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lunes, 3 de enero de 2022

El batir de las olas también es violencia: El ojo de agua de Evelyn Jiménez

El ojo de agua

Evelyn Jiménez

Ediciones Callejón

257 páginas



¡Se reinicia el reloj! Las expectativas del 2022 son bastante cargadas. ¡No hay duda de ello!

Este año se comienzan las reseñas con una densa lista que estuvo pausada por los quehaceres y demás elementos que tanto caracterizaron al 2021. Se suma a esto la impaciencia que domina al pueblo. Ante ello, la lectura es bálsamo que ayuda a ese y otros males.

Hoy toca El ojo de agua de la colega departamental Evelyn Jiménez: Un libro del oeste, inundado de reflexión y crítico de la condición boricua.

El ojo de agua versa sobre esa mutación que despojó a Aguadilla del barrio Borinquen para convertirlo en la Base Ramey. La ironía salpica a la historia— como muchas veces suele— principalmente en lo que respecta al cambio de nominales. Así, estos eventos fungen como un despojo al alma misma que se traducen en una narración cruda.

Tal vez uno de los elementos más llamativos es la soltura del lenguaje del narrador partícipe con relación a los demás entes ficcionales. Es libre, fluido y netamente de aquí. En esencia, de verdad es inocentón en sus inicio y como un avión despega hasta convertirse en una voz madura y, cómo no, angustiada. Rememora a veces aquel periplo a la adultez que el Pirulo de Marqués dibujó con sencillez.

Como se dijo: Hay una metáfora de transformación, tanto de la madurez del narrador como de esas permutas que se sazonan de enigma. Por ejemplo, no tan solo trata aquí como Borinquen perdió su nombre para volverse Base Ramey; si no como por igual las Juanas se cambian a las Jane; la costa aguadillana en su amplitud se vuelve prohibida; y las verjas se erigen como impedimentos al ejercicio mismo de la felicidad .

Dentro de todo, la novela trabaja lo político como una relación simbiótica de la transición sicológica,


sexual y ética del narrador. Es interesante el tono con que el personaje principal sentencia que “Conmigo no. De nacionalista yo no tenía ni un pelo.” pág. 44. Mas, a su vez, en lo recóndito de las entrañas hay una animadversión al soldado netamente invasor. Esto recuerda un poco a The boy without a flag de Abraham Rodríguez.

La suma de particulares ficcionales es colorida: Un protagonista mocano de Rocha, un negro de Guayama, una keipisa pepiniana, un asesino tatuado que, al igual que Garcilaso el Inca, se debate en su condición de mestizo. En la obra hay también lugares que son igual de focales. La mención de las tiendas Sesto en Aguadilla es, sin duda, un sello de que la novela tiene su voz y es del Oeste de la Isla. Las constantes apariciones de los gates aguadillanos juegan confluir similar a las paradas del Santurce viejo. En fin, barrios, sectores, carreteras y otros hacen que se dibuje un mapa bastante exacto.

Vale acentuar que El ojo de agua es una novela bien violenta. Esta obra del oeste esta escrita con sangre. Hay agresiones entre amantes, entre familiares, entre las mismas putas del burdel. Todas estas pasan entonces al crisol del sensacionalismo para que El Clarín— una memoria bien criticada entre los parroquianos de la zona— muestre los vicios más nefastos del chismoserismo borincano.


La novela tiene un paso apurado, casi de despegue de avión. Al final, las cosas seguirán mutando y la narración así lo subraya cuando es sus últimas páginas se retrata el pobre abandono de la Base Ramey y que al final transforma a este espacio en la memoria de algo que dejó de ser un barrio para convertirse en una salida, un escape que el propio narrador usa para perderse y dejar a atrás un pueblo que lentamente se sumerge en la locura.

domingo, 18 de abril de 2021

“Apártate de mí, Satanás”: Una novela del mismísimo demonio

El evangelio según Luzbel

Wilfredo Matos Cintrón

Ediciones La Sierra

240 páginas

¡Qué difícil es escribir del diablo! Por más que se intente, hacerle justicia es dificilísimo. Imaginen


entonces la gesta de Wilfredo Matos Cintrón al tratar de hacerle todo un evangelio en una novela que puede provocar la ira de uno que otro zelote.

Esta novela es un intercambio de ciencias, ética y religión sazonada con lo histórico, lo antropológico y político. ¡Un proyecto verdaderamente ambicioso! El tema tiene demasiados ribosomas, las alusiones requieren un buen manejo para no sobrecargar al lector y la trama misma, si se llegase a descuidar, tiene proporciones titánicas. ¿Cómo Matos Cintrón balancea estos elementos para traer una novela ágil y que no caiga en lo mismo? 

Primeramente, se debería apuntar al buen manejo de la cadencia. Aquí hay ritmo, hay movimiento, la mezcla no se empelota. Pero, no es un meneo cualquiera, es de corte caribeño, es hasta de barrio. De allí, de al lado de las casas y de las parcelas. Luzbel narra su evangelio como si estuviera dándose dos frías en el cafetín de la esquina. Como si pregonara el muerto que van a poner en la funeraria. En fin, que este demonio tiene más aire de puertorriqueño leído y aguerrido que de figura mítica.

Es el lenguaje el ingrediente principal, no cabe duda. Su mesura y su esfera coloquial modulan al texto para acercarnos al llamado rey de las tinieblas. En algunos momentos el narrador se vuelve un interlocutor culto— y de culto— con referencias a la historia, las leyendas, lo remoto y lo cercano. Otras veces se vuelve flexible, cómico y hasta familiar. A modo de ejemplo, en uno de los intercambios más coloridos dice: “Así que todos fueron donde Jesús, quién con no muy finas palabras los mandó al carajo dándole la razón a Pedro y dejando resentido a Santiago" pág. 69. Y no hay de otra para el lector que imaginar una buena mandada a lo boricua y no pensar el asunto en un contexto religioso.

Como si fuera poco hay concatenación cultural. El texto es mitocrítico y a la vez una construcción narrativa formada por las características de lo fundacional. Luzbel fue Prometeo, supo la experiencia de entregarse antes que el propio Jesús. También fue más maestro que el mismo Maestro al ayudarlo a entender su divinidad. Como si fuera poco, fue el compinche de la figura de Quetzalcóatl en la América precolonial. No queda de otra que aceptar que este Luzbel “ha corrido”, “tiene millaje” o “se las sabe”.

La novela está plagada de lo ominoso, principalmente al ojo que ve al cuerpo humano como experimental y fallido. Hay un enorme desconocimiento sobre nosotros mismo y la novela proyecta al personaje como el gran entendedor cuya única agenda es la de sacarnos de la sorna y la ignorancia. Por eso, Luzbel se vuelve profético, a veces. En otras ocasiones, científico. En la mayor de las instancias, rebelde. En uno que otro contexto, un filósofo que sentencia de la siguiente forma: “La muerte es el mayor misterio que los acosa a ustedes” pág. 98.


Matos Cintrón coagula con un verbo ameno un texto de revelación, un juego con lo proteico, el antropomorfismo y la argumentación que en conmixtión develan que estos seres del más allá son igual de pendejos que los de acá. A veces el texto nos recuerda constantemente que lo fantástico está plagado de las mismas cosas mundanas que lo engendran. O sea, por más perfecciones que se le quieran atribuir a los mitos fundacionales, estos no escapan de sus controversiales raíces en la imperfección humana que las concibe.

Una nota un tanto personal: Por cuestiones de la vida, no pude publicar una reseña de esta novela en la Semana Mayor. Ganas no faltaron, pero no hubiera podido escribir la misma nota. Las cosas se cuecen a su tiempo. Opté mejor por disfrutar la lingüística de este texto. Aquí, a ciencia cierta, no escapa uno que otro puertorriqueñismo bien colocado en las fauces del diablo. Como dice el sujeto sin cuernos ni cola ni atributos capricornianos: “Escrito está: A falta de pan, galletas" pág. 133.



lunes, 8 de marzo de 2021

Mayoral de Ramón Edwin Colón Pratts (Notas para un regreso a la crítica literaria y una deuda de lectura)

Mayoral 

Ramón E. Colón Pratts 

Publicación Independiente 

356 págs.

Luego de mucho tiempo, cuya culpa se debe en su mayoría a cuestiones personales y la defensa de mi tesis en Literatura, retomo esta manía de llevar un diario de lectura público. No miento cuando digo que es un ejercicio liberador. Poder escribir sobre libros, sin bibliografía, fichas, citas y los rigores de una academia a la que le “he da’o lucha”, es simplemente manumisor. 

Foto tomada por Libros 787 

Evitemos prolegómenos: La malapaga y el maltrato y poco profesionalismo académico se quedan cortos con esta necesidad de ayudar que me suple fuerza y que, quizá, motiva a otros tipos de lecturas de lo que se produce en la Isla. Fue así como por cuestiones profesionales acudí al despacho del colega y mentor de este oficio, Ramón Edwin Colón Pratts. Allí, además de discutir unos asuntos sobre un caso pro-bono que me ocupa, pude pedir una copia de su novela Mayoral bajo la excusa de que ahora puedo leer lo que me dé la gana.

La novela inicia con lo que será uno de los temas recurrentes: La lenta caída en el acabamiento de la muerte. Desde su génesis, la atmosferización— acuñando el vocablo de Wico Sánchez— da a entender que poco a poco todo muere, todo concluye y todo se desvanece como una burla a nuestra preciada voluntad. Es por esa razón que la obra plantea una discusión un tanto tradicional del debate entre fondo y forma, lo que es y no es o mejor, lo que somos y nunca seremos.

El escrito es denso en sus sermocinatios. A veces con una cadencia que sirve de motor a lo que podría llamarse un juego de dualidades y desdoblamientos. Mayoral es una novela bifronte en varias dimensiones. Por un lado, se juega la historia del texto encontrado, en este caso por los familiares que van culminando el arduo proceso post mortem de conservar y/o desechar lo que sus precursores con tantos años de esfuerzo construyen. Opera aquí una intertextualidad y una metatextualidad que se balancea entre lo que es y no es “parte de”. Así, los deudos encuentran un revoltijo de formularios de Derecho cuyos folios están concatenados a una novela que se escribe en el dorso.

Derecho y Literatura entonces se entrecruzan en una remembranza a la anécdota del Corpus Iuris Civilis o Códex Justiniano. Para no poner la nota al calce, dicen los historiadores que unos monjes habían encontrado unos pergaminos viejísimos en los sótanos de cierto monasterio y, con ánimo beato, rasparon su contenido con navajas para escribir unos poemas a La Madonna. Para su sorpresa, la industriosa inventiva de los romanos de escribir sobre cuero tenía la pretensión de que, aún raspando las superficies, la tinta emergía de las entrañas volviendo a producir la integridad de las constituciones imperiales. Fue así como se descubrió lo que hoy en día es un tatarabuelo muy lejano de nuestro viejo Código Civil.

En la novela, los formularios de Derecho importan poco. Son más bien una obstrucción de lo que verdaderamente interesa y que metafóricamente es una sola de las caras del papel. Este juego con las fachas, tanto de los folios como de las personas, se repetirá hasta que poco a poco se olvide el asunto oculto de las leyes. Bien dice el texto, casi hasta con coraje: “El Derecho lo descojona todo, no arregla nada”. 

Es en esa línea que le toca al lector convertirse en otro miembro de la familia del viejo abogado muerto que poco a poco van tomando retazos de lo que se escribe sobre Mayoral. Este último, se sintetiza en ser uno de los locos del pueblo, pero, como los folios de los formularios, alguien que oculta algo más. No en vano, este mecanismo de balancear lo que se es por un lado y por el otro trae consigo otros vericuetos interesantes: La carnicería donde entrevistan a Mayoral tiene a su vez una trastienda formada por la antigua cárcel de independentistas en este Pepino ficcional (cosa que luego produce una ironía extrema al finalizar el texto); la pluma que hechiza a Mayoral, es por otra cara la misma que lo hace con su interlocutora años después; el color vino— que es el color de la sangre a veces— de un grafiti que grita es por otra cara el mismo color de un mueble que provoca paz; las hipotecas que gravan un inmueble para proteger contra acreedores, es por otra cara la tramoya del asesinato de don Flores Rivera Mercado y la acusación de Jorge Luis Chaar Cacho; la novela que se lee por mano del viejo abogado, es por otra cara la novela que se endeuda en la interrogante de si fue o no escrita en realidad por el loco; la muerte que va encerrando, es por otra cara la que libera.

En fin, Mayoral cumple muy bien lo que en esta profesión se hace muy mal: aprender a cerrar el argumento y callar. Sus últimas páginas son las más elaboradas, las más rápidas, las que dejan más preguntas sin uno darse cuenta de que el narrador le puso el lazo al presente y se lo deja listo a quien quiera tomarlo como obsequio. Asimismo, agradan las referencias a una Antonia Martínez ficcional; a un Pepino que está en un futuro cercano; a un caso que por un momento corto de mi carrera tuve la dicha de intervenir junto con el autor de la obra y verdaderamente comprender que se sentía como parte una novela que puso a medio mundo de puntillas en la década del ’70 en San Sebastián. Así, aquí hay un juego, tal vez con cosas mucho más interesantes que un caso en las cortes o, como pensé en otro momento con la definición de la palabra mayoral, algo que bien muestra lo polifacético que es el pueblo donde el grito se ahogó.    


domingo, 26 de abril de 2015

Los sinsabores del verdadero policía de Roberto Bolaño

La literatura de Roberto Bolaño continúa siendo interesante a pesar de que ya han pasado 11 años de su fallecimiento. Sorprende la cantidad de crítica que aún provoca y las esporádicas obras que aparecieron luego de su partida. Todo parecería indicar que luego de la publicación de su última novela póstuma en el 2011 la fama de la obra del escritor chileno tomaría un descanso. Sin embargo, no fue así ya que en el 2014 la editorial Anagrama publicó la segunda edición de Los sinsabores del verdadero policía.
www.elrancahuaso.cl

Hoy proponemos revisitar dicha novela, la cual contiene algunas de las desviaciones de Bolaño en comparación con sus escritos anteriores.

Los sinsabores del verdadero policía es una de las llamadas novelas de título largo de la bibliografía bolañana. Esta se une a la tradición de sus otras obras Los detectives salvajes y 2666. Con respecto a esta última hay que destacar que se reciclan versiones de los personajes. De esta forma, en Los sinsabores del verdadero policía se repiten nombres conocidos como Amalfitano, Rosa, Pedro y Pablo Negrete y por su puesto el enigmático escritor Arcimboldi.

Es en el marco de esta intertextualidad que la obra cobra mucha de su importancia. Con ella se demuestra que Bolaño tenía preparado para sus lectores un universo de posibilidades, sin embargo, las circunstancias de la vida hicieron que esta promesa de la narrativa latinoamericana se marchara para siempre.

articulo.mercadolibre.com.ar
La edición del 2012 de la novela ostenta la conocida diagramación de la editorial Anagrama en color gris la cual está adornada por la insigne fotografía de Siqui Sánchez. Sin embargo, la de 2014 comparte la mayoría de las características salvo el color, el cual esta vez es amarillo intenso.
Hay que mencionar que Para una cabal compresión de esta novela es requisito la lectura de Los detectives salvajes, seguido de 2666, y luego la novela El Tercer Reich en ese mismo orden. Sin embargo, hay que advertir que el estilo de estas publicaciones es complejo y como dijo el propio autor y cito "El policía es el lector, que busca en vano ordenar esta novela endemoniada".


Para radiouniversidad, en la sección de crítica de libros, les saluda Esteban Vera Santiago.

martes, 16 de septiembre de 2014

El Oneronauta de David Caleb Acevedo @ RadioUniversidad


 
Tomado de http://amazingezone.com/paintings/magical-realism-surrealistic-paintings-by-tomek-setowski-from-poland/
            Pocas han sido las publicaciones que en los pasados 5 años hayan sobrepasados las 150 páginas de contenido. No hay duda de que el fenómeno obedece a múltiples factores, entre estos: Como siempre está la crisis, por otro lado el enfoque de las nuevas editoriales y por último, pero no menos importante, las exigencias del público lector del siglo XXI. Sin embargo, la novela que resaltamos hoy, El Oneronauta de David Caleb Acevedo, rebasa muchas de estas paredes.
            Esta publicación se separa de sus homólogas por su alto contenido fantástico y mágico-realista lo cual apela a la juventud deseosa de una literatura que se asemeje a los clásicos de aventura. El lector atento se dará cuenta de las influencias de los clásicos como The Hobbit, Alicia en el País de la Maravillas, El rey Arturo y las historias de los hermanos Grim.
Por otro lado, la ecuación se balancea con los atisbos de imágenes prestadas de Borges, Cortázar, García Márquez y otros más afines a la alta cultura literaria. De esta forma no podemos negar que El Oneronauta se encuentra en un espacio de esferas concéntricas. Así, toma prestado de la fantasía y de la literatura clásica para llevarnos a un mundo pocas veces trabajado en la literatura puertorriqueña.
Tomado de innervision.tripod.com
Acevedo es un escritor meticuloso, que cuida su sintaxis y sus estructuras de narración. No hay duda de que para ser una publicación de una editorial emergente tiene una edición simplemente envidiable.
Por lo demás, en el texto se presenta una exaltación de lo onírico y un repudio al fundamentalismo religioso. La obra eslabona estos elementos con la liberación sexual del personaje a la vez que resalta la división de un mundo mágico de sueños y una cruda realidad. En este aspecto, Acevedo desarrolla una especie de Fantastique según clasificada por el teórico Todorov.
La novela abre camino a una nueva generación de lectores y tal vez se presente como una contestación a publicaciones pequeñas a razón del costo de producción. Por otro lado, no le faltan detalles capaces de ser analizados por la sicología, los estudios de culturales y la teoría queer.


jueves, 22 de septiembre de 2011

La novelabingo de Manuel Ramos Otero




La Junta de Directores
y la Directora Ejecutiva
del Instituto de Cultura Puertorriqueña
le invitan a la presentación de
la novelabingo
de
Manuel Ramos Otero.

La presentación estará a cargo
del crítico literario Rubén Ríos Ávila
y la escritora Ana Lydia Vega.

Viernes 7 de octubre de 2011
7:00pm
Patio interior Sur
Antiguo Asilo de Beneficencia
(sede del Instituto de Cultura Puertorriqueña)
Viejo San Juan


sábado, 10 de julio de 2010

Fragmento de mi próxima novela: La era que nos parió

“LA SIMILITUD ENTRE el D.F. y las ciudades que había visto era descomunal. El DF era libre para la invención mientras que las otras ciudades que había visitado estaban amarradas por una cuerda de reglamentos indescifrables. Lo del D.F. era sencillo, había que tener cuidado, no se podía confiar en algunos lugares, pero sobre todo, había que tener dinero, para vivir en el D.F. se necesita algo para poder pagar los taxis, los micros y la comida. Había que estar consciente de que la memorización de las calles no iba a ayudar de mucho. El D.F. es inmenso, es un lugar donde se puede perder uno tanto de día como de noche. Yo nunca tuve esa habilidad de tomarme riesgos monumentales capaces de dejarme varado en no sé qué punto de aquella ciudad, pero, a pesar de todo, siempre vague por aquí y por allá muy discretamente. Pero ahora no me importa, ahora sí que ando desorientado por todo este asfalto caliente. No conocía a nadie, eso era lo mejor. Me habían enviado a México a firmar unos documentos a nombre del banco para el que trabajaba y por casualidad a alguien se le había ocurrido equivocarse y poner unos cuantos días de más en el formulario de viaje. ¿Qué maravilla no? Lo mejor que puede ocurrirle a alguien agobiado, engavetado en un cubículo, es que por un trastoque de los dedos de alguna secretaria o un cálculo mal hecho por un contable le terminen dando a uno tres semanas en México. Claro está, sin saber que me iba a terminar quedando más de la cuenta.

En el defectuoso, como le dicen al D.F. los de aquí, pasan cosas tan extravagantes disfrazadas de lo usual. Pero, ¿qué curioso no? Cada país recibe las críticas o las desarrolla con un tono tan chistoso para los extranjeros. Bueno pero regresando a lo extravagante. A mí me habían buscado para firmar unas transacciones millonarias a nombre del banco en una oficina cerca del Paseo de la Reforma. Yo era un obstinado, por eso creo que me pasa lo que me pasa. Ahora doy vueltas todos los días sin que nadie me vea entre los arbustos del Paseo de la Reforma. ¡Qué irónico! Me da igual. Como decía, me habían enviado allí para trabajar con unas transacciones enormes, millonadas entre el banco y unos inversionistas mexicanos. Yo no tenía idea del embrollo en cual me estaba adentrando. La primera reunión fue en la oficina de un tal José Arrívales. ¿Apellido raro no? Yo juraba que era inventado. Yo juraba que era un personaje de película. Era un tipo tenebroso, alto y fornido, parecía más un atleta que un director de banca. Tenía un traje negro oscuro y unas botas que reflejaban mi rostro entero de lo lustrosas y cuidadas que estaban. Su secretaria, Minerva, estaba tan tropezona, era nerviosa. Pero no la culpo, estando tan cerca de aquel monstruo cualquiera se pone nervioso. La realidad era que la figura no era un tanto atlética, me corrijo, era como un luchador profesional. Tenía unas manos como para levantar un caballo por las orejas, recuerdo haber leído algo así en uno de estos libros de nuestra era. Los dientes eran color marfil y encima de la ceja izquierda tenía una cicatriz que se le estiraba hasta casi el centro de la frente. Hablaba tan despacio, Dios mío, con una pasta espesísima. Su mirada siempre era evasiva, ligaba a Minerva cada vez que entraba y cuando yo me dirigía a él se la pasaba observando el tráfico desde aquella vista panorámica que tenía el edificio. Cuando comenzamos a hablar de la firma de los documentos me preguntó de dónde era. De Nueva York, le contesté. No tienes pinta de gringo decía. Yo le expliqué que mi papá era puertorriqueño y que mi madre era costarricense. A cada contestación se rascaba el mentón y recuerdo que se tocaba varias veces las patillas, muy finas y muy recortadas, dicho sea de paso. Luego de hora y media de estar reunidos me despachó con la excusa de que los testigos del otorgamiento no estaban disponibles para realizar la transacción.

Eran más de 10 millones lo que estaba en juego. Era un negocio que iba a incentivar la directiva de una corporación de hoteles españoles, no sé en dónde. A mí me valía lo mismo, hasta ese momento, ahora siento que las cosas no me valen nada. Yo lo que quería era ver México. Acordé regresar a la oficina de Arrívales el martes veintisiete de febrero, luego de unos tres días de turismo.

Fui a Puebla, ya me habían comentado lo de las platerías, pero yo por curioso fui a Puebla y no vi ninguna platería, yo sólo quería ver el lugar y pasear. Me puse a caminar como un idiota hasta que el calor me obligó a meterme en la platería. Fue ahí que me percaté de los dos mestizos que no paraban de mirarme. Uno tenía una camisa anaranjada, botas y pantalones color marrón, el otro era flaco, con camisa sin mangas que dejaba ver un tatuaje de la Virgen en el brazo, no me recuerdo en qué brazo. Con el pasar del tiempo no me acuerdo de nada, no, perdón, en realidad de lo único que me acuerdo es de esto que estoy contando. Bueno, lo que pasaba era que me miraban insistentemente. Eso me tenía perturbado, eso y el calor me tenían perturbado. Yo me puse a disimular con una señora que me trató de vender unos botones para chaquetas. Es 925, es nueve 925 señor, ándele pruébeselos que le van a quedar bien, decía ella. Yo no encontraba la manera de que siguiera enseñándome otras cosas pero la muy desgraciada seguía ofreciendo los mismos botones para chaqueta. Fue en ese momento que caí en cuenta de que tenía demasiada pinta de hombre enchaquetado. Carajo, dije, debo aprender a vestirme más a lo camaleón. Recuerdo, sí, es lo único que recuerdo, que crucé la calle para ir a escabullirme en otra tienda. Cuando me puse a jugar con los espejos del mostrador logré divisar a aquellos dos hombres que se disponían también a cruzar la calle. Me estaban persiguiendo, era definitivo. Me van a robar, pensé. Me volví a zafar de sus miradas y logré escurrirme entre un autobús de turistas americanos que acababa de llegar. Camine hasta el taxi. No estaba. El viejo desgraciado del taxi no estaba. Yo le había pagado para que se quedara. Qué hacer, qué hacer, me repetía. En eso vi otro taxi que se acercaba por la calle. Cuando comencé a caminar me dio con mirar atrás y allí venían, el dúo dinámico desconocido atravesaba a trancos largos el camino de tierra. Corrí hasta el taxista y justamente cuando se bajaba un viejo gordo del vehículo salté al asiento trasero y le dije arranca, al D.F., rápido. Ahorita patrón, me contestó el muchacho. Era joven. Qué mucha gente joven veo ahora. Ahora sí que veo gente joven andando por los parques. Ya no me da miedo caminar por los parques. Ya no siento nada cuando camino por los parques, o cuando simplemente camino.

Cuando dejé de sudar en el asiento del taxi busqué la manera de explicarle al muchacho que tenía mucha prisa. El me dijo, pues patrón el tráfico no lo hago yo, lo hace el gobierno. Me burlé, sí, me burle y con ganas buenas de burlarme. Ahora me burlo y la gente no me hace caso. Cuando mire por el cristal trasero vi una guagua color rojo que nos seguía. Sé que nos seguían porque aquella pareja infernal que me rastreaba en Puebla venía conduciéndola. Aquí me jodí, dije. El muchacho del taxi me preguntó que por qué me iba a joder. No le contesté. Luego de media hora de camino le dije, oye chavo, se me había pegado lo de chavo en una semana, los que vienen atrás en la guagua roja nos están persiguiendo. ¿Qué es una guagua patrón?, me interrumpió, una camioneta, le dije, puedes hacer que desaparezcan. El joven se quedó silencioso unos minutos. Yo perdía la paciencia, me corrijo, la había perdido en Puebla. Cuando ya estaba al borde de comenzar a llorar el muchacho del taxi me dijo que probablemente esos tipos eran del gobierno, que lo que sea que querían de mi era importante y que estaba dispuesto a maniobrar para evadirlos. Yo le di mil gracias.

Cuando comenzamos a entrar en el bullicio del D.F. el taxista comenzó a dar vueltas por cuanto callejón encontraba. Se sabía la ciudad de memoria, era increíble. Ahora yo me la sé de memoria, creo. Miré agachado desde el asiento y todavía la guagua roja seguía a la misma velocidad que nosotros, persiguiéndonos. Yo me seguía desesperando, sudaba a cántaros a pesar de que el taxi tenía el acondicionador de aire encendido. Estuvimos andando por la ciudad media hora. Cuando ya comenzaba la tarde el muchacho me indicó que la gasolina se le estaba terminando. Ahí fue que comencé a llorar. Tranquilo patrón, tranquilo, me indicaba el conductor. Me explicó que la única forma en que yo podía zafarme de aquella situación era pasando la noche en su casa. Yo no estaba seguro de qué contestarle, vacilé un buen rato. Volví a mirar y la guagua roja todavía estaba detrás de nosotros. “No se les acaba nunca la gasolina a estos maricones, deben haberse preparado.” pensé. Luego de preocuparse por mi silencio, y eso que no me conoce ahora, ahora sí que soy callado, el conductor del taxi me dijo que para llegar a su casa sí que aseguraba cómo desenredarse de aquellos dos silenciosos perseguidores. Dije que sí, que estaba bien por mí, pero que por favor me sacara de aquel aprieto, que yo le pagaba lo que sea. Luego de eso me desmayé.

Desperté en una alcoba sucia. No sabía en donde rayos estaba, ni cómo había llegado allí. Una mujer de tez oscura estaba sentada a mi lado sin decir una palabra. Le pregunté en dónde estaba, no me contestó. Miré a mi alrededor, en realidad aquello era tétrico, no tan tétrico como donde estoy ahora, pero era una cosa espeluznante. No había ventanas. Las paredes eran del color rojo de la tierra y había un olor rancio, como a orín de perro en toda la alcoba. Volví a mirar a la mujer, ella me seguía mirando. Quién es usted, le dije. No me contestó, aquella mujer sólo pestañeaba. Me quedé observándola un buen rato, ella sudaba. Tenía un calor que me arropaba todo el cuerpo, me desesperé nuevamente. Y pensándolo bien, ya no me desespero tanto ahora. Pero en fin, cuando comencé a moverme de la cama vi que una silueta se postró en el umbral de la puerta de aquella recámara. Era el taxista, buenos días me dijo. Yo no supe qué contestarle. Luego de sacudirme un poco le pregunté en dónde me encontraba. Me dijo que era la casa de su papá, que lo habían corrido del apartamento en donde vivía porque con la inflación se le habían hecho unos desajustes en sus pagos y que la familia se las arregló para volverlo a ocupar. Gracias por todo, le dije. Él se marchó otra vez a donde sea que estaba, diciendo, no hay de qué, ven acá. Volví a mirar a la señora que se encontraba sentada a mi lado, estaba sudando más, no habló nada.

Cuando salí del cuarto me tope con una cocinita pequeña, una mesa de madera verde y carcomida, algunos platos y una muchacha trigueña que cocinaba unos huevos fritos en la estufa. Di los buenos días como si hubiese vivido allí toda la vida. Esa costumbre de decirle buenos días a todo el mundo ahora no la practico, no le puedo decir buenos días a nadie, ya no me importa. El taxista estaba sentado a la mesa y luego de revisar el periódico me contó que la que cocinaba los huevos era su esposa, Estela, y que la señora que estaba muda en el cuarto era su madre, Doña Estela. Sí, las dos se llaman igual, me dijo. El joven se llamaba Carlos Espinoza, era de unos treinta y tres años aunque parecía mucho más viejo. Nuevamente me explicó que probablemente los dos que me perseguían eran del gobierno. Si son del gobierno, algo raro traes, si hubieses estado metido con algo de los narcos te habrían matado hace rato, los narcos sí que no pierden el tiempo, me dijo. Le pregunté que cómo sabía eso. Me dijo que a su hermano lo mataron por metiche en una de esas cosas y que a su padre, por defenderlo, también terminó linchado. Luego me dijo que su madre se había quedado muda del dolor, o que a lo mejor se había prometido nunca hablar en señal de luto, que habían matado a su papá y a su hermano frente a su propia madre aquellos hijos de la chingada. Mis pésames, le dije. No te preocupes, me contestó.

Luego de un desayuno sin pagar, que era para mí una de las mejore cosas que me habían pasado en el DF, nos pusimos a hablar de lo que íbamos hacer, a ver cómo salía yo de allí y trataba de llegar a la oficina de Arrívales o mi hotel a pedir ayuda. Me indicó que lo mejor que podíamos hacer era disfrazarme y saltar de casa en casa hasta que me pudiera recoger un amigo de él para entonces encontrarnos en la salida de una calle que había detrás de su casa. Me puse una ropa que le pertenecía a su hermano, me quedaba suelta. Cuando estaba listo el taxista me indicó una pequeña puerta que daba a unas escaleras por las cuales podía salir a la casa de al lado. Allí todos lo que vivían, una muchacha de unos veintitrés años y sus dos hijos, me recibieron y me indicaron que lo que tenía que hacer ahora era saltar a la ventana del que vivía en el patio trasero de ellos. Lo hice, no sé cómo. Aunque ahora hago muchas cosas así, me la paso de casa en casa, pero lo que ocurría era que en ese momento yo no estaba tan acostumbrado. Cuando salté al balcón trasero del vecino de esa muchacha, me recibió un chiquillo gracioso y sonriente. Parecía como si lo que yo estuviese haciendo fuese normal en su casa. ¿Quién sabe a lo mejor por eso tienen esos movimientos de casa en casa tan bien calculados? El chavito me tomó de la mano y me dijo, patrón, patrón, mi hermano Miguel lo espera en su camioneta. Más no pude pedir.

Miguel era un muchacho de veintiún años, fornido y de cejas espesas. Me miraba molesto. Cuando le di los buenos días y las gracias me dijo, acabe y métase en la parte de atrás en las cajas, hay una caja color azul que dice frágil, tiene un hueco pequeño por donde puede entrar uno por la parte de abajo, no tumbe la caja, levántela poco y métase adentro, y avance que estoy tarde. Yo me trague un buen buche de saliva por el bochorno. Hice lo que me ordenó. Sentí la guagua que comenzaba a moverse. Hicimos dos paradas cuando de repente escuché unas voces extrañas, voces autoritarias. Miguel se detuvo y lo escuché discutiendo con dos personas. Comencé a temblar, y posterior a eso comencé a sentir náuseas. Me repetía en la mente, cálmate, cálmate, cálmate. Al parecer sirvió de algo. Escuché que una de las voces le pidió a Miguel que abriera la puerta trasera de la camioneta. Carajo, dije entre dientes, aquí me van a pillar. Comencé a sentir pasos, pies muy pesados que se movían de un lado a otro en la piso de aquella camioneta llena de cajas. Sentí que comenzaron a abrir las cajas, escuché a Miguel quejándose y maldiciendo. Las voces le ordenaron callar. El amenazaba con que formularía una queja en el departamento de la policía. Una de las voces le grito, llena todas las que quieras pendejo. Abrían las cajas, cortaban las cintas adhesivas con facilidad, lo podía sentir, faltaba poco para que abrieran la tapa de la caja en donde yo estaba escondido. Comencé a sudar, a sudar en frío, me dieron unas ganas enormes de cagar en ese momento. Tenía miedo. De repente sentí que palpaban mi escondite. Pude discernir que las manos buscaba la manera de abrir el tope de la caja. Qué voy a hacer ahora, me preguntaba mientras me mordía el puño ligeramente. Al final abrieron la caja. Pude ver la silueta tostada por el sol del hombre que tenía el tatuaje de la Virgen en el brazo. Era el mismo que me había perseguido en Puebla. Me quedé paralizado, no pude moverme, creo que no respiré tampoco. Cuando logré acostumbrar el enfoque de mis ojos a la repentina aparición de la luz noté que estaba viendo a aquel hombre a través de un cristal. El miraba, pero no me veía, era como si yo no existiera. Eso es lo que siento ahora, que yo no existo del todo, pero en aquel momento, era como si yo no estuviese allí. Caí en cuenta de que era un espejo de una sola cara. De esos que se usan en las mismas comandancias de la policía para ver a las ruedas de sospechosos e identificarlos. Fue en ese momento que comprendí que esta gente era experta en esto de escabullir a los demás. ¿Qué es esto?, le preguntó el individuo a Miguel, pude ver sus facciones. Son espejos para baños, tenga cuidado, son para un hotel, le contestó mi encubridor.

El hombre del tatuaje de la Virgen cerró la tapa de cartón y sentí como se bajaba de la caja de la guagua. Sentí un alivio inmenso, tenía los órganos del pecho apretados y de momento se relajaron en un pequeño éxtasis que me corría hasta los pies. Miguel subió a la camioneta, se puso a ordenar cosas y sentí su respiración. Qué bueno que no te encontraron verdad, me dijo. Yo no llegué a contestarle nada. Él se bajó, sentí sus pasos, encendió la camioneta nuevamente y seguimos la marcha. Media hora después la camioneta se detuvo, alguien volvió a subir. Ya puede salir, me dijo una voz clara. Cuando me escabullí otra vez entre el cartón de la caja vi que estábamos a la entrada de un almacén y que Espinoza, el taxista, me estaba esperando estacionado al lado de la guagua de Miguel. Cuando me bajé le di una paca de dinero, le dije gracias, Miguel me contestó que para nada y se marchó en su vehículo.

Carlos Espinoza me preguntó hacia dónde era que tenía que ir. Yo sabía que no podía regresar a mi hotel, que tendría que llamar e indicar que alguien iba a pasar a recoger mis cosas. Fue entonces que pensé que lo mejor que podía hacer era dirigirme a la oficina de Arrívales. Le dije la dirección a Carlos. Llegamos allí al mediodía. Hacía un calor intenso. Aunque estaba mal vestido logré entrar al edificio sin ningún problema. Si me hubiesen querido pillar, aquel era el momento pero nadie lo hizo. Me acerqué a la recepción y le dije a la señorita que me comunicara con Minerva la ayudante del señor Arrívales. Ella no reconoció lo que le dije. Volví a repetirle lo mismo. Ella me indicó que allí no había ningún Arrívales, que era la primera vez que escuchaba ese apellido. Me desesperé, le indiqué que yo había tenido una reunión hace días con él en su despacho. Cuando comencé a alzar la voz, sentí una presencia a mis espaldas. Era un hombre blanco de espejuelos negros y con un olor a perfume caro. Le indicó a la recepcionista que yo era del banco, no sé como lo sabía, que estaban esperándome en el piso numero catorce. Yo me sorprendí. Él me miró y sonrío. La recepcionista se había quedado tiesa. Él le sonrió y ella de un salto dijo que no había problema. Aquel hombre me pidió que lo acompañara. Yo me sentía seguro allí, no tenía por qué temer. Pero ahora en estos tiempos sí que hace mucho que no siento la sensación del miedo. Bueno, continuando con aquello, recuerdo que subimos por el ascensor y ninguno de los dos, me refiero aquel hombre oloroso a perfume y yo, habló palabra alguna. Llegamos al piso catorce y allí estaba Minerva, nerviosa como siempre, le di los buenos días, ella no me contestó. Nos acompañó a la puerta de la oficina donde me había reunido con Arrívales. Él nos estaba esperando junto a tres individuos más. Todos parecían viejos cascarrabias, hombres de negocios, mexicanos y apurados. Listo para terminar con las transacciones, me indicó Arrívales. Yo asentí con la cabeza pero le pregunté si podíamos hablar a solas un momento. Él se acercó al nivel de mis narices y dijo, estoy enterado de todo, no se preocupe, salimos del negocio y lo ayudamos a salir del embrollo, pero ahora no me venga con pendejadas, los clientes se impacientan por su demora.

Firmé los papeles en calidad de oficial del banco. Los viejos se dieron la mano e hicieron un par de chistes con Arrívales. Yo estaba invisible, era como si no hubiese importado. Se tomaron unos tequilas en la oficina. Nadie me ofreció nada. Comencé a molestarme y carraspeé la garganta un par de veces. Media hora y nadie me habló, nadie se dirigió a mí. Cuando se marcharon los viejos, nos quedamos Arrívales, el señor perfumado y yo en la oficina. No aguanté y le increpé a aquel mastodonte de los negocios qué era lo que pasaba. Por qué me perseguían y cómo se había enterado de todo. Él comenzó a reír y se sirvió otra copa de tequila. Ya no olía a perfume el hombre de los espejuelos negros. Arrívales se dirigió a mí con los ojos punzantes y llevándose el tequila lentamente a los labios se lo bebió despacio. En ese momento me di cuenta de que no era mexicano, el tequila no se bebía así. Sentí que estaba en aprietos, volví sudar, a encontrarme cara a cara con las náuseas que me había dado anteriormente. Sentí la necesidad animal de correr, de escapar, de lanzarme por una ventana. Cuando me levanté para huir, el hombre de los espejuelos negros me sostuvo con fuerza por los hombros impidiendo que yo me levantara del sillón. Arrívales terminaba de beberse el tequila, su teléfono móvil sonaba con una musiquita tropical que no me gustó para nada. No contestó. Se levantó de la silla, aquel hombre era inmenso, se acercó a mí, se dobló hasta que su nariz rozó la mía y me dijo con un olor a cigarros en la boca, transacciones patrón, transacciones. Luego de eso marco su puño justamente en mi tabique. Su fuerza era descomunal, no grité, no dije nada, ni siquiera me quejé. Me quedé desplomado en el sillón como un espantapájaros cansado. Todo lo que ocurrió después no lo recuerdo. No pude ver nada de lo que pasaba a mí alrededor.

Desperté en Xochimilco, de noche. Arrívales estaba con una camisetilla blanca y unos pantalones negros, tenía zapatos deportivos. Junto a él habían seis muchachos jóvenes. No tenía fuerzas para moverme, me di cuenta que estaba con las manos atadas, acostado en el suelo. No pude hablar, no recuerdo por qué, no sentía que tuviese dientes en mi boca. Creo que sí, que eso fue lo que me ocurrió, me habían arrancado todos los dientes. Estaba desnudo y comencé a sentir frío. Traté de mover las manos, y no podía, no sentía nada. No tenía la punta de los dedos, me los habían cortado. Comencé llorar. Miraba la noche a mí alrededor. Sabía que estaba en Xochimilco, en ese hermoso jardín bordeado de canales. Estaba entre medio de los andamios que se usan para rellenar el agua con tierra para formar esos islotes donde se siembran flores preciosas. Había ido a Xochimilco justamente luego de bajarme del avión, aparte del D.F., eso era lo único que quería ver, sus canoas y sus flores. Ahora las veo todos los días, ahora vivo en Xochimilco.

Recuerdo que estaba tiritando de frío. Ya mi cuerpo había comenzado a entrar en calor. Vi que Arrívales se sacó algo del bolsillo del pantalón. Por un momento pensé que se estaba jalando la verga, pero no, fue peor. Sacó de su bolsillo una enorme navaja. Se la mostró a los muchachos que lo rodeaban y se rió. Poco a poco se arrodilló frente a mí. Cuando estuvo muy cerca, me cortó la yugular. Mi cuerpo comenzó a entumecerse, a llenarse de frió y calor en diferentes puntos, comencé a abrir los ojos desesperado, pero se me cerraban. Los abría y se me cerraban, los volvía a abrir y se me cerraban. Hasta que sentí mi corazón detenerse. De una patada me echaron al lodazal que se convertiría en un nuevo islote para sembrar margaritas. Luego comencé a ver todo, me echaron tierra, tierra espesa, tierra fértil, a lo mejor eso es lo que hacen en Xochimilco. A lo mejor es un gran cementerio.

Ahora estoy aquí, no sé en donde. No recuerdo nada más que eso. No sé nada, no veo nada, pero veo todo. No puedo salir de México. No sé si quiera salir de México. ¿Qué es México? ¿Qué es el defectuoso? Aaaaahhh, estoy en México.




© Vera Santiago. 2009
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