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jueves, 18 de abril de 2013

Teoría, temor y tiempo


La espera valió la pena. No podía comenzar esta colaboración de otra forma ya que las palabras eran escasas para describir la gratitud que sentí al hojear el texto ¿Quién le teme a la teoría? Era un deseo– gritado desde algunas aulas –de los estudiosos de la literatura el que se creara un texto puertorriqueño que acercara a los lectores al muchas-veces-temido mar de la teoría.
La encomienda viene de la pluma de Lissette Rolón Collazo y de Beatriz Llenín Figueroa. La primera, veterana del Departamento de Humanidades de la Universidad de Puerto Rico en Mayagüez, quien cuenta ya con un anaquel de publicaciones dentro y fuera de estas latitudes antillanas. La segunda, una antigua– con todo el respeto y que conste que me incluyo–colega de clases del Colegio que ha brillado en aulas nacionales y extranjeras por sus aportaciones a los estudios de género, estudios de violencia y otros temas en el área de la Literatura Comparada.
¿Quién le teme a la teoría? es un manual, su propio subtítulo lo describe como un Manual de iniciación en críticas literarias y culturales, lo que implica que la intención de este libro es que sirva como referencia, como taller, o como ayuda continua para el deseoso de aprender.
De primer golpe, vale señalar que el diseño y el contenido van dirigidos al profesor de escuela intermedia y superior que desea iniciar a sus educandos en las diversas escuelas críticas de literatura. Sin embargo, no me sorprendió conversar con algunos estudiantes de bachillerato y a nivel graduado que han adquirido el texto por recomendación de sus profesores e instructores.
La encomienda de las autoras es, sin lugar a dudas, titánica. Lograr sintetizar el corpus de cada una de las tendencias críticas en un texto de tan solo 288 páginas tiene que haber sido una de las tareas académicas más difíciles en sus vidas. No obstante, considero que el mayor escollo no fue ese– pensando, además, que para estas amantes de las letras el volver a leer a sus teóricos tiene que haber sido un ejercicio placentero –sino el de enfrentarse a un sistema educativo cuadriculado, que solo piensa en superar cada año el reto de las pruebas estandarizadas y que considera que la teoría es un vetusto concepto que no sirve para el motor social de las escuelas.
En esa línea, ese grandioso título ¿Quién le teme a la teoría? no solo hace referencia al individuo que le huye a los movimientos críticos sino al mismo sistema educativo– sus directores, maestros y demás colaboradores –que no salen del vicio de enseñar a interpretar los textos con un riguroso y dañino formalismo que aburre a los alumnos y repercute en un tipo de asco hacia las letras.
El texto abarca un conglomerado de temas que rayan desde el Marxismo y las Teorías Materialistas, el Feminismo, el Estructuralismo y los Estudios Culturales, solo por mencionar algunos. Su estructura es sencilla y entretenida, cada capítulo comienza con algunas frases de los teóricos literarios en una clara invitación a la meditación de sus palabras. A posteriori, cada capítulo cuenta con un acápite llamado “Situaciones” en donde se le expondrán al educando ciertas relaciones de hechos que asimilan la problemática del día a día en las escuelas y convida a que se analice y se desarrollen preguntas en torno a la controversia. Luego, el capítulo avanzará en la descripción de las posturas de las escuelas de pensamiento, sus grandes pensadores y la forma en que estas impactaron la academia, otras áreas de estudio y a la sociedad. Al final  de cada capítulo se ofrecen preguntas guías para aplicar la crítica a los textos que se estudian en clase. Además se ejemplifica cómo desarrollar un análisis literario a partir de lo aprendido y luego, a modo de colofón las autoras desarrollan actividades de exploración, conceptualización y aplicación de lo aprendido.
(Tomado de english.uoregon.edu)
Simplemente, no hay excusa. ¿Quién le teme a la teoría? está alineado y atemperado a los currículos del Departamento de Educación de P.R. y ofrece el 50% del trabajo ya completado, el resto depende de un maestro que le eche ganas y de una escuela dispuesta a darle una mirada distinta a sus programas de literatura. No obstante, este servidor hizo el experimento como profesor de español en una escuela privada y tengo que confesar que a los educandos les agradó el estudiar la literatura desde un punto de referencia diferente y un marco teórico que le ayudara a entender algunos temas en los textos asignados.
¿Quién le teme a la teoría? es un libro capaz de atrapar la atención de muchos. No solo está hermosamente construido– su arte, su portada, los gráficos al inicio de cada capítulo y su pegajoso título lo atestiguan –sino que su contenido es intrigante para aquellos que se acercan por vez primera a estos temas. Si algo hay que advertir, es que para poder hacer un buen uso del mismo hay que motivar a que los estudiantes para que lean, que se empapen de literatura para poder luego desarrollar los ejercicios de este manual. O sea, para atesorarlo hay que ver la teoría, perder el temor y sacar tiempo para leer.
Por lo demás, sinceramente no sé, es uno de esos momentos donde se hacen dos cosas: Uno se levanta lentamente y continúa aplaudiendo o uno puede quitarse el sombrero y darle gracias a la contribución de estas autoras. Lo demás es literatura.   

martes, 12 de marzo de 2013

Occupy Poetry @ Cruce


Ocupar puede ser muchas cosas, pero en estos días se ha convertido en un acto poético. Sus manifestaciones y contrastes no sólo recargan el ideario popular sino que impulsan el artístico. Ocupar tiene un porqué y una teleología, por lo cual vale la pena pasar revista sobre una de las publicaciones más recientes de la editorial La secta de los perros: Sospechar de la euforia.
Este poemario es la sexta entrega del vate Guillermo Rebollo Gil y presenta en sus páginas una madurez en la voz poética del también autor de Sonero,Teoría de la conspiración y Sobre la destrucción.

(Detalle de la edición cortesía de La secta de los perros y el autor)

Como sus predecesores, el poemario es una mezcla de títulos en inglés con versos en español. Predomina una rima libre y una construcción del ritmo con una fuerte presencia del llamado “sonido urbano”. Por otro lado, si bien es cierto lo que indica Juan Gelpí con respecto al “cuerpo a cuerpo con los precursores” –en específico Vallejo, Che Melendes y Ramos Otero– hay que apuntar que este elemento se ha convertido en la tendencia de Rebollo Gil.

En su pasada entrega (Sobre la destrucción) existía un diálogo intenso con la obra de Clemente Soto Vélez y algunos autores estadounidenses, lo cual dejaba una sensación de intertextualidad y juego histórico en los versos. En el caso de Sospechar de la euforia, observamos en el poema “Genealogía de la sospecha”:

si lo más hermoso que es un poema es su
carga a cuestas, felizmente monto mis lecturas
en una carreta rumbo a la hoguera
y reto a Che Meléndes
a tumbar las columnas de humo de mi biblioteca.

Hay que subrayar también que Rebollo desata en Sospechar de la euforiauna dislocación de la ortografía que lo delata como lector de ee cummings. Su estilo de vanguardia es una composición de juegos con signos de puntuación (que a veces deja escapar en aras de una fluidez muy lograda), ausencia de mayúsculas y un vocabulario cultural cromático. Tal y como se apunta en el prólogo, la voz de Rebollo Gil nada felizmente por el llamado “street wise” boricua, el inglés y otras formas de hablar que confluyen en la urbe. En torno a lo anterior, apuntamos al poema “There is no political component to be devoured”, en donde el poeta hace un coloquio con Barack Obama:

lo que quiere decir es bienvenido, aché pa’ ti,
sr. presidente
y mucho cuidado en la luz
que los mártires están que gritan…


Queda por mencionar el aspecto lúdico que predomina en esta entrega. Si se analiza la producción de Rebollo desde Veinte hasta Sobre la destrucciónse observará, primeramente, la madurez de la voz en cuanto a recursos líricos, lecturas y vocabulario. No obstante, hasta La carencia presentaba en los versos un aire de poesía confesional donde el poeta referenciaba su vida familiar e incluso hasta su calvicie.

Luego, en Sobre la destrucción –poemario que también nace en medio de experiencias sociopolíticas en la Universidad de Puerto Rico– se puede auscultar un aire de atrevimiento al juego con la política neoliberal y las luchas sociales, ejemplo de ello es “dear luis, you are who i break my head against”. Ahora, Sospechar de la euforia alcanza un nivel de soltura mayor en donde el discurso se torna atrevido, irónico y, sobre todo, juguetón.

Dicho concepto se dispara a los ojos del lector desde el inicio con una portada que tiene una dualidad: por un lado puede ser una clara referencia a la contratación de la administración del Aeropuerto Luis Muñoz Marín (evento que seguramente no pasó desapercibido a Rebollo Gil) y por otro es una enorme metáfora sobre la fugacidad de la poesía y su constante llamamiento al binomio de juego compuesto por el lector y el poeta.


 (Tomado de www.spottedbylocals.com)

Ahora, el elemento que predomina y que considero más loable de toda la publicación es el tono reflexivo de la poesía como parte de los movimientos sociales y políticos del Puerto Rico del nuevo milenio. Rebollo Gil ha dado forma a un discurso variado y multidireccional donde convergen jóvenes y mayores para ocupar calles, universidades, aeropuertos y asambleas legislativas. Sospechar de la euforia es en esencia una reflexión de las emociones y la belleza que nace en contra de las macanas y los discursos hegemónicos.

No cabe duda de que Rebollo Gil es una de las voces jóvenes con capacidad de ocupar los locativos más diversos –los accesos controlados de urbanización de repente se tornan en accesos controlados en pro del grito de justicia– y que esta habilidad de callar, observar y anotar en el moleskine redunda en una poética dispuesta al juego, al grito y la canción. 

martes, 20 de noviembre de 2012

Breves de literatura de bolsillo


     La crisis económica no solo ha alterado los mecanismos de intercambio sino los de producción y distribución. La literatura no está exenta de esto. Ha sufrido como cualquier otra gestión humana y también ha visto sus fórmulas desdoblarse y reinventarse. En el lado más radical se encuentran los nuevos lectores electrónicos, pero por otra esquina– más tradicional –ha regresado la siempre querida literatura de bolsillo.
(Foto tomada de Revista Cruce)
     A razón de estas circunstancias la editorial Espejitos de Papel se lanzó a la encomienda de desarrollar una colección literaria que cumpla con los requisitos económicos exigidos tanto por los consumidores de literatura contemporánea y las propias editoriales. Como base, usó tres criterios rectores: El gastar el menos papel posible, presentar una literatura de bolsillo que no sacrifique la calidad y establecer un precio accesible para el público local e internacional. De esta ecuación sale la colección de 19 micro-publicaciones bautizadas La quinta esquina del viento.
     Primeramente, abrimos el paso con la entrega de la Dra. Herminia Alemañy Valdés titulada Lentejuelas, canutillos y chaquiras. En estos versos la voz reescribe la creación del mundo desde el lente femenino haciendo un colorido homenaje a las raíces mexicanas, las obreras y las artesanas. Existe en este librillo una fuerte referencia al universo, las deidades y los mitos. Alemañy complace con poemas un tanto largos en donde la mujer reina como eje central dejando entrever que las manualidades y artesanías que tanto se mencionan son a su vez la confección del poemario mismo.
     Con un breve salto pasamos a Laberintos (Poemas donde la belleza se arruina hermosamente) del joven mexicano César Augusto Trujillo Sánchez. Esta colección destila versos que se amarran a lo urbano, con un toque fuerte de vanguardia y donde predomina el cuestionamiento del yo. Sin duda, los versos dejan una fuerte impresión existencialista sin machacar demasiado en lo coloquial. No cabe duda de que Trujillo Sánchez es una de las voces más originales de la incipiente muestra de poetas de Chiapas.
Por otro lado Con las peores intenciones es un surtido del poeta puertorriqueño Edgardo Nieves Mieles. En esta entrega el autor ofrece parte de su más reciente producción poética caracterizada por su ironía, humor y creatividad. Los poemas no son largos, pero sí sus títulos, creando a veces una inversión donde el bautizo de los versos dice más que su cuerpo. Aquellos que no hayan tenido la oportunidad de leer A quemarropa, tendrán aquí un maravilloso “sneak peak” que si peca de algo, es de lo rápido con que se le da lectura.
(Retrato de Mister James" de René Magritte)
     Por su parte, en Versiones minimalistas acerca del poema o el estúpido martirio del escribiente, Rodolfo Girón presenta una poesía colorida, donde se evoca constantemente el calor y la luz. Sus versos son libres y flexibles, con un lenguaje que no abusa ni deja espacios parcos. Constantemente, el vate cuestiona sobre el devenir del amor y sobre la ausencia a la vez que ofrece algunas piscas de ese difícil arte que trabaja. A modo de ejemplo, en el poema “qué brisa moldeó”– y hay que subrayar que ninguna de sus piezas ostenta títulos –pregunta con cierta melancolía: “De qué hemisferio/ escapó la golondrina de la tinta/ palabrita mía”. Si fuésemos a dar una palabra capaz de resumir la obra del joven mexicano, tendríamos que circunscribirnos a “naturaleza” ya que sus versos presentan una soltura hacia lo terrestre al evocar con frecuencia el viento, las aves, las raíces y hasta la selva.
     En materia de narrativa la colección ofrece una pieza confeccionada por el binomio Edgardo Nieves Mieles y José Liboy Erba denominada Las aventuras del pez gato. En este cuento, de unas 34 páginas, los autores exploran la mutación de un hombre tanto en forma como en tristeza. Específicamente, exploran la historia de un hombre/experimento que poco a poco se transforma en un ser de la ictiología. Las descripciones, el vocabulario y la forma evitan que el cuento se desprenda totalmente hacia la vertiente de la ciencia ficción, dejando así un sabor similar al “Concierto de metal para un recuerdo” de Manuel Ramos Otero. Abunda la narrativa suelta y libre de Liboy Erba con una clausura llena de detalles y buen vocabulario cortesía de Nieves Mieles.
     Aquellos que se vean en la encrucijada entre leer o salvaguardar el bolsillo tiene en esta colección un poderoso aliado. Los libros no pasan de las cinco pulgadas en carpeta blanda. Sus atractivas portadas y módica propuesta son quizás un llamado a las demás editoriales isleñas. He aquí 19 pequeños David con honda en mano, listos para derribar ese enorme gigante de la desidia que tanto nos impide leer en estos días. 

lunes, 17 de septiembre de 2012

Reseña del libro El arca de la memoria de Dinohra Cortés Vélez

Un abrazo a todos.

Adjunto aquí la más reciente colaboración con la Revista Cruce. La confesión del ser y el querer (Reseña del libro El arca de la memoria de Dinohra Cortés Vélez)

Para más detalles, visita:




     Lo femenino sigue agrupándose en la literatura de nuestros días con magnífico ahínco. El despliegue de escritoras, periodistas y cronistas se ha convertido en una verdadera conglomeración de mujeres talentosas que trazan un camino en la historia literaria puertorriqueña. Pero, cierto es cuando se pregunta: ¿Y cuándo no han estado las mujeres escribiendo en este país? ¿Cuándo no han demostrado tesón y esfuerzo? ¿Sabiduría y libertad? Pues desde siempre– y algunos protestarán por mi incursión desafiante al sacrosanto imperio de la Historiografía–, no hay de otra que rememorar esa fibra de Anacaona que cada una lleva en sus venas.
     Pensando en las mujeres y sin mucho prolegómeno, apunto con esmero al norte. Allá donde hace frío y cae hielo del cielo. Allá donde muchos tenemos lazos e historias.
Curiosamente, desde allá alguien apunta hacia el sur, donde es cálido y lluvioso, donde el agua bate contra la piedra y el olor a comida frita penetra en los huesos. Específicamente, apunta hacia Isabela.
La mano que traza su letra desde Wisconsin hasta Puerto Rico es la de Dinorah Cortés Vélez. Jovial, brillante, creativa y mujer de letras. Esta narradora nos brinda baje el sello de Isla Negra su nueva afrenta a la desidia: El arca de la memoria.
     Libro que quizás aparente bailar entre el relato, la novela, las memorias y hasta el confesionario. No obstante, es sin duda un logro en términos de prosa. No hay personajes sino vivencias, siendo más específico, voces de mujeres que se intercalan en una memoria colectiva donde el estrógeno es reina.
Se entrecruzan la niñez de la que es abuela, madre e hija, supliendo a veces un tipo de confusión en donde la palabra de la narradora se apropia de las memorias suyas y ajenas para crear un collage sin secuencia fija pero con evidente conexión subjetiva.
     El texto es variado, de vez en cuando aparecen unas líneas aquí y allá, muchas veces seguidas por alguno que otro retrato doloroso o jocoso. Esa mezcla se intercala con las memorias del juego infantil, el trazo del camino hacia la pubertad femenina– la menstruación – y luego descansa en aquellas confesiones que se presentan con evidente voz de mujer madura, profesional y filosófica. No existe otra mejor forma de apuntar al libro que como lo hace su propia creadora: el texto es una biomitografía, según ella, una caja de Pandora que es “la mía, la de mi madre, la de mis abuelas, la de todas las mujeres en mi familia…”
     El arca de la memoria puede ser también un colectivo de secretos donde se presenta el desdén hacia la cultura machista y donde se sufre lo que se calla. Así, Cortés Vélez dibuja una abuela fuerte, poco expresiva y emocional, callosa por los años pero que se mantiene como ceiba de la casa. No obstante, eso no deja a un lado una cara puramente puertorriqueña de la matrona corriendo detrás de los niños ofreciendo “fuete” y “chancletazos” ante las travesuras de los nietos. Cosa que evoca la ternura y el poder de quien es la engendradora, la gran Úrsula Iguarán de la casa.
     Por otro lado se encuentra la imagen de la madre. Viuda, amable y serena. Mujer que tuvo que criarse en una época donde el pene sentenciaba a pronunciar palabras cuando las gallinas decidieran mear. Sin embargo, existe una fragilidad que quiere ser consolada por la voz. En estas viñetas, Mami es una chica que se ve taciturna y que necesita amor. Una joven que tuvo que menstruar sola,– o podríamos decir que junto a su sorpresa – estudiante universitaria que tiene que dividirse entre profesional y progenitora. No por menos se deja escapar su rol de hembra, una más que, como dice el texto, pertenece al grupo de “humanas, encantadoramente humanas.”
     No puedo dejar correr las líneas sin subrayar el rol de la propia voz narrativa, la gran artífice de esta enorme colección de tesoros y confesiones: la autora. No podía ser biomitografía sin ella. Su verbo es intemporal y es capaz de estar en las vivencias de su abuela, sus tías, sus amigas y su madre. “Debimos haber menstruado juntas, Mami” dice en un aparte. Empero, esto no la deja a un lado con la mera etiqueta en el pecho de ser la omnisciente. Algunos episodios del libro son calcos de su propia vida: el novio que la dejó por otra, la niña que hace travesuras y juega en la casa, la hija que se siente sola al creerse abandonada por su madre y la mujer que agrupa en su ser toda la genética de aquellas que le antecedieron.
      Aparte de todo lo dicho, la voz de la autora se recrea en un tono reflexivo, casi lleno de compasión aún cuando raya más en lo maternal. Es un tipo de viaje (intra)dimensional donde se ven sus deseos de añoñar a la abuela, ser la amiga de su madre y ser la justiciera de sí misma. La voz quiere viajar en el tiempo, romper las barreras de lo físico y dejarse unir a otra cosa– que a los ojos del aguzado lector nos es más que la “historia femenina colectivizada”–. Sin embargo, nada de eso es capaz de suplantar el enorme cuestionamiento ontológico y tampoco el luchar con los estragos de unos elementos que la han marcado: la muerte de un padre y la constancia de su ausencia, el dichoso “issue” de ser mujer en un mundo que no acepta– que no permite –y, por último, esa gran impotencia del yo que se ve arrasado por el tiempo y las circunstancias.
     Luego de husmear por el libro y de reírme, entristecerme y hasta sentirme parte del arca, no queda mejor señal de la abarcadora visión de Cortés Vélez que en su más sensata confesión, su más preciada memoria– muy a la Sor Juana Inés – en donde lo dice todo: “Descabellada sobre el papel, escribo para no morir.”


lunes, 21 de mayo de 2012

El toque de la campana (@ Cruce)



Saludos nuevamente a aquellos que se dan la vuelta por este espacio.

http://revistacruce.com/letras/el-toque-de-la-campana.html


Estudiar la historia política de Puerto Rico es un ejercicio que se nutre a diario. Nada más se puede esperar de uno de los pueblos más activos en el proceso democrático. La efervescencia, el candor y el debate han sido parte de nuestro desarrollo social, de nuestra idiosincrasia isleña. La forma de hacer política, de discutirla y de analizarla es sumamente distinta a otros cuerpos antillanos. A pesar de ello, no puede negarse que todavía existe un largo trecho por trazar. La historia de la participación electoral puertorriqueña es un infante, sus hechos todavía son cercanos y hasta latentes– aún cuando el pueblo los olvide de un zarpazo – y son estos elementos los que fomentan que cada publicación sobre el tema se escoja con cuidado, se estudie puntillosamente y se aplauda (de ser necesario) con esmero. Para mi agrado, en este proceso analítico me he topado con una publicación primeriza de un intelectual joven.
El libro es en sí el arduo trabajo doctoral del colega Carlos Mendoza Acevedo, titulado Partido Acción Cristiana en la política puertorriqueña 1959-65. Este texto presenta un análisis profundo del impacto del Partido Acción Cristiana (en adelante “PAC”) en la historia y política moderna de la Isla.
Posicionar la publicación es un ejercicio maleable ya que puede ser bien acogido tanto por historiadores, científicos políticos y sociólogos. Su contenido divaga entre dichas materias pero se inclina por ser una mirada analítica del desarrollo (concepción, acción y decadencia) del movimiento en pro de la llamada Democracia Cristiana en Puerto Rico y su organismo propulsor, el PAC.
La redacción es netamente científica y se ve regida por la estructura expositiva y metódica de una tesis doctoral. No obstante, a pesar de verse circunscrito a este estilo, Mendoza no deja de ser un narrador conspicuo que lleva al lector a conclusiones válidas que son aderezadas por las numerosas fuentes bibliográficas, tablas y demás piezas históricas que sustentan sus conclusiones.
Varios son los planteamientos del autor, de entre los cuales se destaca el anotar que el PAC falló en promover el concepto de Democracia Cristiana de manera efectiva. Mendoza enlaza su conclusión a la del profesor Samuel Silva Gotay, al señalar que fueron muchos los escollos que atravesó el partido a la hora de desarrollar un concepto político sólido, capaz de enfrentarse a las ideologías predominantes en los partidos de entonces.
Para Mendoza la avalancha de críticas hacia el vínculo del PAC con la Iglesia Católica, el anticlericalismo y la presencia, en su mayoría, de jerarcas eclesiásticos de origen estadounidense, fue el catalítico para que la colectividad se viera imposibilitada de fundamentar los axiomas de la Democracia Cristiana.
No obstante, vale resaltar que este fenómeno político no ha sido acogido con mucha complacencia en otros países latinoamericanos. Así, en el caso de Perú, Vargas Llosa apunta que el movimiento era, en cierta medida, irrealista.[1] Dotado de líderes que venían de clases acomodadas, sin una pizca de conocimiento sobre los vejámenes de la mayoría popular peruana. Por otro lado, Clodomiro Almeyda señala que, más allá de Venezuela y Chile, la Democracia Cristiana sólo fungió como una tendencia del centro encaminada al reformismo y la tecnocracia.[2] Por lo cual, al sumar estas observaciones a las hechas por Mendoza Acevedo, se puede observar que sus conclusiones en cuanto al impacto de la Democracia Cristiana en Puerto Rico son más reveladoras para muchos planteamientos políticos contemporáneos y posicionan el análisis del autor a la par con las conclusiones expuestas por otros politólogos latinoamericanos.
Contrario a otros países en donde el movimiento logró acuñar un mínimo de poder político en masas de clase tecnócrata, empresarial y algunos jóvenes, en Puerto Rico, el PAC no pudo configurar y definir el concepto de Democracia Cristiana para dotar a sus seguidores de una ideología política consistente con la cual enfrentar a los demás partidos. Tales son las palabras del propio Mendoza.
Otro de los elementos que el autor subraya es el hecho de que el PAC cesó en el 1965 vis a vis la noción de que terminó en el 1960. Esto es, sin lugar a dudas, uno de los elementos que posiciona a Carlos Mendoza Acevedo como un historiador de primer orden al atreverse a refutar una noción generalizada sobre la muerte de un partido político– elemento que, en sistema como el nuestro, no puede ser soslayado vagamente–. Sin embargo, la aseveración del autor– que en sí pone (respetuosamente) en entredicho los escritos de María Mercedes Alonso, Samuel Silva Gotay, así como la Dra. Lourdes Lugo Ortiz – no es liviana ni enjuta, sino que se sustenta en un rastreo con vicios de bibliófilo en el cual el autor ausculta trabajos publicados e inéditos que analizan el periodo de existencia del PAC. A toda luz, lo enunciado por el autor es cierto y abre la posibilidad de analizar un periodo político para el PAC que ocurrió “por debajo” del radar popular y mediático.
Resta mencionar que el trabajo de Mendoza Acevedo arroja mucho albor sobre la figura del Lcdo. José Luis Feliú Pesquera, tanto así que gran parte de los capítulos no pueden escapar de su aura. Empero, vale mencionar que la tendencia no se juega en vano ya que, a pesar de no haber sido uno de los candidatos a los llamados “puestos grandes”, Feliú Pesquera fue la carta de presentación del PAC. Su conocimiento, experiencia política y desenvolvimiento internacional lo revisten con el título de líder máximo del partido.
Si algo está claro es que el PAC tiene más que contar sobre sus otras figuras pilares. Nada más con leer los últimos capítulos de Partido Acción Cristiana en la política puertorriqueña 1959-65 se percibe una intención de desenmascarar mucho más que los eventos oficiales del partido. Existe un oscuro pasaje sobre las trifulcas internas del PAC y los intentos de revivirlo así como su correlación e influencia en las plataformas políticas de los demás partidos corrientes.
            Por el momento, los adictos a la historia deberán conformarse con la aportación de Mendoza Acevedo la cual, no en vano, puede laurearse por ser un complemento necesario en cualquier curso de historia o política.


[1] Mario Vargas Llosa. El pez en el agua. Editorial Santillana. (2010). Pág. 319-20.
[2] Clodomiro Almeyda. La democracia cristiana en América Latina. Revista Nueva Sociedad. Núm. 82 Marzo-Abril de 1986. Págs. 139-49.

lunes, 16 de abril de 2012

Espiando la revolución @ Revista Cruce


Para el texto completo, visita:  http://revistacruce.com/letras/espiando-la-revolucion.html


Para comenzar un escrito como este, sólo basta mencionar un nombre para que la comunidad de lectores haga satélites alrededor del tema: Francisco “Pancho” Villa. No más mencionarle aguza los sentidos, se crea una reproducción de la iconografía que arrastra cada letra de su nominal. Brotan en un lado y otro el espeso bigote, el fieltro, o quizás un pistolete color plata apuntado hacia el cielo y detonando cuanta cosa haya allá arriba, como si tratase de montarle la guerra incluso a lo divino.
Pero, transliterando el dicho caribeño de nuestra ciudad sureña: “Pancho es Pancho y lo demás es Revolución”. Porque qué sería él si estuviese sólo, sin Carranza, sin Plutarco Elías Calles, sin los latifundios, sin la batalla de Cristeros, en fin, qué sería sin los miles de mexicanos que avanzaron cargando su tristeza, su falta de educación, su hambre y una pistola en el bolsillo bajo la consigna “No a la reelección”.
Para los curiosos, siempre es bueno pensar que para todo (para casi todo) hay un librito y, en este caso, sobre la Revolución mexicana hay muchos. Empero, esta ocasión es para centrar esfuerzos en Por el ojo de la cerradura: Una mirada más allá de la Revolución mexicana, una colección de ensayos coordinada por la Dra. Herminia Alemañy Valdez en la cual se desata un tema tan abarcador y complejo, que a su vez puede clasificarse como determinante y latente: la Revolución mexicana.
En estos 7 ensayos se explora el tema de la Revolución con un lente juicioso y analítico en donde no escapan de su crisol la literatura, filosofía, economía y política. Por lo demás, este texto brilla por su claridad y entereza académica en el cual no se exagera ni se mitifica la Revolución, sino que se desmenuzan sus elementos y gestores culturales. También se deshilan las particularidades de sus desarrolladores artísticos.
A priori, el libro enfatiza que el acercamiento a la Revolución es uno activo en donde el elemento de estudio aún fecunda aquí y allá, proveyendo materia prima para artistas que a estas alturas– a 100 años de las balas y la sangre – siguen observando este fenómeno político y social latinoamericano. Así, existe una armonía entre los ensayistas en cuanto a que la Revolución acapara México y no cede ante los límites geográficos y jurisdiccionales de ese inmenso país.[1]
No obstante, todos los ensayos se ocupan nítidamente de lo mexicano, dibujando los contornos para analizar el impacto de la Revolución en torno a la creación de una historia, un ideario popular y una iconografía que aún se presta a la formulación de preguntas. De esta forma, el texto lleva al lector a hilar argumentos en cuanto al impacto de la insurrección en torno a los problemas económicos del momento así como sus repercusiones en la literatura, la pintura y la política. Además, se antepone la verdadera materia de análisis en cuanto a la creación de una lista que recoge sobre 300 piezas que incluyen novelas, tratados filosóficos, poemas, pinturas (murales), memorias y documentos históricos. No queda duda de que el libro escarba las fibras del por qué y el cómo la Revolución mexicana movió los engranajes para la producción creativa en los mexicanos.
Para no asediar y– mucho más importante –no develar todo el libro de un solo plumazo, aguzo la lectura de sólo tres de los ensayos que se encuentran en la colección. No porque sean más lustrosos que sus homólogos sino para salvaguardar la expectativa de la totalidad de la lectura.
El primero de los trabajos que resaltamos analiza la temática de marras en el contexto de la novela revolucionaria y su concatenación hasta la década del 1960. El ensayo glosa, específicamente, a Elena Poniatowska y su Hasta no verte Jesús mío. Este ejercicio, elaborado por María Rita Plancarte Martínez, identifica un tema neurálgico a la hora de analizar la producción narrativa acaecida a raíz del tema de la Revolución: ¿hasta dónde se lleva a ficción los verdaderos partícipes del  evento? ¿En qué momento la voz del escritor– y su filtro creativo/artístico –silencia al sujeto? O, con más relevancia, ¿en qué medida el exponente se ha adueñado de las memorias, voces, sufrimientos y vivencias del sujeto en aras de la creación literaria?
En este trabajo Plancarte Martínez desmenuza el proceso creativo de Hasta no verte Jesús mío y cuestiona los elementos con los cuales la autora se valió de una partícipe de la Revolución para crear un personaje para su novela. También, este trabajo brilla por demostrar, en el primer turno al bate, que la participación femenina en la Revolución fue activa y esencial.
El segundo ejemplar es una lectura mucho más biográfica así como bibliográfica. Se trata del ensayo “Antonio Caso y José Vasconcelos: La filosofía en la época de la revolución mexicana (1910-1920)” de Raul Trejo-Villalobos. Aquí se elabora la importancia de la producción filosófica de mexicanos que participaron en la Revolución y la manera en que estos determinaron que, en conjunto con un movimiento social de reforma, debía existir también una innovación en el pensamiento. En este ejemplar, Trejo-Villalobos no solo logra hacer una nutrida glosa de los autores estudiados sino que logra armonizar la manera de ensayarlos a pesar de sus diferencias filosóficas y hasta de credo (uno de ellos era ateneísta y el otro el creador del llamado indigenismo).[2] A través del crisol de la Revolución estos dos grandes del pensamiento mexicano se entrecruzan en el texto con una facilidad exclusiva.
El tercero de los trabajos que resaltamos es el de la propia coordinadora, la Dra. Herminia Alemañy-Valdez. Empero, no por favoritismos ni particularidades imparciales, sino porque el emprendimiento que su ensayo adopta es quizás uno de los saltos más importantes– no por menos difícil –en torno a los estudios sobre la novela de la Revolución mexicana. Su ensayo establece tres supuestos que son de suma importancia:
·         Analizar las diferentes teorías en torno al lapso de tiempo (periodo) que duró la Revolución en sí.
·         La creación de un fichero bibliográfico sobre los estudios acerca la novela revolucionaria.
·         La definición de los mínimos denominadores o clasificadores que tiene ese maleable concepto denominado “novela de la revolución”.
Tomando las cosas con pinzas pero sin revelar el secreto, Alemañy se aventura a desarrollar un esquema tripartito del género de la novela que lleva como espina dorsal (o como simple mención) la Revolución. Esta aportación es, sin lugar a duda, una fuente para futuras investigaciones académicas o profesionales sobre el tema.
En baso a lo expuesto Por el ojo de la cerradura: Una mirada más allá de la Revolución mexicanase presenta como un texto sumamente enriquecedor para el experto deseoso de analizar las nuevas tendencias investigativas en torno a la revolución. No obstante, el libro no excluye a aquel novato en el tema que desee explorar algunas muestras del impacto que este evento tuvo en la nación mexicana.
  



[1] Referencias para esta aseveración se pueden auscultar en los diversos estudios que posicionan el evento de la Revolución, o los acaecidos posterior a la lucha armada, en relación directa con los gobiernos de la antigua Unión Soviética y las tendencias discutidas en las diferentes versiones de la Internacional Socialista.
[2] Debe acotarse que ambos eran reaccionarios ante el positivismo.

sábado, 24 de marzo de 2012

"El círculo perfecto" @ Revista Cruce: Reseña sobre el poeta Alberto Martínez

Aquí va otra colaboración con la Revista Cruce en la cual se reseña Contige he aprendido a conocer la noche del poeta Alberto Martínez Márquez.




Para el documento completo vaya a: http://revistacruce.com/letras/el-circulo-perfecto.html


La noche ha sido tan poética y mística a través de los tiempos que su constitución y formas, sus elementos y oportunidades, su misterio y su invitación, han llenado páginas con versos en ambos lados del mundo. De estos, algunos patéticos y otros, simplemente impactantes. No obstante, sin entrar en evaluaciones de cuáles versos son buenos y cuáles no, lo cierto es que la noche sigue siendo aliciente para que algún desairado amor prescriba su condición en el papel con el fin de mostrar al lector que la oscuridad, las estrellas y la luna son los ingredientes predilectos para un buen suspiro.
La imaginación del lector al apreciar aquellas líneas que atestiguan: “Puedo escribir los versos más tristes está noche. / Escribir, por ejemplo: «La noche esta estrellada, / y tiritan, azules, los astros, a lo lejos»” puede producir un refuerzo al enamoramiento, un vicio de mirar a los astros a ver si tiritan o, a veces, una decepción grande con Neruda. Pero, si de algo vamos a ser juiciosos es de que la noche deja su presencia, un grado de subjetividad en el lector, así como al objeto de lectura y las circunstancias que le rodean. Como dijimos una vez entre amigos, no es lo mismo escribir o leer de noche que de día.
            Ese lapso del planeta se siente predilecto para guardar secretos, ocultar cosas y sobre todo a los juegos literarios. Así lo plasma San Juan de la Cruz al rociar con tinta y decir: “En la noche dichosa, / en secreto, que nadie me veía,/ ni yo miraba cosa,/sin otra luz ni guía/o la que en el corazón ardía.” Por eso, no por menos se debe dejar de mencionar que la noche aviva algunos sentidos, entre ellos el gusto, a lo cual incita Asunción Silva: “¿De las noches más dulces te acuerdas, todavía?”.
            Dicho lo dicho. ¿Se ha dejado de venerar la noche por los poetas? Dudoso. ¿Se ha dejado de escribir sobre este maravilloso estado del planeta? Para nada.
Así las cosas traigo ante sus ojos la reciente publicación de Arco de Plata Editores: Contigo he aprendido a conocer la noche de Alberto Martínez Márquez. Un poemario corto, de versos amorosos y lujuriosos donde la huella de San Juan de la Cruz yace con más latencia que la de Asunción Silva y la de Neruda. Y que me permita el autor la comparación –si no le gusta pues allá abajo hay una zona donde se ponen comentarios–, la hago porque el elemento de la búsqueda es una constante en este poemario, o sea hay un continuo movimiento entre el yo y el otro, entre los estados de pensamiento y la noche, que llevan a un lectura múltiple. El texto no es uno sino una recopilación de varias proyectos que se expanden entre la década de 1990, luego de 2004 a 2009 y, por último, de 2009 a 2010. O sea, desde ese punto fijo del texto podemos observar gran parte de la carrera literaria del autor.
Alberto Martínez Márquez, poeta que ha sido uno de los contrapesos más grandes de las letras isleñas –y digo esto con todo el buen sentido ya que en él se reúnen el gestor cultural contestatario, el poeta ávido y participativo, y el profesor literalmente a tiempo completo– no niega su tradición con esta publicación. Si bien su poemario Las formas del vértigo fue uno de los lanzamientos más sólidos en la carrera del poeta, en donde predominaban las fórmulas complejas donde los maestros del dadaísmo y la poesía brasileña asomaban el rostro a diestra y siniestra, su temática era muy variada. Hay que reconocer que el poemario era tres libros en uno, cosa que vuelve aparecer en Contigo he aprendido a conocer la noche.
¿Y que de la noche? Bueno, en aquella publicación– Las formas del vértigo– en el poema “Nocturno”, había plasmado Martínez:
agua seca
colinda
con esta piel vetusta y quieta

llenando los poros
con tumbas perfumadas 

algún tambor húmedo
alarga
sutilmente
su dúctil lengua alucinada
por el duro borde
del tiempo.

No hay duda de que la noche es tema recurrente para el poeta. En aquel poemario Martínez Márquez nos había dado un libro que resaltaba por su versatilidad, pero ahora nos da uno que brilla por la manera en que las figuras se desenlazan en una misma circunstancia, o sea la noche.
En Contigo he aprendido a conocer la noche hay un acercamiento a una voz poética mucho más melancólica que poco a poco va conociéndose hasta encontrar la figura de la amada (la cual me inclino a pensar que podría ser incluso la poesía misma). Predominan las alusiones a las circunferencias en clara evocación a dos posibilidades: Primeramente, al Ouroboros tradicional –no el de Nietzsche– el cual simboliza los ciclos del renacer o el hacerse nuevo continuamente. Segundo, el elemento de la perfección, la cual se aprecia en las corrientes primerizas de la matemática y la geometría.
Ahora, hablar de la circularidad y el eterno retorno no es tema ajeno a las letras hispánicas. No obstante, su peculiaridad se ha visto enmarca como ausencia de progreso, o sea la repetición ad infinitum de las cosas. En esa línea, apunta Carmen Escudero Martínez en Didáctica de la literatura que esas figuras redondas se usan para “conformar una idea de reiteración cuyo diagrama más acertado sería el del círculo, que supone el movimiento propio de lo temporal encerrado de tal forma que, por más tiempo que avance, siempre se encontrará repitiendo idéntico proceso.” A lo cual colegimos que, sin desmerecer el argumento, la aplicación de la figura a la poesía de Martínez Márquez denota otra cosa.
El ejemplo por antonomasia se encuentra en el poema “No llegaste a mi vida”, donde expone el poeta:
no llegaste a mi vida
ni yo arribé a la tuya
sino que veníamos caminando
desde lados contrarios
y nos topamos de frente
para reconstruir el círculo
que habíamos olvidado

Como se puede apreciar en este ejemplar, existe la circularidad no como mera repetición sino como conceptualización de lo perfecto. La voz poética se siente completa tras el encuentro. Para Martínez el amor es regenerativo y el retorno a la noche (elemento cíclico) lo que hace es embeber más la poesía de elementos que funcionan como una constante para fortalecer su existencia. Pero la noche no es todo, en otro poema en que refiere directamente a la amada, Martínez dibuja la siguiente metáfora: “eres/ la medida/ de mi mundo”, dando esa noción matemática a la metáfora e intuyendo que su mundo puede ser medido. Así, en cuanto a la amada, se aprecia que no sólo ejecuta el encuentro del poeta consigo mismo sino que lo ayuda a darle más perfección a su mundo hasta llegar a medirlo – Medir un mundo de carácter subjetivo, es tarea para la perfección poética, no la geométrica–.
Otro ejemplo que vale subrayar se encuentra en el poema “Lenguaje del círculo” en donde el autor esboza en un poema concreto que:
el deseo
siempre            siempre
es el deseo                   es el deseo
siempre            siempre
el deseo

Según lo expuesto, este poemario es una gran confesión en donde los ingredientes son la poesía, la noche y el amor, los cuales se fusionan para darle un sentido de perfección a la voz poética. Figuran en él elementos elípticos que ayudan a intuir que el poeta ha encontrado en la noche algún secreto para la puridad, evoca con ello esa hermosa alusión al círculo perfecto. Para el autor, en la noche no hay principio ni fin, es una circunferencia que evoca lo ilimitado, en donde se puede encontrar consigo mismo y donde puede amar y desear en un eterno constante. En esencia, el amor se vuelve círculo: o sea se alcanza a sí mismo y se renueva constantemente, se acaba el alpha y el omega y sólo existe la continuidad.
Contigo he aprendido a conocer la noche, es un poemario que encierra tres tiempos de una misma vida. Alberto Martínez Márquez nos promete mucho en sus páginas y al leerlo cumple las expectativas. Sin duda este es uno de sus más logrados poemarios

lunes, 6 de febrero de 2012

La academia como arma (@Cruce)



La guerra es un elemento regido por factores sicológicos más que mecánicos. Miedo, engaño, desinformación, medias verdades, apariencia: estos son algunos elementos altamente valiosos para llegar al fin último, la victoria– social, política y material –del campo de vida del no-autonominado “enemigo”. Este ejercicio de poder y destrucción ha sido tan antiguo como la historia misma, se ha debatido, performado, (de)construido y hasta satirizado. Sin embargo, a pesar de que para algunos es un tema fatídico  y cansón (lo vemos en las películas, los juegos, la mercancía, etc., etc.), ha llegado a un nivel de centralidad que repercute en tener que enfrentar la guerra a la teoría y desmenuzar sus componentes a través del cuestionamiento positivista y realista.

Un tanque M1 Abrams (EE.UU.) sirve su propósito si puede hacer tres cosas de forma efectiva: hacerle creer al enemigo que es otra cosa– una piedra, una loma de tierra, un conglomerado de arbustos–; disparar efectivamente; y, luego, crear terror en el “otro”. Lo mismo se podría decir de un equipo de asalto Spetnaz (Rusia) o un escuadrón aéreo de Typhoons (Reino Unido). Curiosamente cada uno de los elementos de destrucción mencionados pertenecen a tres superpotencias que, a pesar de su formidable maquinaria económica y tecnológica de guerra, se han valido de otros ejercicios mucho más productivos para ganar: la ciencia.
Según los modernos axiomas bélicos, antes de cualquier movilización un país debe medir lo que va a hacer y plantearse cómo lo va a llevar a cabo. Así, este llamado arte (Sun Tzu) no sólo se vale de la fuerza bruta, de la mejor tecnología o los potentes aliados. Su ejercicio conlleva el uso de prácticamente todas las Ciencias Sociales con el fin de desarrollar un producto capaz de agilizar la toma de decisiones estratégicas. A esta materia prima los teóricos bélicos lo llaman “inteligencia militar”.
Para aquellos escépticos que todavía no creen en el poder de estas ramas del saber y sus efectos en manos totalizadoras, el Dr. Guillermo Iranzo Berrocal nos regala un librito muy quisquilloso, de unas 76 páginas, en formato casi de bolsillo y con un lenguaje académico que no le quita -o le da– sueño al lector casual. Se intitula Antropología y Guerra en Puerto Rico. Bautizado bajo el sello de Editorial Isla Negra, constituye, tal vez, una de las miradas más críticas a la antropología occidental moderna.

El texto va al grano al identificar al autor con la concepción anticolonialista del discurso científico del siglo XX. Iranzo Berrocal acepta que una relación de desigualdad se desarrolla en la academia y que los métodos que muchas veces se enseñan con esmero y confianza fueron en el ayer instrumentos de conquista y, sobretodo, de guerra. El antropólogo enfoca con un acercamiento ético la relación de la antropología y la guerra dentro del periodo de 1900 a 2000 en Puerto Rico. Su verbo comienza dibujando la trayectoria de célebres figuras como Otis Mason, Franz Boas y Harry Shapiro, entre otros.
Estos pilares de la investigación antropológica han tenido un impacto marcado en la historia puertorriqueña y, en cierta medida, han definido mucho de lo que en aquel tiempo se veía como su devenir.  No obstante, Iranzo sacude la historia y deja en el tapete las instituciones– Smithsonian Institute, el Departamento de Guerra y las agencias de inteligencia estadounidense –que fomentaron a estos individuos y las razones por las cuales sus investigaciones fueron catapultadas al recién adquirido territorio puertorriqueño.
Antropología y Guerra en Puerto Rico presenta cuáles fueron los cimientos de muchas iniciativas culturales y jurídicas tales como el Proyecto Puerto Rico, el Instituto de Cultura, la Ley Foraker y las estrategias para lidiar con el avance de los nacionalismos a nivel local y mundial. Iranzo Berrocal enfatiza en la importancia que tuvo la antropología en la conquista de los territorios continentales de EEUU– la creación del U.S. Geological Survey, el Bureau of American Ethnology y los proyectos para tratar a las comunidades aborígenes, entre otros – así como sus aportaciones a las expediciones que rebasaron los límites del territorio estadounidense.
Es de suma importancia destacar que los elementos que subraya el autor se sumieron a un constante cambio gracias a fuerzas un tanto exógenas como lo fueron la Primera y Segunda Guerra Mundial, así como la Guerra Fría. (Nuevamente el elemento de la guerra se interpone como una variable determinante) No obstante, el autor hilvana sus argumentos con el fin de observar las repercusiones que esos sucesos tuvieron en la antropología practicada en Puerto Rico y viceversa. A modo de muestra, el autor desentrañará efectos que pudieron incidir en la política estadounidense que se pueden trazar a sucesos tan remotos como el asesinato de Trotsky en México o la persecución de los remanentes del gobierno fascista Alemán.
A pesar de que Antropología y Guerra en Puerto Rico presenta un cuadro sumamente tétrico en cuanto a temas que parecerían sacados de película– Control ideológico de Puerto Rico a partir de 1950, el ejercicio de operaciones contra los movimientos locales a través del COINTELPRO y la experimentación de campo con Puerto Rico –su mayor aportación es decirlo en un lenguaje capaz de activar suspicacia en el lector. No por eso el autor se limita a los “temas serios” ya que de vez en cuando nos presenta información reveladora y hasta divertida. A modo de ejemplo, un dato interesante se da cuando el texto comenta la intervención con el afamado antropólogo belga Claude Lévi-Strauss y su subsiguiente detención en Santurce por sospechas de que fuera un agente del gobierno Nazi.
A grosso modo, Antropología y Guerra en Puerto Rico es un libro que se lee con cuidado a pesar de su corta extensión. Las referencias a proyectos, leyes y figuras pilares de la ciencia antropológica lo hacen un libro enriquecedor en las manos de investigadores pero no por eso lo exime de una lectura amena por aquellos inexpertos de las ciencias sociales. La construcción de los capítulos es consecutiva y se libra de dejar una impresión escueta, como otras publicaciones, donde sólo se presentan cataplasmas y viñetas en espera de que el receptor haya hecho su propia bibliografía previa. A pesar de lo anterior, hay que darle mayor mérito a la labor integradora que hace Iranzo Berrocal, su libro desarticula la concepción de que el gobierno se desinteresa por la academia; todo lo contrario, la ha usado como arma y quizás la más efectiva.