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domingo, 15 de septiembre de 2013

La regla (publicado originalmente en Revista Cruce)


~A mis estudiantes a nivel superior y universitario, 
que son mujeres y son mayoría.

“Una vez al mes”. La frase representa poco para los hombres pero, para las mujeres es otro cantar. Una vez al mes es la norma, la herencia de todas: la regla. En mi caso, difícil es hablar desde esta ubicación física, sicológica y sociológica que me limita. No obstante, me aventuro en estas aguas (flujos) gracias a que la menstruación es el tema principal del más reciente texto de Dinorah Cortés Vélez.

Cuarentena y otras pejigueras menstruales continúa la tradición ecléctica de El arca de la memoria. Sin embargo, esta publicación de la editorial Isla Negra no se compara con su predecesora en dos aspectos principales. Primeramente, varía el tema, ya que en El arca tuvimos un encontronazo con las pasiones, miedos, vivencias y alegrías de la autora gracias a su concepto de la biomitografía. En puridad, el texto era una pieza de la vida de Cortés Vélez en donde se sinceraban pensamientos y secretos guardados como postales en un cajón debajo de la cama. En segundo lugar, la extensión del “arca” era mucho mayor: un libro de unas 225 páginas que contenía poemas, memorias, cuentos y reflexiones.

Cuarentena lleva el juego de la inventiva a otro nivel. Ahora aparecen haiku’s, microrrelatos y hasta teatro en un texto que no sobrepasa las 130 páginas. No obstante, a pesar de ser una pieza más corta, Cortés Vélez vuelve a la carga con el tema de todos los meses: la menstruación.
La publicación comienza con la narración de “Si Aristóteles hubiera menstruado: quimera filosófica en una descarga” en donde la técnica del texto encontrado, similar al recurso cervantino, deja claro la idea de que el varón nunca pensará los flujos menstruales con certeza. O sea, se produce la desmitificación del intelecto patriarcal y se critica a los “incapaces de menstruar”.

La presentación del tema no se limita a lo anterior ya que en “El martillo de las sangronas: abecedario menstrual que trata de los concomitantes necesarios de la sangronería, cuales son el demonio, una bruja y mucho de inmoralidad” se desenreda un abecedario que funge como campo semántico para la regla y sus sujetos. De esta forma, ambas piezas funcionan como un preámbulo para el remanente del libro, en el cual se de-construirá la menstruación y también a aquellos sujetos que incapaces de menstruar (que la totalidad de estos no es solo la población masculina, sino también los menores y las menopáusicas).

El contenido tiene una afinidad por la pluralidad. Se hará referencia a los clásicos americanos e ingleses como los de Hawthorne y Virginia Woolf, los mitos griegos como el de Medusa y a la poesía de Reiner Maria Rilke y Julia de Burgos, sin sacrificar inventiva narrativa y libertad poética.

Por ejemplo, enyuntada con la lectura de Woolf aparece la historia de Ada, una mujer menopáusica que reflexiona su vida a través de uno de los ensayos de la autora y descubre que ha sacrificado su menstruación en pro del paterrepresentado en su marido Diego. Para la mujer, ser “muñeca de fina porcelana” y reina de la casa (al estilo de la madre de Beny en La guaracha del Macho Camacho) se convierten en desgarro vital, en coágulo que se necesita botar.

Las historias de violencia y mutilación no son ajenas al texto. Además de anotar los rituales del corte del clítoris (mutilación física), la autora apunta a las mutilaciones morales (la agresión sexual). Ejemplo de lo segundo se encuentra en la reescritura del mito de Medusa. En este, la cabeza de Medusa espera pacíficamente el momento oportuno para convencer a su hijo Pegasus de llevarla de vuelta a su cuerpo, reconectarse y volver a ocupar su destino. Es importante subrayar que Cortés Vélez aprovecha el mito griego desde la concepción feminista de la Gorgona como logos, a la vez que hace una referencia al mito del Inkarri y al de Tupac Amaru II. Sobre lo último, hay que repasar que a la muerte del líder revolucionario –mediante desmembramiento–, quedó en el pueblo la esperanza del retorno: de que su emperador regresaría porque sus miembros se unirían debajo de la tierra. De esta forma, el mito peruano construye el reaparecer del padre y el de la autora el reaparecer de la madre. Tanto poder contiene este relato que el regreso de la monstrua (que menstrua) se da con un poema que evoca a las grandes matronas de la idea: Sor Juana, Pizarnik y Julia de Burgos, entre otras.

Otra de las piezas que resalta es la de “Como un Etna privado: éranse dos a una nariz pegados” en donde la autora juega con el conceptismo quevediano para desarrollar un pequeño drama que reúne elementos del teatro del absurdo y la crítica a las aseveraciones sicoanalíticas de Freud.
Cuarentena tiene un brillo muy particular en el relato “Caer mala” el cual recuerda la lectura de Crónica del desamor de Rosa Montero, específicamente cuando la personaje de la novela española increpa (a otros personajes y al propio lector) la costumbre de pensar la menstruación como enfermedad física, sicológica y social –y se podría añadir la cuestión política– de la mujer. En el caso de Cortés Vélez, el elemento concretiza cuando se presenta el siguiente discurso de la voz narrativa:

"¿De dónde viene entonces la popularidad de una frase como ‘caer mala’, que encasilla una de las funciones biológicas que más típicamente femeninas en un contexto ‘enfermizo’, así poniendo bajo una luz negativa buena parte de la vida natural de una mujer?” (105)

No me queda otra faena en este ejercicio de exploración más que la de recomendar este texto a las mujeres y en especial a aquellos hombres con la curiosidad de no solo leer buena literatura, sino la de comprender la naturalidad de la mujer. Al final, la menstruación queda domiciliada y familiarizada, se destrenza su clasificación de fenómeno, enfermedad, mal y misterio. Cuarentena y otras pejigueras menstruales le brinda poder a la mujer para que la regla sea discurso –muy a la Foucault– y normatividad: porque el mundo de hoy es de las mujeres y las mujeres menstrúan.



lunes, 17 de septiembre de 2012

Reseña del libro El arca de la memoria de Dinohra Cortés Vélez

Un abrazo a todos.

Adjunto aquí la más reciente colaboración con la Revista Cruce. La confesión del ser y el querer (Reseña del libro El arca de la memoria de Dinohra Cortés Vélez)

Para más detalles, visita:




     Lo femenino sigue agrupándose en la literatura de nuestros días con magnífico ahínco. El despliegue de escritoras, periodistas y cronistas se ha convertido en una verdadera conglomeración de mujeres talentosas que trazan un camino en la historia literaria puertorriqueña. Pero, cierto es cuando se pregunta: ¿Y cuándo no han estado las mujeres escribiendo en este país? ¿Cuándo no han demostrado tesón y esfuerzo? ¿Sabiduría y libertad? Pues desde siempre– y algunos protestarán por mi incursión desafiante al sacrosanto imperio de la Historiografía–, no hay de otra que rememorar esa fibra de Anacaona que cada una lleva en sus venas.
     Pensando en las mujeres y sin mucho prolegómeno, apunto con esmero al norte. Allá donde hace frío y cae hielo del cielo. Allá donde muchos tenemos lazos e historias.
Curiosamente, desde allá alguien apunta hacia el sur, donde es cálido y lluvioso, donde el agua bate contra la piedra y el olor a comida frita penetra en los huesos. Específicamente, apunta hacia Isabela.
La mano que traza su letra desde Wisconsin hasta Puerto Rico es la de Dinorah Cortés Vélez. Jovial, brillante, creativa y mujer de letras. Esta narradora nos brinda baje el sello de Isla Negra su nueva afrenta a la desidia: El arca de la memoria.
     Libro que quizás aparente bailar entre el relato, la novela, las memorias y hasta el confesionario. No obstante, es sin duda un logro en términos de prosa. No hay personajes sino vivencias, siendo más específico, voces de mujeres que se intercalan en una memoria colectiva donde el estrógeno es reina.
Se entrecruzan la niñez de la que es abuela, madre e hija, supliendo a veces un tipo de confusión en donde la palabra de la narradora se apropia de las memorias suyas y ajenas para crear un collage sin secuencia fija pero con evidente conexión subjetiva.
     El texto es variado, de vez en cuando aparecen unas líneas aquí y allá, muchas veces seguidas por alguno que otro retrato doloroso o jocoso. Esa mezcla se intercala con las memorias del juego infantil, el trazo del camino hacia la pubertad femenina– la menstruación – y luego descansa en aquellas confesiones que se presentan con evidente voz de mujer madura, profesional y filosófica. No existe otra mejor forma de apuntar al libro que como lo hace su propia creadora: el texto es una biomitografía, según ella, una caja de Pandora que es “la mía, la de mi madre, la de mis abuelas, la de todas las mujeres en mi familia…”
     El arca de la memoria puede ser también un colectivo de secretos donde se presenta el desdén hacia la cultura machista y donde se sufre lo que se calla. Así, Cortés Vélez dibuja una abuela fuerte, poco expresiva y emocional, callosa por los años pero que se mantiene como ceiba de la casa. No obstante, eso no deja a un lado una cara puramente puertorriqueña de la matrona corriendo detrás de los niños ofreciendo “fuete” y “chancletazos” ante las travesuras de los nietos. Cosa que evoca la ternura y el poder de quien es la engendradora, la gran Úrsula Iguarán de la casa.
     Por otro lado se encuentra la imagen de la madre. Viuda, amable y serena. Mujer que tuvo que criarse en una época donde el pene sentenciaba a pronunciar palabras cuando las gallinas decidieran mear. Sin embargo, existe una fragilidad que quiere ser consolada por la voz. En estas viñetas, Mami es una chica que se ve taciturna y que necesita amor. Una joven que tuvo que menstruar sola,– o podríamos decir que junto a su sorpresa – estudiante universitaria que tiene que dividirse entre profesional y progenitora. No por menos se deja escapar su rol de hembra, una más que, como dice el texto, pertenece al grupo de “humanas, encantadoramente humanas.”
     No puedo dejar correr las líneas sin subrayar el rol de la propia voz narrativa, la gran artífice de esta enorme colección de tesoros y confesiones: la autora. No podía ser biomitografía sin ella. Su verbo es intemporal y es capaz de estar en las vivencias de su abuela, sus tías, sus amigas y su madre. “Debimos haber menstruado juntas, Mami” dice en un aparte. Empero, esto no la deja a un lado con la mera etiqueta en el pecho de ser la omnisciente. Algunos episodios del libro son calcos de su propia vida: el novio que la dejó por otra, la niña que hace travesuras y juega en la casa, la hija que se siente sola al creerse abandonada por su madre y la mujer que agrupa en su ser toda la genética de aquellas que le antecedieron.
      Aparte de todo lo dicho, la voz de la autora se recrea en un tono reflexivo, casi lleno de compasión aún cuando raya más en lo maternal. Es un tipo de viaje (intra)dimensional donde se ven sus deseos de añoñar a la abuela, ser la amiga de su madre y ser la justiciera de sí misma. La voz quiere viajar en el tiempo, romper las barreras de lo físico y dejarse unir a otra cosa– que a los ojos del aguzado lector nos es más que la “historia femenina colectivizada”–. Sin embargo, nada de eso es capaz de suplantar el enorme cuestionamiento ontológico y tampoco el luchar con los estragos de unos elementos que la han marcado: la muerte de un padre y la constancia de su ausencia, el dichoso “issue” de ser mujer en un mundo que no acepta– que no permite –y, por último, esa gran impotencia del yo que se ve arrasado por el tiempo y las circunstancias.
     Luego de husmear por el libro y de reírme, entristecerme y hasta sentirme parte del arca, no queda mejor señal de la abarcadora visión de Cortés Vélez que en su más sensata confesión, su más preciada memoria– muy a la Sor Juana Inés – en donde lo dice todo: “Descabellada sobre el papel, escribo para no morir.”