a diestra y siniestra, como si fuese el juicio final de la literatura.
Sin dudar de sus cualificaciones como perita en literatura, encuentro que es un acto sumamente caprichoso el estar hablando sin fuentes objetivas que le demuestren al lector la razón de sus conclusiones. Un análisis de contenido no puede hacerse a estas expensas. Si bien el crítico está en todo su derecho de pasar juicio sobre una obra, eso no da derecho a hacerlo defectuosamente. O sea, hay que ser buen crítico y establecer un estándar de referencias, lecturas comparativas e identificación de fuentes literarias o críticas que den base a un comentario de altura sobre la obra. Más a fondo, un crítico no tiene inmunidad, tiene su título en juego, su prestigio y la estima como persona que justiprecia la literatura. En sumatoria, la forma de criticar revela las bases de su calidad intelectual y moral. No sólo hay que observar qué escoge para criticar, hay que ver cómo lo critica, con qué lo compara y cómo lo yuxtapone.

En segundo término (y circunscribiéndonos a lo que pasó con Ficciología), si se comparan las reseñas de Desperate Romantics de Franny Moyle y Van Gogh. The life de Steven Naifeh y Gregory White Smith (que aparecen en la misma página) se puede percibir un estilo completamente opuesto a aquel utilizado para referirse a mi texto. En cuanto al libro de Moyle, la nota es de unas 1,000 a 1,200 palabras en las cuales no se menciona nada despectivo de la publicación que motivó a hacer la serie de televisión de la BBC. En la evaluación de estos trabajos se aplaude con ahínco su contenido y no se cae en las rudimentarias observaciones sobre un error tipográfico o un error de edición.
Por tal razón, debo comentar que yo no fui el corrector de mi libro. El trabajo de edición se le delegó TOTALMENTE al Instituto de Cultura Puertorriqueña. Ni siquiera hice una lectura final del trabajo previo a su publicación, nunca me llamaron para ello a razón de que di mi anuencia para cualquier cambio y estaba enfrascado en mis quehaceres de jurista. O sea, para tenerlo BIEN claro, una cosa es el trabajo del artista y otra cosa son los errores editoriales o de impresión (quien trabaje en un periódico sabe eso y más). Ergo, no se le puede echar toda la responsabilidad al escritor por aquello que es responsabilidad editorial. Así, uno de los errores de esta nota es no diferenciar con precisión dónde termina la labor del autor y dónde comienza la del corrector. (Muy similar a lo que le acaeció a la novela de Cardona)
Pero hay más. En un tono mucho más personal, me encantaría ver la cara de Sra. Franny Moyle, así como la de Steven Naifeh y Gregory White Smith cuando lean la reseña. Irónicamente, existe una enorme posibilidad de que nunca lo hagan porque las notas de la Dra. Hernández no se pueden acceder a través de la web y, es muy improbable que el Sra. Moyle se levante un domingo a comprar El Nuevo Día en el colmadito de la esquina allá en Reino Unido. A toda luz, las reseñas que compartieron espacio con Ficciología son una mesurable pérdida de espacio informativo así como de tinta impresora ya que no hay muchas opciones para que los autores vean la reseña; sin dejar a un lado, el hecho de que los lectores no pueden auscultar dónde adquirir semejantes libros tan bien reseñados en el rotativo nacional.
Pero por estas nimiedades no me tomen a mal. Me siento bien con la nota de la Dra. Hernández. Esto a razón de que el gran entrampamiento que es Ficciología se ha cumplido a cabalidad. La intención de la redacción, el tono y la forma en que está escrito el libro es una recreación literaria del concepto “ficciología” de Quince Duncan. O sea, y en palabras del propio costarricense:
Se ha propuesto el término ficciología (“Visión Panorámica de la Narrativa Costarricense: una lectura histórico social”. En, Revista Iberoamericana, No. 138-139 España y Estados Unidos. 1987) como término apropiado para denominar  la disciplina que estudia el fenómeno de la ficción desde una perspectiva de totalidad.

La ficciología se ocupa del estudio de la ficción como sistema: la estructura interna, el contenido, la relación del  relato con el entorno.[6]

A razón de esto es que mi texto busca agobiar, confundir, y maniobrar con el lector por un mundo donde lo más nimio e insignificante se convierte en un universo literario con una multiplicación exponencial de sus posibilidades narrativas. Por tal factor, cuando la Dra. Hernández congenia que “[l]os desaciertos tienen que ver con una excesiva complicación de la narración que oscurece tanto el desarrollo de la trama como el flujo del lenguaje”, en sí está siendo víctima de la intención de este, su servidor.[7] Confieso que dentro de la nota, esta oración me llenó de alegría al saber que la profesora había sido víctima de mi macabro juego literario. Repito, como tantas veces: “Mi intención es que tires el libro, me maldigas, te canses y te sientas perdido en un mundo donde absolutamente todo puede ser un cuento”.

No más, concluyo con mi estribillo de siempre: Cuando dirigí la sección de “Crítica de Libros” en WRTU se hacían exégesis mayormente de libros puertorriqueños (aunque en alguna que otra ocasión, me aventuré a España y Latinoamérica) y no había por qué desperdiciar los 3 minutos de grabación en hablar mal de un libro. Tampoco podía andar comparando los estilos de antaño con la literatura contemporánea y mucho menos recomendar libros de difícil acceso a los lectores. No cobraba un centavito por esa labor y no estaba pendiente si mis palabras salían en la contraportada de un libro, porque a fin de cuentas los textos se defienden solos y nosotros los llamados “críticos” somos materia colateral en el asunto. Si no: pregúntele a la Cervantes, a García Márquez, a Carmelo Rodríguez Torres.


[1] Prescribe el RAE: “Dolores de vientre que suelen sobrevenir a las mujeres [y los escritores] poco después de haber parido [o publicado, según sea el caso].
[2] Elemento que es importantísimo en la redacción de una reseña.
[3] No obstante, si no es así, la profesora debería, de una vez y por todas, clarificar lo cierto o falso de esa aseveración.
[4] Entiendo que deben existir algunos ejemplares en que no se inflame tanto a una publicación puertorriqueña.
[7] Trolololololololo.

domingo, 18 de diciembre de 2011

Ficciología


Ficciología no es meramente un blog, ya es un libro.

Para más información pueden llamar a la Tienda Cultural del Instituto de Cultura Puertorriqueña:

787-724-4295 
787-724-4215


Para presentaciones:


nelsonevera@gmail.com


Pronto en las librerías del país.

sábado, 10 de julio de 2010

Nuevo libro de Abdiel Echevarría



Lo nuevo de Abdiel Echevarría

No dejen pasar la oportunidad de leer a uno de los mejores poetas contemporáneos y, sobre todo, oriundo de Aguada.