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lunes, 18 de noviembre de 2013

Muñoz Rivera: discurso, política y periodismo

Pronto se cumplirán 97 años de la muerte de Don Luis Muñoz Rivera, el 16 de noviembre para ser exacto. Esto aflora en un momento en que la llaga económica pica como un mal que desespera e irrita. Además, ha explotado un debate –luego de que cuatro publicaciones extranjeras de suma importancia dijeran prácticamente lo mismo– acerca de si Puerto Rico tiene un problema estructural que redunda en una seria deficiencia de herramientas políticas.
www.boriken365.com

Con esa escena en mente, hoy llamo la atención para apuntar algo acerca del libro La pluma como arma: La construcción de la identidad nacional de Luis Muñoz Rivera de José A. Calderón Rivera. Un texto denso, de unas 400 páginas que recoge en sus líneas un análisis acerca de la figura de Muñoz Rivera y su rol como escritor y periodista entre el siglo XIX y XX. No obstante, lo crucial que ofrece el libro es acerca de cómo el prócer de Barranquitas se enfrentó a uno de los cambios políticos más difíciles de la historia de Latinoamérica utilizando lo que más sabía hacer: escribir.
Primeramente, Calderón Rivera apuesta a un libro de corte explicativo no para justificar las acciones de Muñoz Rivera, sino para expandir un estudio sobre su función como prosista en la historia política del país. De esta forma, para el autor– quien evidentemente sigue una entrelínea foucaultiana –el prócer de Barranquitas asumió un cambio radical en su forma de acercarse al problema político de Puerto Rico de primeros del siglo XX ante la transmutación de paradigmas que conllevó la invasión estadounidense en 1898. Así, Muñoz Rivera se presenta como un lector de las relaciones políticas de ambos imperios: si por una parte el gobierno español reposaba en las almohadas del inmovilismo y la dejadez con respecto al tema de Puerto Rico; por la otra, el gobierno estadounidense llegaba como una animal ansioso e inquieto, con una sed de reformas e intervención con el fin de borrar la huella peninsular de los asuntos administrativos de la Isla.
Con esto en mente, el autor deja entrever que Muñoz Rivera estuvo consciente de estos cambios y que luego de la invasión reconoció una permutación en las dimensiones del poder y el saber del gobierno central. Este elemento lo obligó a reformular su estrategia política dentro de las filas del Partido Autonomista. Por esa razón, si en primera instancia el político había ideado el famoso pacto Muñoz-Sagasta como un mecanismo de propulsión para su agenda autonomista, la transformación traída por la invasión estadounidense lo impulsó a abandonar la poesía para dedicarse de lleno a la cosa pública desde las imprentas de “La Democracia”.
http://flmm.org/noticias_128.htm

Hay que destacar que Calderón Rivera no mitifica ya que reconoce que Muñoz Rivera no comprendió cabalmente las relaciones del gobierno federal con los estados dentro del sistema federalista. Esto, a causa de haber realizado una lectura de la política estadounidense con la misma lupa que usó para estudiar el autonomismo canadiense. Además, el autor subraya que la intensión de alcanzar un gobierno propio para Puerto Rico fue muchas veces el catalítico para que la oposición política de Muñoz Rivera lo tildara de “antiamericanista” sin que este proporcionara un (contra)discurso efectivo para defender el hecho de que consideraba al autonomismo ser parte de una libertad que la democracia estadounidense debía garantizarle a los puertorriqueños. Así, Calderón Rivera subraya que:
“La independencia era el ideal de todos los puertorriqueños de acuerdo a Muñoz Rivera, aun cuando la historia de dominación de la isla no le había permitido expresar sus sentimientos patrios. La fuerza de dos imperios había logrado reprimir el deseo de libertad de la mayoría de los puertorriqueños, pero el germen de la soberanía absoluta se encontraba presente en la mente y en el corazón del pueblo. Sus expresiones recogían lo que realmente representaba su vida política: una búsqueda de libertad bajo unas condiciones controladas y cercadas por las fuerzas de la metrópoli”. (313-314)
Relacionado a esto, Calderón Rivera subraya -cerca de las páginas finales de su libro– que la interacción de Muñoz Rivera con la política estadounidense durante su puesto como Comisionado Residente lo acercó a la idea de un Puerto Rico independiente y soberano producto de la concesión de la autonomía por parte de Estados Unidos. En torno a esto el autor señala que Muñoz Rivera “…situaba sus esperanzas en lograr un régimen autonómico que sirviera de base para evolucionar hacia la independencia”. (342) Más adelante apunta que el prócer demostraba una latente “confianza en lograr la independencia de la isla en algún momento”. (342) Por tal razón, Calderón Rivera concluye que durante el periodo que duró hasta 1914, Muñoz Rivera anhelaba la autonomía “primero que cualquier otra conquista” y de no lograrla no era ajeno al concepto de la lucha revolucionaria.  
Como se puede apreciar La pluma como arma: La construcción de la identidad nacional de Luis Muñoz Rivera de José A. Calderón Rivera es un libro que invita a observar no a la figura de Muñoz Rivera sino a su capacidad de desarrollar discurso en miras a un cambio en la Isla. Este ejemplo cae bien luego de que en estas últimas semanas se haya planteado que Puerto Rico está sumamente deprimido y con pocas esperanzas de salir del atolladero económico-político que parece esparcirse como un hambriento comején.
Caricatura aparecida enPuerto Rico Ilustrado el 7 de agosto de 1910 y titulada Lázaro.
Colección de Dibujos de Mario Brau Zuzuarreguí, Biblioteca Universidad de Puerto Rico

La revisión de las ideas y las estrategias de aquellos líderes que vivieron en el ojo de la tormenta puede ser un faro confiable. Por esto no quiero que se me malinterprete, no aconsejo el enfoque en las ideas, sino en la forma en que los líderes deben ponerlas en praxis. De esta forma, vale poco el debatir si el autonomismo, la estadidad o la independencia son mejores en un “todos contra todos” pero sí es meritorio (re)considerar el valor que tiene el discurso y su ejecución en la política puertorriqueña, elemento este que, al parecer, los políticos contemporáneos han olvidado o, mejor dicho, sustituido por el buen “pitching” mediático y los “slogans”. 

lunes, 20 de mayo de 2013

La mala costumbre @ Cruce


Lo nuestro duele a veces. Un dolor distinto a la migraña de Doña Gabriela afectada por la vellonera en el segundo acto de La carreta. Un dolor distinto al hambre de Pequeñín en la prosa de Manuel Zeno Gandía. Es, sencillamente, otro dolor.
“La alegría de vivir se hallaba en el campo” dijo Miguel Meléndez Muñoz. No obstante, también apuntaba en Cuentos del cedro que “[e]sta alegría de vivir va diluyéndose hoy en la tristeza del paisaje y transmutándose en el dolor de vivir que desviriliza la existencia actual de nuestras masas campesinas.”
Es importante el uso del verbo pretérito en dicha sentencia. Una referencia al pasado, Ubi sunt que siempre llama. Ese pasado quedó retratado en El gíbaro de Manuel A. Alonso, quien reaparece ahora junto a Carlos Vázquez Cruz en su recién nacido, Malacostumbrismos.
El juego de títulos es inevitable. El gíbaro y Malacostumbrismos andan por ahí como primos lejanos, como que quedan “algo” entre ellos. Sin embargo, el texto de Vázquez Cruz— sol de este escrito —se distancia del camino trazado por Alonso. En puridad, toma la vereda. Se concentra en espacios olvidados por el progreso. Lugares en donde llegó la música, el agua potable, las escuelas y Muñoz Marín con zapatos para todos; pero en donde se quedó la pobreza, la miseria de corazón y la naturaleza humana cruda y devoradora, capaz de ahogar a uno en sus charcas.
De vuelta brevemente a Meléndez Muñoz, resalto la palabra “desviriliza”. En sí no es palabra ya, un cierto arcaísmo de aquella literatura de hombres y para hombres. Empero, se relaciona nítidamente con los cuentos de Carlos Vázquez Cruz ya que su aportación se suma a la nutrida literatura de tema homosexual que ha emergido con éxito en los últimos tres años.
Malacostumbrismos es una colección corta donde el poder de la ironía encara al “establishment” y se atreve a develar tabúes y prácticas que carcomen un mundo puertorriqueño protagonizado por el lumpenproletariado de las barriadas verdes.
Su primera pieza, “La gran familia puertorriqueña”, sirve de introducción suprema al tema que afrontará el libro. Para el ojo entrenado, es imposible no relacionar el relato con Literatura y paternalismo en Puerto Rico del Prof. Juan Gelpí. En el cuento se desmiembra a la familia disfuncional y se presentan sus componentes como objetos de dolor quienes, a pesar de sus dotes de clarividencia y espiritismo, no pueden comprender ni su devenir ni su destino.
Por otro lado, “Cómo se pela un huevo” es musicalidad salpicada de sarcasmo e ironía. Si algo produce el escrito, o por lo menos deja entrever, es que la definición de crueldad no tiene límites. Quizás uno de los relatos de más difícil edición para el autor: en él se deja ver que el personaje principal no es el sujeto sino su inocencia, elemento que es capaz de soportar las embestidas sexuales por el bien de “la familia”.
En otra instancia se encuentra “Malacostumbrismos” pieza que bautiza el libro y que vuelve a retomar la deconstrucción de la metáfora de “la gran familia puertorriqueña”. En este se continúa la confección meditada del morbo como motor de la trama y se trabaja el tema de lo siniestro con una naturalidad aplaudible a la Sigmund Freud.
Hay que destacar que el tema de la homosexualidad como identidad en los personas se presenta a veces unido a la marca del dolor. De esta forma la explotación y la incomprensión permean a los sujetos literarios que siguen la retórica de la “gran familia”. O sea, en algunos cuentos nos toparemos con una represión o supresión de la homosexualidad ya sea a través de los aforismos insulsos del “maricones en casa no” o “los machitos aguantan y no lloran”.

(Tomado de hundredzeros.com)
Además, el libro es un retrato de las “malas costumbres” que se esconden en las familias, con todo el sentido que esas bastardillas puedan añadir a la frase. En los cuentos de Vázquez Cruz se dispone de lo que ocurre tras bastidores, donde el ojo social se niega a escarbar.
Por otro lado, no resta mérito el hecho de que la mayoría de los contextos presentados se asocien con la pobreza y el aislamiento de los pueblos pequeños de Puerto Rico. Por esto me refiero a que Malacostumbrismospresenta sus historias en un contexto no urbano y se distancia así de Mundo cruel de Luis Negrón. De esta forma, el autor presenta una crítica social a través de la delineación de problemas que surgen principalmente de la pobreza, la marginación, la falta de educación y el maltrato. No obstante, no se malinterprete lo anterior calificando el texto como un recuento de pesimismos y desesperanzas ya que, en esencia, es un grito en contrario. Una propuesta que denuncia con su frecuente uso de metáforas y creación de imágenes tipo estampas.
Resta por mencionar que el trabajo editorial es de la más alta calidad. Erizo editorial ha lanzado una colección visualmente amena, con una diagramación que no se apresta a los excesos ni al fulgor de lo pomposo y exagerado. Por lo demás, Malacostumbrismos se une a una lista de libros que seguramente recibirá su reconocimiento por lo directo, irónico y bien balanceado de su lenguaje a la hora de construir cuentos que no sobrepasan las 10 páginas.

martes, 5 de febrero de 2013

Cuadrangular periodístico @ Cruce



Pueden ver el texto original aquí:

http://www.revistacruce.com/letras/cuadrangular-periodistico.html



     Han pasado más de 5 años desde que mi tío político, el Sr. Omar Marrero, me había confesado su intención de escribir un manual de periodismo. Fue en una de aquellas visitas fugaces a Trujillo Alto en donde, en medio de algunos refrigerios y charlas familiares, la idea había llamado mi atención. Apenas cursaba yo el segundo año de bachillerato; no tenía idea de que en el futuro iban a suceder dos cosas: que el libro se materializaría y que yo me iba a convertir en algo parecido a un periodista (aún cuando algunos no lo crean).
     Pasó el tiempo y yo sabía que el texto germinaba poco a poco. Así, en el 2011, vi en los estantesFundamentos del periodismo deportivo.
     Con toda la objetividad que se merece Marrero –profesor de comunicaciones, periodista continuo y taciturno nacido en septiembre–, creo que esta ha sido una de las mejores publicaciones de la editorial Terranova. El texto no sólo encara uno de los mitos más repetidos por los críticos de tercera, sino que lo destruye con una facilidad aplaudible: los periodistas deportivos son igual de profesionales que sus colegas de las mal llamadashard news. Quien diga lo contrario es novato o ignorante.
     Primero, hago énfasis en la calidad visual de la publicación, aspecto que conozco de antemano al dar fe de la preocupación de Marrero por desarrollar escritos llamativos sin sacrificio de la buena calidad informativa. Este elemento hace que el texto fluya con una sensación de orden y amenidad que, a su vez, da paso a una lectura agradable y entusiasta. Esto va seguido de otra de las cartas fuertes del autor: la pertinencia de la información que nos ofrece.
Marrero no sólo es veterano de más de cinco redacciones de noticias, sino que ha contribuido con sus talentos en calidad de editor y jefe de comunicaciones en actividades locales e internacionales. Por otro lado, no se puede dejar a un lado su carrera como docente en la Universidad de Puerto Rico. No cabe duda de que estas experiencias han hecho que el autor plasme en este libro la información más exacta y actualizada.
     No obstante, lo antedicho se queda corto ante lo que considero es uno de los triunfos grandes de este lanzamiento: la cristalina redacción. El autor logra sintetizar con sencillez, intercalar sus opiniones con las de expertos internacionales y dar un cierre a cada capítulo que, sinceramente, deja a uno sin la menor duda de que se haya quedado algo fuera del marco.

     En cuestiones de contenido, hay que subrayar la lograda historia del deporte y su periodismo tanto en Puerto Rico como en América Latina (en específico en el Gran Caribe). También hay una glosa de las tres grandes divisiones de la disciplina: la prensa escrita, la radial y la televisiva. Por su puesto, para ese toque contemporáneo, no puede faltar el que Marrero haya dejado un acápite para elaborar sobre la llamada convergencia de medios, sus efectos, tecnologías e implicaciones para el periodista deportivo (quien ha sido uno de los grandes protagonistas de este fenómeno).
     Fundamentos del periodismo deportivo no deja a un lado la parte técnica del oficio. A razón de ello, se dedican capítulos enteros a la explicación de las estadísticas deportivas, la terminología más usada en la profesión y hasta las consideraciones éticas de los comunicadores (a un grado tan puntilloso como el aconsejar acerca de cómo conversar, cuándo es el mejor tiempo para entrevistar y cómo debe vestir el periodista). En esta línea, cabe mencionar que uno de los consejos más destacados en el libro –luego del énfasis en la lectura y la interacción directa con eventos deportivos– es el mirar hacia los experimentados. Marrero reconoce la importante contribución de una vasta línea de predecesores quienes desde Puerto Rico, República Dominicana y otros países han sentado unas pautas metodológicas y técnicas que son de vital importancia dentro y fuera de la sala de redacción.
Tomado de guardian.co.uk
     Fundamentos del periodismo deportivo es un libro esencial en la biblioteca de todo periodista deportivo. No obstante, dejo abierta la puerta para aquellos otros comunicadores que quieran aventurarse a este mundo. La moraleja es simple, saca a un periodista deportivo del juego, ponlo en otro contexto y es muy probable que logre su historia. Sin embargo, saca a un periodista de negocios, envíalo al terreno de juego y es altamente probable –salvo que sea fanático de la disciplina– que no cumpla el cometido.
     A modo de colofón, Fundamentos del periodismo deportivo llegó en un momento crucial en mi vida cuando me desempeñaba en múltiples tareas en el anhelado Hoy en la noticias de Radio Universidad de Puerto Rico. Entre ellas, la de sustituir al querido amigo Manuel Torres en su sección deportiva (quien en realidad es insustituible por su precisión y disciplina religiosa a la profesión) y la de entablar conversaciones e investigaciones deportivas con la promesa periodística que es Héctor “Titito” Rosa (quien hace poco se convirtió, oficialmente, en mi concuñado). Sinceramente, yo no sabía en lo que me metía, pero la publicación de Marrero me salvó de bochornos y errores en una rama periodística que requiere cuidado, exactitud y mucho dinamismo.

domingo, 21 de octubre de 2012

La resurrección de las letras @ Cruce

Saludos nuevamente:

Aquí dejó el enlace para la más reciente colaboración con la revista Cruce que data el impacto de la novela El monstruo de Manuel Zeno Gandía:

http://revistacruce.com/letras/la-resurreccion-de-las-letras.html



Foto tomada de
mythsofthenearpast.blogspot.co


La resurrección de las letras

     ¿Literatura es todo aquello que se publica o todo aquello sujeto a la interpretación por ser expuesta a través del lenguaje? ¿Podría ser el dietario de una familia? ¿La nota de despedida de un suicida en una servilleta? ¿El recuerdo detrás de una foto o la obscenidad que se diserta en el cubículo de un baño?
Para mi literatura es mucho más que lo que se publica, mucho más de lo que meramente se puede leer. Sin embargo, qué hay del devenir de aquello que nunca ve la luz del mundo. ¿De aquello que yace oculto debajo del sofá, del catre? ¿Qué pasa con esos versos sublimes que cada noche deposita ese maravilloso fulano en la parte más discreta de su ropero?
     Quizás hoy la contestación no rebasará de un mero encoger de hombros. Quizás ese fulano ni se entere de que pensamos en él. O tal vez, por eso de ser cordial– y de hacerle un favor a la complicidad con que llevamos esta nota –, cada noche el fulano ese se emociona al desear que alguien lo pondere y que ese pequeño volumen de versos siniestros llegue en algún momento a ver la luz.
     Pasa, a veces es inevitable la conspiración de la casualidad/causalidad. Sin más ni menos, el ejemplo que hoy traigo como muestra es el de Zeno Gandía. Su novela más reciente– la dulce ironía de escribir semejante enunciado– demuestra no solo lo que el escritor puede llegar a convertirse luego de lo inevitable, sino aquello a lo que la literatura debe su aleatoriedad y belleza: el ser un elemento humano incontrolable.
     Bajo el título de El monstruo, en el sello de la Editorial Tiempo Nuevo, Zeno Gandía nos presenta una narrativa precoz, no por ello lacaya, donde se diserta sobre la naturaleza humana, la estética y la moral. Escrita en 1878, la pieza se descubrió hace unos años entre los papeles del célebre autor de La Charca. Clasificarla es un ejercicio azaroso por ser la obra un ejemplar que no pasa de las 80 páginas (y esto incluyendo el estudio inicial hecho por el Dr. Miguel Ángel Náter): puede ser un cuento largo o una novela corta, sumamente corta.
     La importancia no solo radica en la forma, algo que ineludiblemente pasa factura sobre los estudios biográficos de Zeno Gandía y su desarrollo como hombre de letras, sino que el tema es materia gozosa para los puertorriqueñistas. De un tirón, El monstruo puede ser resumido como la novela en donde la pareja perfecta se enfrenta a la incertidumbre de la naturaleza al concebir un hijo deforme. La familia sufre al no saber cómo afrontar el suceso, por un lado, la madre adopta una actitud de complacencia y amor hacia el fruto de sus entrañas mientras el padre asume una coraza de estoicismo al ver que su engendro no cumple con los modelos estéticos anhelados.
     Zeno Gandía esboza aquí algunos elementos del romanticismo del XIX a la vez que peregrina hacia esa actitud estética que moldeará la gran novela naturalista, su magnum opus, La Charca. Como señala Náter, orbitarán en el texto unos encontronazos fuertes entre lo bello, lo extravagante, lo grotesco, lo ideal, lo estético y lo moral.
     Sin embargo, la obra también tiene un efecto en el estudio de las otras literaturas. Así lo subraya Mario Cancel al anotar en su lectura que la influencia de los elementos del XIX en los escritores del 1930 es palmaria. No obstante, y sin criticar lo aseverado, ¿podría haberse dado otro tipo de dialéctica si El monstruo hubiese visto la luz en la década de 1880? Sin ningún vicio de duda, la contestación va en la afirmativa. Esto a razón de que el propio Zeno Gandía ya no puede ser visto desde la misma óptica. El Zeno de La Charca ya no existe, ha sido suplantado por un médico mucho más joven, recién llegado de sus estudios en el extranjero y que, de línea en línea, busca una voz y un discurso en el Puerto Rico pre-invasión.
     ¿Y cuál es el lado oscuro? ¿Qué problemas presenta la aparición de una nueva etapa en el autor? Sinceramente, no bastan siquiera estas páginas para hacer calco a todas las interrogantes que los académicos se pueden formular en torno a esta súbita pendiente en una de las piezas del llamado canon isleño. No obstante, a los lectores– tribu mía –les fascinará la profundidad del argumento y les desmotivará lo cortísima que es la obra.
     El monstruo es lectura de velocidad, el hambriento sólo tendrá ante sí un canapé, y sin darse cuenta se ha formado como crítico y compartirá de una de las supuestas complicidades de Zeno: Que El monstruo es el entrée al plato fuerte que será Crónicas de un mundo enfermo. Segundo, existe la posibilidad– y esta parece ser la que más me inclino a favorecer –de que El monstruo sea la búsqueda, esa exploración del joven autor donde tantea hacia qué estilo desea dirigirse. Posiblemente, y esto es un posiblemente de los que se subrayan, El monstruo es una novela incompleta, un borrador de Zeno Gandía el cual no cumplió inicialmente con sus expectativas y que engavetó para futuras incisiones una vez el tiempo permitiera el trabajo literario.
     Fundamento la segunda opinión en dos supuestos. El primero, que Zeno Gandía debió estar ocupadísimo tras su regreso a Puerto Rico tanto en la cuestión de iniciar su práctica médica como en la de buscar qué hacer y dónde vivir (posiblemente aquí se cuela un con quién vivir). Segundo, el archivo de la obra entre sus papeles muestra un indicio de esperanza: ¿Por qué no quemarla o destrozarla? ¿Deshacerse de ella? ¿Por qué no menciona o hace referencia a ella en otro lugar? (Aquí los expertos pueden acotar si se hizo o no esa referencia, elemento del cual nunca he tenido noticia)
     Queda pues esa leve suposición de que Zeno Gandía deseaba volver a trabajar en su obra, refinarla, completarla, hacerla más extensa y quizás mejorar sus argumentos. Sin embargo, la vida de médico en la transición de siglo, los brotes de enfermedades que impactaron la Isla, atender la familia, involucrarse en el debate público y a su vez culminar las tres obras literarias que tenía en las costillas, pueden ser suficientes alicientes para sostener que la novela es un proyecto literario.
     A pesar de todo lo anterior, mi observación es sencilla: La Charca no será la misma, lea El monstruo y verá. Zeno Gandía ha resucitado y clama por sus lectores.

sábado, 5 de noviembre de 2011

Revista Cruce : Artículo sobre Agustín Fernández Mallo

http://revistacruce.com/letras/fernandez-mallo-innovacion-literaria-y-experimentacion-de-la-palabra.html

Enlace a una colaboración reciente en Cruce...


Fernández Mallo: Innovación literaria y experimentación de la palabra



Una amalgama de relatos, un experimento a fuerza de somníferos, una hoja que tiene dibujados las vibraciones del último sismo, un pluviómetro con hongo o el paraguas de la Maga que se rompe en un París lluvioso. Para algunos son meras coincidencias. Para Fernández Mallo puede ser el inicio de una novela.
Espejuelos de pasta, flaco –de aspecto alto, aunque nunca lo he visto de frente–, con el pelo lacio que le cae largo hacia atrás entremezclado con una calvicie prematura en el área frontal. A veces se deja ver con camisas de cuadros y una mirada escéptica: en realidad es un tío (como dicen los españoles) que invita a parar la lectura y ver qué se trae entre manos. Un poeta laborioso y un prosista inventivo. Geográficamente, natural de La Coruña, España.
Agustín Fernández Mallo es un graduando de Ciencias Físicas que ha logrado desarrollar una literatura capaz de identificar a una juventud que empieza en los 20 y llega a los 40. Si muchos han tratado de acaparar –para bien o para mal– lo polifacética y rápida que puede ser esta generación, Fernández Mallo seguramente ha logrado conglomerar más que eso.
Si bien ha escrito desde mucho antes, su primera publicación de renombre fue Yo siempre regreso a los pezones y al punto 7 del Tractatus, publicada en el 2001. En esta tirada Fernández Mallo se lanza al ruedo literario con el epíteto de poeta, blandiendo ante los críticos su concepto de la “Poesía Pospoética”, una escritura que adopta mucho de las ciencias y acapara todo lo que posiblemente puede ser material narrativo (me atrevo a hacer la comparación de que son versos estilo hoyo negro, o sea, absorben). A modo de ejemplo:
yo mismo a veces creo haber defraudado tanto
que me entregaría al cuerpo de cualquiera,
a lo que es pura ruina y carencia
y como el agua oscurece.
Me muero por piratear esta noche
los 50 gigabytes de tus pezones,
y qué más da Punk No Dead que Opus Dei Forever
si te imaginas que al final el cielo fuera sólo un anuncio
de papel Albal nos tararea Sr. Chinarro
en la ranura de tu sexo. Hay una aparente paradoja
en todo esto: envasado al vacío nos vendemos tiempo.[1]
 La poesía de Fernández Mallo se balanceó bien en las manos de los lectores españoles, no obstante, fue su incursión en la narrativa lo que le alcanzó el respeto de muchos que, desde los espacios cibernéticos, habían ansiado una voz que contara el modo de ver la modernidad, así como la velocidad y la experimentación entremezclarse con la angustia juvenil del siglo 21.
Ante esas exigencias, y su continuo afán por la innovación, el también autor de Carne y Pixel se aventuró en el llamado “Proyecto Nocilla”, una triología que avanzaría como la espuma. Así su primera novela Nocilla Dream fue bien acogida por la crítica española.
Nocilla Dream sentó las bases para una narrativa aguda donde lo principal no son los personajes sino cómo estos se desdoblan en un mundo que parece presionarlos a la innovación. En este ejemplar se empieza a develar el juego con las secuencias y el carácter de lectura a salto que rememora a laRayuela de Cortázar.
De esta forma, en la entrada número 74 –y acuño la palabra para acrecentar la sensación de experimentación– el autor enarbola una narrativa donde el personaje se observa como desde unos prismáticos: 
En su imparable obsesión por la experimentación en la grabación de ruidos y su posterior procesado para darles una forma sinfónica, el joven Sokolov ya sólo se dedica a registrar en su grabadora las entrañas de las casas que, como él ha descubierto, están recorridas a cada instante por un canal ramificado de sonidos únicamente audibles con aparatos creados en su mayoría por él a tal efecto.
La segunda entrega del proyecto advino en el 2008 bajo el nombre deNocilla Experience. No en vano, el título prácticamente desnuda la obra, ya que en esta apuesta el autor se muestra mucho más inclinado a su llamado “reciclaje” literario. Con esto, adopta de múltiples fuentes, –Apocalypse Nowde Francis Ford Coppola, El pop después del pop de Pablo Gil, así como una nutrida lista de entrevistas y reportajes variados– figuras e imágenes que, aun estando aisladas, sirven de entremeses entre la acción y reacción de sus personajes.
La tercera entrada de Fernández Mallo fue Nocilla Lab, de la cual se dijo que dio un poco más de cohesión al concepto de la triología. Esta vez el autor afrontaba el papel con un enfoque más creativo donde la ciencia estaba más presente (en especial la Física). Si algo caracterizó a la publicación fue el hecho de llevar el concepto del reciclaje a instancias pocas veces tocadas por la literatura de nuestros días, así, y a modo de ejemplo, hasta las imágenes del desastre de Chernobyl se convierten en el microcosmos de algunos personajes (algo igual se había hecho en Nocilla Experience con el tema de los pueblos abandonados).
A pesar de lo experimental y lo inusual de la literatura de Fernández Mallo, su apuesta sigue intrigando a muchos lectores por entender que su visión de lo que es la cotidianidad y la estructura de un libro es única. La experiencia que deja a veces se puede comparar con los resultados de una búsqueda en “Google” o –en un sentido mucho más “clásico”– un enorme collage donde se unen bocetos y datos. No cabe duda de que Agustín Fernández Mallo es un escritor para una era cibernética, poblada de variables y donde la política y el amor se desintegran mutuamente. Un autor muy difícil de conseguir en estas latitudes, pero muy exquisito hojear. 
Notas: