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lunes, 21 de mayo de 2012

El toque de la campana (@ Cruce)



Saludos nuevamente a aquellos que se dan la vuelta por este espacio.

http://revistacruce.com/letras/el-toque-de-la-campana.html


Estudiar la historia política de Puerto Rico es un ejercicio que se nutre a diario. Nada más se puede esperar de uno de los pueblos más activos en el proceso democrático. La efervescencia, el candor y el debate han sido parte de nuestro desarrollo social, de nuestra idiosincrasia isleña. La forma de hacer política, de discutirla y de analizarla es sumamente distinta a otros cuerpos antillanos. A pesar de ello, no puede negarse que todavía existe un largo trecho por trazar. La historia de la participación electoral puertorriqueña es un infante, sus hechos todavía son cercanos y hasta latentes– aún cuando el pueblo los olvide de un zarpazo – y son estos elementos los que fomentan que cada publicación sobre el tema se escoja con cuidado, se estudie puntillosamente y se aplauda (de ser necesario) con esmero. Para mi agrado, en este proceso analítico me he topado con una publicación primeriza de un intelectual joven.
El libro es en sí el arduo trabajo doctoral del colega Carlos Mendoza Acevedo, titulado Partido Acción Cristiana en la política puertorriqueña 1959-65. Este texto presenta un análisis profundo del impacto del Partido Acción Cristiana (en adelante “PAC”) en la historia y política moderna de la Isla.
Posicionar la publicación es un ejercicio maleable ya que puede ser bien acogido tanto por historiadores, científicos políticos y sociólogos. Su contenido divaga entre dichas materias pero se inclina por ser una mirada analítica del desarrollo (concepción, acción y decadencia) del movimiento en pro de la llamada Democracia Cristiana en Puerto Rico y su organismo propulsor, el PAC.
La redacción es netamente científica y se ve regida por la estructura expositiva y metódica de una tesis doctoral. No obstante, a pesar de verse circunscrito a este estilo, Mendoza no deja de ser un narrador conspicuo que lleva al lector a conclusiones válidas que son aderezadas por las numerosas fuentes bibliográficas, tablas y demás piezas históricas que sustentan sus conclusiones.
Varios son los planteamientos del autor, de entre los cuales se destaca el anotar que el PAC falló en promover el concepto de Democracia Cristiana de manera efectiva. Mendoza enlaza su conclusión a la del profesor Samuel Silva Gotay, al señalar que fueron muchos los escollos que atravesó el partido a la hora de desarrollar un concepto político sólido, capaz de enfrentarse a las ideologías predominantes en los partidos de entonces.
Para Mendoza la avalancha de críticas hacia el vínculo del PAC con la Iglesia Católica, el anticlericalismo y la presencia, en su mayoría, de jerarcas eclesiásticos de origen estadounidense, fue el catalítico para que la colectividad se viera imposibilitada de fundamentar los axiomas de la Democracia Cristiana.
No obstante, vale resaltar que este fenómeno político no ha sido acogido con mucha complacencia en otros países latinoamericanos. Así, en el caso de Perú, Vargas Llosa apunta que el movimiento era, en cierta medida, irrealista.[1] Dotado de líderes que venían de clases acomodadas, sin una pizca de conocimiento sobre los vejámenes de la mayoría popular peruana. Por otro lado, Clodomiro Almeyda señala que, más allá de Venezuela y Chile, la Democracia Cristiana sólo fungió como una tendencia del centro encaminada al reformismo y la tecnocracia.[2] Por lo cual, al sumar estas observaciones a las hechas por Mendoza Acevedo, se puede observar que sus conclusiones en cuanto al impacto de la Democracia Cristiana en Puerto Rico son más reveladoras para muchos planteamientos políticos contemporáneos y posicionan el análisis del autor a la par con las conclusiones expuestas por otros politólogos latinoamericanos.
Contrario a otros países en donde el movimiento logró acuñar un mínimo de poder político en masas de clase tecnócrata, empresarial y algunos jóvenes, en Puerto Rico, el PAC no pudo configurar y definir el concepto de Democracia Cristiana para dotar a sus seguidores de una ideología política consistente con la cual enfrentar a los demás partidos. Tales son las palabras del propio Mendoza.
Otro de los elementos que el autor subraya es el hecho de que el PAC cesó en el 1965 vis a vis la noción de que terminó en el 1960. Esto es, sin lugar a dudas, uno de los elementos que posiciona a Carlos Mendoza Acevedo como un historiador de primer orden al atreverse a refutar una noción generalizada sobre la muerte de un partido político– elemento que, en sistema como el nuestro, no puede ser soslayado vagamente–. Sin embargo, la aseveración del autor– que en sí pone (respetuosamente) en entredicho los escritos de María Mercedes Alonso, Samuel Silva Gotay, así como la Dra. Lourdes Lugo Ortiz – no es liviana ni enjuta, sino que se sustenta en un rastreo con vicios de bibliófilo en el cual el autor ausculta trabajos publicados e inéditos que analizan el periodo de existencia del PAC. A toda luz, lo enunciado por el autor es cierto y abre la posibilidad de analizar un periodo político para el PAC que ocurrió “por debajo” del radar popular y mediático.
Resta mencionar que el trabajo de Mendoza Acevedo arroja mucho albor sobre la figura del Lcdo. José Luis Feliú Pesquera, tanto así que gran parte de los capítulos no pueden escapar de su aura. Empero, vale mencionar que la tendencia no se juega en vano ya que, a pesar de no haber sido uno de los candidatos a los llamados “puestos grandes”, Feliú Pesquera fue la carta de presentación del PAC. Su conocimiento, experiencia política y desenvolvimiento internacional lo revisten con el título de líder máximo del partido.
Si algo está claro es que el PAC tiene más que contar sobre sus otras figuras pilares. Nada más con leer los últimos capítulos de Partido Acción Cristiana en la política puertorriqueña 1959-65 se percibe una intención de desenmascarar mucho más que los eventos oficiales del partido. Existe un oscuro pasaje sobre las trifulcas internas del PAC y los intentos de revivirlo así como su correlación e influencia en las plataformas políticas de los demás partidos corrientes.
            Por el momento, los adictos a la historia deberán conformarse con la aportación de Mendoza Acevedo la cual, no en vano, puede laurearse por ser un complemento necesario en cualquier curso de historia o política.


[1] Mario Vargas Llosa. El pez en el agua. Editorial Santillana. (2010). Pág. 319-20.
[2] Clodomiro Almeyda. La democracia cristiana en América Latina. Revista Nueva Sociedad. Núm. 82 Marzo-Abril de 1986. Págs. 139-49.

jueves, 17 de mayo de 2012

Klindo (@ .Crudo)



Otra más en .Crudo

Para el texto pueden acceder a:
http://www.crudoprod.com/klindo/


     He comprado una cosita pequeña y oscura. Un tanto barata para las posibilidades que tiene pero, sobre todo, capaz de subsistir bajo la amenaza rotunda de mi cónyuge al crear hipérboles que aseguran que nos vamos a inundar de páginas si llego adquirir un libro más.
     “Ni uno más” dijo, ni un anaquel más porque, según ella y sus hermosos ojos, hay más sitios para acumular libros que para acopiar cosas necesarias como ropa, comida y parafernalia cotidiana (A lo cual me atrevo a preguntar: ¿Cómo sería una casa llena de libros, incluso dentro de la estufa y debajo de la nevera?).
Vanidad de vanidades dirán, pero que mucho me ha emocionado el entrar tanta literatura en él aparatito. Como si yo anduviese con toda Alejandría debajo de un bolsillo cucando a los bibliófilos y zarandeando a los bibliotecarios. Porque de eso se trataba todo aun cuando admito que fue de gran ayuda al estudiar para la reválida de abogado. Fue útil andar con todos los repasos y los casos y los llamados pedefes para arriba y para abajo. Leyéndolos en la fila del banco, en la panadería al esperar el revoltillo con jamón y queso suizo, y también cuando el viejo me daba pon para ir a ver (q)uestiones de librerías, doctorados y vainas académicas que tanto nutren.
     La curiosidad, esa que dicen que mata felinos, siguió el curso normal de las aguas y me atreví a impulsar lecturas en el anglosajón moderno y de antaño en el dispositivo electrónico. Cosas que no había podido adquirir en los dos intentos de ahogarme en textos: el primero el bachillerato en Estudios Hispánicos (muchas cosas en el exquisito castellano) y el segundo el Juris Doctor (muchas leyes, casos y más casos). Al final del día mezclaba lo aprendido en ambos trances, analizaba cuáles textos me convendrían y hacía piruetas con las leyes y tratados de derechos autor y propiedad intelectual para ver qué presas estaban indefensas y solitas en algún rincón olvidado de la internetz. Poco a poco fui llenando los llamados “folders” con cosas en varios idiomas, cosas en pedefes y mobi y en cuanto formato pudiese con tal de pasar estos miopes por encima de las letras y gozar esa cosa nítida que la literatura, un café y una lluvia de tarde en Moca (único pueblo de cuatro letras, broder) ofrecen.
     Más gatos internos fueron anquilosados mientras me adentraba en las fauces cibernéticas de la maquinita maravillosa, el semi-aleph, como le digo a veces. No obstante, lo cierto es que este mundo de las letras es un enorme río donde se buscan pepitas de oro pero a veces se encuentran cosas más repulsivas. Y sufrí, desocupado lector, sufrí al toparme con un mundo norteño en donde cualquier imbécil escribe una cosa con el poder de hacer que un muchacho se suicide o una quinceañera (o sesenteañera) se tatúe sus bellos (viejos) omoplatos con cuestiones absurdas. A veces, demostrando que el capitalismo siempre se parecerá a la “yararacusú … enrollada sobre sí misma”, porque encontré cosas a 99¢ que son peores que las comidas que te venden en los “value menu”.  
     Entonces es que llego a ese momento de la verdad, en donde uno se cansa de darle para atrás y para adelante a los botones que mueven las páginas (que jamás vas a tocar) de los libros que nunca vas a diferenciar entre edición de 1825 y la de 2009. Apenas pasan cosas así y te demuestras que somos seres materialistas, que funcionamos palpando las cosas y no sólo pensando en ellas. Poco a poco se medita en este asunto mientras uno escribe una columnita para una revista cibernética. Ves tus manos tecleando y necesitando pausar para agarrar algo que te saque de todo este asopado de malabares que llamamos isla. Miró para el lado, en el librero de la izquierda (estoy rodeado de libreros) allí yace palpitante un edición blanca y negra de Don Quijote y más allá un marcador de libros hecho en mundillo que me obsequió mi tía Eda (el marcador más hermoso que he visto). Miro el computador y el librero; el computador y el librero y la maquinita negra llena de libros y cosas que cabe en un bolsillo: no puedo con la tentación de ir a ese lugar de la Mancha, pero esta vez me voy “oldstyle” y le digo adiós a la maquinita electrónica, a la Alejandría portátil.

miércoles, 8 de febrero de 2012

Entuertos...

Entuertos[1]
A Cezzane Cardona,
con agradecimiento a Edgardo Nieves Mieles,
eterno coconspirador…

Un día habíase quedado Zaratustra dormido debajo de una higuera, pues hacía calor, y había colocado sus brazos sobre el rostro. Entonces vino una víbora y le picó en el cuello, de modo que Zaratustra se despertó gritando de dolor. Al retirar el brazo del rostro vio a la serpiente: ésta reconoció entonces los ojos de Zaratustra, dio la vuelta torpemente y quiso marcharse. «¡No, dijo Zaratustra; todavía no has recibido mi agradecimiento! Me has despertado a tiempo, mi camino es todavía largo.» «Tu camino es ya corto, dijo la víbora con tristeza; mi veneno mata.» Zaratustra sonrió. «¿En alguna ocasión ha muerto un dragón por el veneno de una serpiente? - dijo. ¡Pero toma de nuevo tu veneno! No eres bastante rica para regalármelo.» Entonces la víbora se lanzó otra vez alrededor de su cuello y le lamió la herida.
Nietzsche, Así habló Zaratustra, “De la picadura de la víbora”
¿Sabe el escritor recién parido lo que dijo Lope de Vega, magnífico dramaturgo a veces y cabrón mayúsculo siempre?: “Ningún escritor es tan malo como Cervantes”. 
Luis Rafael Sánchez, “La piel de la palabra”, 21 de agosto de 2011

Supuse, por cuestiones de la casualidad, que prontamente aparecerían reseñas y comentarios en torno a mi libro Ficciología en los meses de enero a marzo del 2012. De entre éstas, la de El Nuevo Día me era de especial interés por saber, casi con un grado de misticismo, cómo sería en términos de redacción y comentarios.

No me sorprendió la mañana del 5 de febrero cuando Ficciología apareció en una esquinita de la Revista ¡Ea! (Página 18, para ser exacto) bajo el título “Cuentos de un escritólogo”. La nota (por llamarla de alguna manera y de esto hablaremos luego) fue desarrollada por la Dra. Carmen Dolores Hernández y consta de unos 132 vocablos–de las cuales descarto unas 15 ó 18 palabras por ser meramente menciones de algunos de los cuentos que conforman la colección– y una foto de la portada.
Para que no queden dudas sobre el contenido, el cual no puede ser copiado de la web, me atrevo a hacer una transcripción ad verbatim del mismo:
… temas diversos, cuya calidad es igualmente diversa. Los hay logrados …; los hay francamente decepcionantes … Los desaciertostienen que ver con una excesiva complicación de la narración…
Lo desastroso, en ambos casos, es el poco cuidado en la edición. Hay errores ortográficos crasos y el frecuente mal uso de las palabras redunda en una redacción defectuosa… 



Carmen Dolores Hernández. "Cuentos de un escritólogo". El Nuevo Día. Revista Ea!. Pág. 18. 5 de febrero de 2012. (Negrillas del autor)

Como se puede apreciar, la visión de la crítica establece un tono generalista en el cual predominan los adjetivos “decepcionantes” “desaciertos” “desastroso” y “defectuosa”. Todos con la misma letra con que comenzó la nota, o sea, al hacer acopio de las palabras “diversos” y “diversa”. Este elemento un tanto artístico –parece un tautograma– no es excluyente de la palmaria ausencia de fundamentos con los cuales se pueda medir el porqué de los adjetivos. Así, existe cierto grado de arbitrariedad o, a mejor decir, una espontaneidad en cuanto a las bases para determinar el valor del contenido de la publicación.

En cuanto a qué es este ejemplar, aduzco que no es “crítica” por carecer de elementos teóricos o ejemplificativos que lleven al lector a acuñar el alcance artístico de la obra en base a un marco crítico. Por otro lado, no es una reseña ya que no podría calificarse de una noticia  y consecuente examen de una obra con un fin informativo sobre su contenido. (En esencia, no cumple siquiera con los requisitos mínimos de una nota periodística dentro del axioma contemporáneo de la información glosada siguiendo la doctrina de la “pirámide invertida”) Luego de un análisis diferencial sobre la manera en que está redactada la pieza es casi forzoso concluir que esto es una simple nota, un comentario impreso que más se adecua a las formas de un epitafio – y al parecer tiene esas intenciones–.
Por eso de no “dejar al lector con ganas de mas”,[2] tomaré el atrevimiento de exponer algunos comentarios críticos u observaciones objetivas en torno a este fenómeno literario/periodístico. Primeramente, hay que dar la avanzada con la aclaración de que el contenido del escrito, por presunción, es de la autora. Algunas personas me comentaron que existía la posibilidad de que fuese un tercero el que haya insertado o cambiado la nota. Este elemento es altamente improbable ya que todas las “reseñas” son bautizadas con las siglas “CDH” indicativo de la autoría de la Dra. Hernández.[3]
Además, otros me han comentado que la libertad “periodística” o “crítica” de la Dra. Hernández se encuentra limitada por la mano editorial del periódico. Me han dicho que lo escucharon de su propia boca, lo cual entiendo que es muy cierto ya que un rotativo tiene el derecho constitucional de plasmar el contenido que desee, de la manera que lo desee. Sin embargo, considero que el acto de colocar las iniciales al final de cada nota, así como el factor de plasmar el correo electrónico de la autora al pie de la página son muestras de que la redacción es personalísima de la Dra. Hernández. O sea, si bien el contenido (los libros que se seleccionan) sigue unas pautas, lo que se escribe de ellos es pura creación de la profesora.
Esto lleva a cuestionarnos varias cosas. Lo primero es considerar la abalanzada queja por parte de muchos escritores puertorriqueños en cuanto a que esta sección de la Revista ¡Ea! reseña mayormente libros extranjeros y descarta a los locales. Esto ya ha quedado virtualmente claro pues sabemos o colegiamos que la autora ha testimoniado que es una política editorial ajena a sus funciones. Empero, ¿por qué entonces cuando sí aparece un libro puertorriqueño se le acribilla la mayoría de las veces?[4]
Para ser más prácticos, ejemplifico: Si se me exigiese escribir, primordialmente,  de libros extranjeros, ¿por qué utilizo el poco espacio que tengo para mancillar a autores locales? ¿No sería más provechoso usar dicho espacio para hablar bien de alguno que otro libro autor local? Más aun, sobresalta la gran interrogante: Si el libro en verdad no me gustó mucho, ¿por qué elijo que publiquen semejante nota? ¿No sería mejor dejar ese espacio para un libro verdaderamente merecedor de una reseña?
Estas preguntas surgen por un colegiado de interlocutores con los que he podido dialogar desde hace varios meses, quienes han visto sus obras enfrentarse a la imponente figura de la Dra. Hernández. Así, en un pasado no tan remoto, accedí en la defensa de Cezzane Cardona cuando la pluma de Hernández prácticamente destrozo –con ataques personalistas– la obra La velocidad de lo perdido.[5] En otra ocasión escuchaba como el autor de la historia del Colegio de Abogados de Puerto Rico, el Dr. Carmelo Delgado Cintrón, me comentaba como un domingo vio su publicación por el piso y luego, esa misma semana, cuando se celebraba una actividad en torno a las Cortes de Cádiz, la propia Dra. Hernández lo saludó y felicitó como si nada hubiese pasado. O sea, estas cosas pasan, esta vez me tocó a mí, o mejor decir a mi libro.
Por eso, aunque no estoy en total desacuerdo con la Dra. Hernández (con esto quiero decir que hay algunos de mis cuentos que ni yo soporto) considero que existe una desigualdad muy marcada en su reseñas. En primer lugar se encuentra esa tajante arbitrariedad con que dice “esto es bueno y esto es malo”, “esto sirve y esto otro no”. ¿De dónde saca semejante autoridad? ¿Bajo qué marco crítico? ¿Con qué fuentes? Simplemente sorprende la forma en que toma un puñado de mis cuentos y los pone a diestra y siniestra, como si fuese el juicio final de la literatura.
Sin dudar de sus cualificaciones como perita en literatura, encuentro que es un acto sumamente caprichoso el estar hablando sin fuentes objetivas que le demuestren al lector la razón de sus conclusiones. Un análisis de contenido no puede hacerse a estas expensas. Si bien el crítico está en todo su derecho de pasar juicio sobre una obra, eso no da derecho a hacerlo defectuosamente. O sea, hay que ser buen crítico y establecer un estándar de referencias, lecturas comparativas e identificación de fuentes literarias o críticas que den base a un comentario de altura sobre la obra. Más a fondo, un crítico no tiene inmunidad, tiene su título en juego, su prestigio y la estima como persona que justiprecia la literatura. En sumatoria, la forma de criticar revela las bases de su calidad intelectual y moral. No sólo hay que observar qué escoge para criticar, hay que ver cómo lo critica, con qué lo compara y cómo lo yuxtapone.

En segundo término (y circunscribiéndonos a lo que pasó con Ficciología), si se comparan las reseñas de Desperate Romantics de Franny Moyle y Van Gogh. The life de Steven Naifeh y Gregory White Smith (que aparecen en la misma página) se puede percibir un estilo completamente opuesto a aquel utilizado para referirse a mi texto. En cuanto al libro de Moyle, la nota es de unas 1,000 a 1,200 palabras en las cuales no se menciona nada despectivo de la publicación que motivó a hacer la serie de televisión de la BBC. En la evaluación de estos trabajos se aplaude con ahínco su contenido y no se cae en las rudimentarias observaciones sobre un error tipográfico o un error de edición.
Por tal razón, debo comentar que yo no fui el corrector de mi libro. El trabajo de edición se le delegó TOTALMENTE al Instituto de Cultura Puertorriqueña. Ni siquiera hice una lectura final del trabajo previo a su publicación, nunca me llamaron para ello a razón de que di mi anuencia para cualquier cambio y estaba enfrascado en mis quehaceres de jurista. O sea, para tenerlo BIEN claro, una cosa es el trabajo del artista y otra cosa son los errores editoriales o de impresión (quien trabaje en un periódico sabe eso y más). Ergo, no se le puede echar toda la responsabilidad al escritor por aquello que es responsabilidad editorial. Así, uno de los errores de esta nota es no diferenciar con precisión dónde termina la labor del autor y dónde comienza la del corrector. (Muy similar a lo que le acaeció a la novela de Cardona)
Pero hay más. En un tono mucho más personal, me encantaría ver la cara de Sra. Franny Moyle, así como la de Steven Naifeh y Gregory White Smith cuando lean la reseña. Irónicamente, existe una enorme posibilidad de que nunca lo hagan porque las notas de la Dra. Hernández no se pueden acceder a través de la web y, es muy improbable que el Sra. Moyle se levante un domingo a comprar El Nuevo Día en el colmadito de la esquina allá en Reino Unido. A toda luz, las reseñas que compartieron espacio con Ficciología son una mesurable pérdida de espacio informativo así como de tinta impresora ya que no hay muchas opciones para que los autores vean la reseña; sin dejar a un lado, el hecho de que los lectores no pueden auscultar dónde adquirir semejantes libros tan bien reseñados en el rotativo nacional.
Pero por estas nimiedades no me tomen a mal. Me siento bien con la nota de la Dra. Hernández. Esto a razón de que el gran entrampamiento que es Ficciología se ha cumplido a cabalidad. La intención de la redacción, el tono y la forma en que está escrito el libro es una recreación literaria del concepto “ficciología” de Quince Duncan. O sea, y en palabras del propio costarricense:
Se ha propuesto el término ficciología (“Visión Panorámica de la Narrativa Costarricense: una lectura histórico social”. En, Revista Iberoamericana, No. 138-139 España y Estados Unidos. 1987) como término apropiado para denominar  la disciplina que estudia el fenómeno de la ficción desde una perspectiva de totalidad.

La ficciología se ocupa del estudio de la ficción como sistema: la estructura interna, el contenido, la relación del  relato con el entorno.[6]

A razón de esto es que mi texto busca agobiar, confundir, y maniobrar con el lector por un mundo donde lo más nimio e insignificante se convierte en un universo literario con una multiplicación exponencial de sus posibilidades narrativas. Por tal factor, cuando la Dra. Hernández congenia que “[l]os desaciertos tienen que ver con una excesiva complicación de la narración que oscurece tanto el desarrollo de la trama como el flujo del lenguaje”, en sí está siendo víctima de la intención de este, su servidor.[7] Confieso que dentro de la nota, esta oración me llenó de alegría al saber que la profesora había sido víctima de mi macabro juego literario. Repito, como tantas veces: “Mi intención es que tires el libro, me maldigas, te canses y te sientas perdido en un mundo donde absolutamente todo puede ser un cuento”.

No más, concluyo con mi estribillo de siempre: Cuando dirigí la sección de “Crítica de Libros” en WRTU se hacían exégesis mayormente de libros puertorriqueños (aunque en alguna que otra ocasión, me aventuré a España y Latinoamérica) y no había por qué desperdiciar los 3 minutos de grabación en hablar mal de un libro. Tampoco podía andar comparando los estilos de antaño con la literatura contemporánea y mucho menos recomendar libros de difícil acceso a los lectores. No cobraba un centavito por esa labor y no estaba pendiente si mis palabras salían en la contraportada de un libro, porque a fin de cuentas los textos se defienden solos y nosotros los llamados “críticos” somos materia colateral en el asunto. Si no: pregúntele a la Cervantes, a García Márquez, a Carmelo Rodríguez Torres.


[1] Prescribe el RAE: “Dolores de vientre que suelen sobrevenir a las mujeres [y los escritores] poco después de haber parido [o publicado, según sea el caso].
[2] Elemento que es importantísimo en la redacción de una reseña.
[3] No obstante, si no es así, la profesora debería, de una vez y por todas, clarificar lo cierto o falso de esa aseveración.
[4] Entiendo que deben existir algunos ejemplares en que no se inflame tanto a una publicación puertorriqueña.
[7] Trolololololololo.

sábado, 29 de octubre de 2011

Templo a la inteligencia* **



“…el narrador, como el personaje del corridor, para empezar a cantar pide permiso primero”
Carlos Fuentes. Cambio de Piel. 1967


Uno de los más antiguos socios de la vida me informó el exabrupto corte del programa Hoy en las noticias justo cuando refrescaba unas notas sobre Exquisito Cadáver de Rafael Acevedo. Con la cancelación del programa, se fueron por la borda muchas otras cosas, importantes para algunos y para otros meramente entretenidas. No supe qué hacer, podía gritar, llorar, patalear, tocarme el pecho y rascarme los ojos: no hice eso, sino que me coloqué cómodo en el espaldar de la silla de plástico y pensé en viñetas, como contemplando un pasado irrepetible y voluminoso.
Con la cancelación del programa cayeron también las prosas impecables de mi amigo Manuel Torres (deportes), las locuciones de Roberto, los reportajes de varios colegas y el mejor bloque de noticias internacionales de todo Puerto Rico. El dedo de mi gran hermano Andrés “Cucho” Pérez Camacho ya no avisará que quedan 3 segundos para abrir los micrófonos. Secciones como “Arte hoy”, “Pensando en nuestros niños”, “Minutos de salud” (con el siempre alerta Gonzalo González Liboy) y una que otra entrevista de 3 o más minutos a personas como José Alameda, el compueblano Noel Colón Martínez o al Prof. Ángel Viera dijeron adiós.
Aunque suene un poco redundante y hasta egoísta, la sección con que colaboré por un espacio de casi 2 años, “Crítica de Libros”, ya no generará nervios en los escritores (como fue la ansiosa espera de Ana María Fuster Lavín con El  Eróscopo, mil gracias por el libro–). No le niego a ninguno que siento que he fallado, que mi intención de desarrollar un espacio con plataformas múltiples para la producción literaria puertorriqueña no se dará. Peor aún, justo cuando hurgaba desarrollar un bloque de escritores y publicaciones de la, a veces, rezagada área oeste se me ha ido el foro. A Dinorah Cortés en Wisconsin, Alberto Martínez Márquez, Herminia Alemañy, Mario Cancel, Edgardo Nieves Mieles, Leticia Ruiz y Claudio Cruz Núñez: mil perdones por dejarlos en la expectativa.
Lo mismo debería decir a Sergio Gutiérrez Negrón, Xavier Valcárcel, Hiram Sánchez, Rey Andújar, Rubis Camacho y, a mi propia familia, el Prof. Omar Marrero: no podré cumplir con lo que dije en el pasado.


Si bien el tiempo es un cruel guardián de las sorpresas, no le gana jamás a la creatividad humana. Ciertamente no me esperaba un desenlace como este, producto de unas decisiones que muchos –debería decir, MUCHOS– no sabíamos. La sección fue para mí uno de los más ardientes placeres. Nunca me había acercado a la producción literaria puertorriqueña (sin descartar algunos brinquitos a España, Cuba y Chile) con un afán tan reverente y voraz. No había un átomo de mi cuerpo que se negara (contra el cansancio, la pobreza y las exigencias de mi carrera como abogado) a leer los libros de tantos autores que, con muchas ansias, confiaban en uno de los pocos espacios dedicado a sus hijos de papel y tinta. A pesar de la ausencia de foros, la poca movida comercial, la crisis económica y el desbarajuste social, el libro puertorriqueño ha luchado como ustedes ni se imaginan (o quizás conocen de sobra).
Estos años han sido testigos del levantamiento de la literatura queer puertorriqueña, los lazos literarios con los países latinoamericanos y las novedades creativas de editoriales jóvenes y frescas. No por menos, otros nombres más tradicionales han dado versatilidad a su labor editorial: hablo sin mordazas de Terranova, Callejón, el Instituto de Cultura, Aventis e Isla Negra, que dan cada vez libros más limpios y hermosos.
Les debo tanto a ustedes AUTORES PUERTORRIQUEÑOS: porque fueron la motivación detrás de proyectos literarios como Ficciología y su contraparte cibernética. Mis intentos– algunos fructíferos y otros no– de contagiar espacios como 80grados, Cruce, La Acera, el Festival de la Palabra y cuanta actividad hubiese, fue por darles a ustedes lo que la historia y los gobiernos le han negado: el respeto por su obra y, más aún, una buena y bienintencionada lectura (para el buen entendedor, los ojos bastan).

Se puede decir que la sección corría por caridad. Sacaba de mi triste sueldo de estudiante jornal– a veces con serias consecuencias y recriminaciones conyugales– para comprar uno que otro libro aquí y allá. Cuando la cosa se puso fea para mi bolsillo – a.k.a “cuando la puerca entorchó/encorchó el rabo”– viví de mendigar libros en la siempre colaboradora Librería Mágica. A Luis Negrón y a Arnaldo, mil gracias por haber donado y hablado con las editoriales para que mi labor pudiese existir. Lo mismo va para Elizardo Martínez y los diferentes autores que ceremoniosamente enviaban sus libros a la emisora para que estos ojos miopes los desmenuzaran.
Ahora no sé qué hacer. Se lo confieso con el corazón en la mano. No tengo ni la más mínima idea de qué va a pasar. No obstante, lo único que me queda es tirar para atrás, romper camino, emprender, cerrar los puños y avanzar: por la literatura voy a to’as. Por la literatura hay que hacer frente, mirar a los ojos y decir con voz de ultratumba al estilo de Unamuno: “¡Éste es el templo de la inteligencia, y yo soy su sumo sacerdote! Vosotros estáis profanando su sagrado recinto.”

   Ahora me moveré a otras esferas, otros espacios, otros métodos. Quizás, con suerte, publicaré mis libros. Sólo me resta decirles, a lo mejor por última vez:
“Amigos los espero en la próxima página de crítica de libros, les saluda Nelson Vera Santiago”

*(Exégesis ante la cancelación de Hoy en las Noticias y la Sección de Crítica de Libros)
** Una version variada de este documento podrá surgir en otros medios cibernéticos.