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domingo, 14 de julio de 2024

La serpiente muere por la boca y por el rabo: Uróboros de Andrés L. Córdova Phelps

Uróboros

Andrés L. Córdova Phelps 

Edición independiente 

246 páginas



Retomar el acostumbrado paso de la crítica literaria tras los acontecimientos de estas fechas es una tarea sumamente difícil. Cuestiones profesionales, personales y llanamente perturbadoras, con solo mirar las redes, atrasan o mutan las fechas en que se puede escribir tranquilamente sobre un texto. Ahora, no valen los prolegómenos, el ejercicio de esta entrada busca hacer un poco de justicia— con todo el candil que esa palabra trae a este libro— a un texto del colega profesor y abogado, Andrés Córdoba Phelps. 

El texto es una clara referencia al quehacer de Nietzsche y la intención se vislumbra en una estructura que abandona la plasmación en párrafos. Se escribe aquí en pequeños aforismos, casi versos, que contienen el desdoblamiento de silogismos y el cuestionamiento de las fuentes del poder. Córdova es lector de los clásicos, interroga y burla principios y trae problemas a las definiciones sustentadas por el Derecho. Todo esto con ganas de joder. 

Lanza dardos desde las primeras páginas cuando vislumbra: "La República platónica, como Comala, está protegida por los muertos". Yace aquí un enorme juego de intenciones en donde la mención del poblado donde se pierde Juan Preciado parece un aviso como el que se le interpuso a Dante al momento de bajar al primer círculo infernal. Este último concepto, su circularidad y el castigo eterno, se suma al problema del laberinto que es la Comala de Pedro Párramo. Este texto y el Derecho—con la mayúscula que se dedica a criticar— son las fauces de algo donde es trabajoso salir y donde ya hay muchos muertos a quienes leer y escuchar. 

Más adelante expulsa: "Cuando se dice que es cuestión de Derecho, lo que está diciendo entrelíneas es que es custión de fuerza". Las nociones, las definiciones, los trabalenguas de la nomenclatura, se pierden cuando se acciona aquello que Facundo Cabral narraba: ¿Qué es un general desnudo?". Así, línea a línea se descubre que la fuerza de la que habla el texto es aquella que ha dejado a los muertos antes mencionados y que cimenta la ciudad de las letras. El acto del libro es despojar vestiduras y ver qué le da la fuerza a esta cosa. Uróboros suena aquí al exhalar del cigarillo de Arendt cuando reconoce que el Derecho impera, tal vez, con una banalidad que permite la legitimación de barbaridades. 

Es casi con añoranza que el libro a veces se rebela contra sí. La culebra se come el rabo, con náuseas. "Cometemos una injusticia con nosotros mismos cuando domesticamos nuestras inclinaciones anarquistas", dice. Es una voz que imita al derecho con su capacidad de sancionarse incluso a sí mismo. Esto recuerda algunas referencias a Walter Benjamin— que en este libro asoman la cabeza/rabo a cada rato. La cruda metáfora de violentarse a sí mismo en el escape de la violencia. ¡Morir perdiendo Las Arcadias! Queda así el cuerpo expuesto, ultrajado como semiosis de la violencia cuan estudia Sontag.

Estos asuntos— Derecho, violencia, Benjamin, autoridad— recuerdan cuando Jacques Derrida adujo que el pensamiento benjaminiano no es ajeno a interpretar la intención de la violencia del derecho para crear tautologías y síntesis a priori en torno su realización y convenciones. Esto es, se da a sí mismo los medios para  decidir entre la violencia legal y la ilegal. Apunta Córdova Phelps que "La legalidad paradójicamente evoca y está enmarcada por la ilegalidad". No en vano las manos de Escher se vuelven una constante durante la mayoría del texto:

Ahora, Uróboros no descansa solamente en ser un ejercicio de crítica teórica o de filosofía. Otras partes de la publicación como las de "Los veinticuatro juristas" tiene un clásico juego cervantino: El texto encontrado, la multiplicdad de autores, las fuentes dúbitas de la escritura son muestras de que en el derecho mismo y en el ojo que lo critica no hay consistencia si no la de la serpiente que eternamente se devorará sin nunca alcanzar un final.

Solo le queda a uno la salida de la locura. La risa y el absurdo son a veces una música de fondo en el libro. Tal vez al igual que un Nietzsche incoherente que se consume— la mente que termina devorando la propia mente— en el soñar con caballos que sufren. 

"Las cosas serían mucho más fáciles, sugería irónicamente Ernst Bloch, si pudieramos comer grama", dice Uróboros, como si fuera la voz del caballo abrazado por el filósofo. Una remembranza de aquel episodio garcíamarqueño que traduce como finalidad de todo asceta de intelectual el doblarse en el patio a hacer el ridículo: "¿Qué clase de hierba, doctor?» Y él, con su parsimoniosa voz de rumiante, todavía perturbada por la nasalidad: «Hierba común, señora. De esa que comen los burros".

Uróboros es un texto diseñador para una persona que ha leído ciertos otros libros, o bendito, jurisprudencia, y le alberga un cansancio. Tal vez el profesor de derecho o el abogado que busca escapar de la cotidianidad. ¡Alguien que mira la grama y le da hambre¡ En fin, que se mira al pasado con algo de ironía y jocosidad. Tal vez se recuerda que en algunos monasterios del conocimiento escolástico, con su sobriedad y barbas llenas de letras colgantes existía algún arquitecto que dibujó una macabra carcajada de algún demonio en relevie de pared.

En mi caso, los días de docencia en la Interamericana terminaron. No recuerdo ni aquel número de empleado que asignaban. No obstante, el texto de Córdova Phelps rememoró en mí las tertulias y sobremesas de los compañeros del Departamento de Estudios Humanísticos quienes hablaban de la inmortalidad del cangrejo, los significados del evangelio y las noticias de ayer mientras observaban el "bowl" girar en el microhondas de la cocina de facultad. ¡Qué buenos tiempos aquellos! ¡Qué deliciosa la yerba que como hoy!

martes, 27 de abril de 2021

Conversaciones en espacios de transición: Una mirada al pensamiento de Castoriadis a través de los diálogos

 Cornelius Castoriadis

La insignificancia y la imaginación: Diálogos con Daniel Mermet, Octavio Paz, Alain Finkielkraut, Jean-Luc Donnet, Francisco Varela y Alain Connes.

Minima Trotta

138 págs.

    El periodo de finales del siglo XX se caracteriza por una transición tecnocultural matizada por la informática, la comunicación y la economía. Este momento se sacude con el comienzo de un siglo XXI marcado por la violencia terrorista, el surgimiento de un movimiento innegablemente fascista y una crisis financiera que lleva a pensar si hay mucha diferencia entre estos dos periodos. El pensamiento de finales del XX es llamativo por su aspecto abarcador. Contrario al ánimo demostrado en él, hoy lo que se escucha es una plaga de todólogos ansiosos por ocupar un sitial y recibir uno que otro aplauso. Es un fenómeno que quizá sea producto del vacío dejado por una serie de pensadores que marcaron esa última mitad del XX desde una mirada casi neo-enciclopédica y a la vez emprendedora. No es demasiado


arriesgado pensarlo: Fueron los críticos que pasaron del papel a la tecnocultura y el ciberespacio. Entre este grupo se encuentra el curioso “influencer” previo a redes sociales, Cornelius Castoriadis.

    El texto La insignificancia y la imaginación: Diálogos con Daniel Mermet, Octavio Paz, Alain Finkielkraut, Jean-Luc Donnet, Francisco Varela y Alain Connes es curioso por ser una recopilación de conversaciones que el pensador griego— quien pasó la gran mayoría de su trayectoria en Francia— sostuvo con contemporáneos que se leían entre sí. Estos intercambios están muchas veces mediados por las preguntas de la escritora Katharina von Bülow.

    Con el periodista Daniel Mermet se habla de la insignificancia que caracteriza a la política actual donde los candidatos juegan al marketing con relación a las dos dimensiones que el juego del poder opciona: Primeramente, acceder al poder o, mejor dicho, el ejercicio de alcanzarlo en estas democracias actuales; segundo, hacer algo una vez se llega a ese poder. La banalidad recurrente produce nulidad política a razón de que estos sujetos repiten un patrón similar al pase regio que afectó a la antigua España.

    Se dice aquí que la necesidad de enseñar una “...auténtica anatomía de la sociedad contemporánea...” en las escuelas es, quizá, uno de los elementos para romper el estancamiento democrático. Es una cuestión que se acentúa por la repetición y la falta de inventiva, algo que termina afectando al ciudadano desde abajo, lentamente, infectando veneno. Ante esto, dice el pensador que “[e]fectivamente, no necesitamos grandes discursos: necesitamos discursos verdaderos” pág. 29. Obviamente, esto no se superpone a la responsabilidad que debe buscar el sujeto ante estas nuevas corrientes que muy probablemente no produzcan estos “discursos verdaderos”. Existe una responsabilidad individual por identificar la verdad.

    Aquí se pueden destacar dos ideas sumamente interesantes que indica Castoriadis: La primera se encierra en su expresión “[c]reo que deberíamos ser los jardineros de este planeta" pág. 33. La cual comienza a plantear la importancia de la homeostasis con el mundo, con sus recursos, o sea, una política ecológica seria y alejada de la mercadotecnia banal en que algunas compañías lo han convertido. En segundo término, el concepto de que “...la libertad es la actividad, y la actividad que sabe ponerse sus propios límites. Filosofar, es la reflexión. Es la reflexión que sabe admitir que hay cosas que no sabemos y que no conoceremos jamás..." Pág. 34. Se ata a este elemento de responsabilidad y autolimitación que aparece en el compromiso ecológico a la vez que repercute en los conceptos de autonomía individual y colectiva en otros textos del pensador.

    Con Octavio Paz se discuten la existencia de otra vez el conformismo generalizado que sustituye al individuo en la sociedad contemporánea y va por la misma línea del fenómeno de la autolimitación y responsabilidad. Acusa Castoriadis de un problema ante los individuos totalmente privados o privatizados por la mentalidad de economía total que promueve el capitalismo. Además, un problema que caracteriza esto son los seguidores ciegos, los turiferarios que funcionan por y para los ególatras políticos que capitalizan de dicho conformismo.

     Vale acotar aquí que los intercambios con Octavio Paz se sienten fluidos, bastante paralelos en visión y concepción política. Esta es la parte más abarcadora del texto en términos de política y se distingue de las otras secuencias con los demás interlocutores.

    Con el sicoanalista Jean-Luc Sonnet se entra en el aspecto que más trabajó Castoriadis en sus años en


Francia: La imbricación de un pensamiento político y psicoanalítico que fomentara la autonomía del sujeto y su independencia de lo que llamó modelos exógenos que imponen sus fuerzas en el ser. Allí se dice que “...es preciso que se sepa, sin duda, que entre desear algo y actuar para que se produzca, hay una distancia, que es la distancia del mundo diurno, del mundo social, del mundo de la actividad relativamente consciente, reflexiva, etc." pág. 72. Apunta que esto se ve borroso en ciertas ocasiones a razón de la sustitución de la mitología religiosa por la del progreso indefinido.

    En la conversación con Sonnet también incluye poderosos intercambios sobre Freud en donde se apunta que: "...la verdad no es correspondencia, no es adecuación: es el esfuerzo constante por romper la clausura en la que estamos y de pensar algo distinto; y de pensar no ya cuantitativamente, sino más profundamente, de pensar mejor." Pero, advierte o recuerda la petición de Freud a Max Schur por una inyección fatal cuando para el "Ya no tiene sentido". Así, Castoriadis muy sutilmente recuerda la fragilidad del ser no importa lo abarcador de sus contribuciones o la complejidad de sus descubrimientos. Al final, la falta de sentido es lo que hace que Freud ansíe la muerte y es la gran advertencia que le deja a sus lectores, Castoriadis lo subraya y lo rememora.

    El intercambio con el biólogo Francisco Varela es un verdadero ejemplo de dialéctica: No concuerdan a veces, se intersecan saberes y focos que promueven preguntas. Aquí se discute someramente el poderoso giro que promueve que el científico, junto Humberto Maturana, den el salto de la biología a la filosofía.

    Se recrea en este diálogo la manera en que el concepto de "autonomía del organismo viviente" de Varela y Maturana se imbrica con la idea de una separación de la autoridad extrasocial que Castoriadis ha criticado en la religión, la historia y el materialismo histórico (en una de las críticas más importantes al marxismo). Esta parte es como un espejo de la conversación con Sonnet. Se habla aquí también del componente pasional y social que promueve una autonomía individual que, a fin de cuentas, propenderá a una autonomía de la civilización.

    En unos momentos a los dos no se le entiende, los intercambios se vuelven densos en la discusión de modelos lineales de la ciencia cual si fuera un boxeo de reglas difíciles. Es, posiblemente, porque hay una transición a la discusión del transhumanismo en todos estos intercambios y no se escapa de una que otra crítica relacionada a las ideas de David Chalmers.

    La entrevista con el matemático Alain Connes prosigue con la discusión del problema planteado por Turing sobre las maquinas pensantes. Castoriadis se muestra aquí seguro de su imposibilidad ante la necesidad de lo que identifica como el alma socializada por el lenguaje y por la herencia histórica. Algo que jamás podrá existir en una máquina, según su criterio. Nuevamente, se deja entrever que es un pensador previo al salto al transhumanismo, tema que motivará la primera década del XXI.

    La discusión con Connes también abarca el problema de la cuantificación del espacio, materia que es de origen euclidiano— y que pasó por el cedazo de Kant— y que aparece aquí como un sistema de pensamiento que aún es pertinente y que produce interrogantes en la física. En esencia, Castoriadis apunta que se mantiene entonces la pregunta de cómo el universo físico y el universo matemático intercambian y se superponen.

    Este texto es cortísimo a pesar de lo extenso de las discusiones. Sin embargo, promueve la consideración de como lo interdisciplinario juega un papel crucial en la formulación de un pensamiento de finales del XX y principios del XXI. Contrario a los densos tratados de Castoriadis, el formato de diálogos invita a reexaminar su biblioteca y a considerar la falta de un proyecto que busque nivelar los saberes en vez de ponerlos a competir. En fin, que hay un deber colectivo en estas discusiones muy contrario al afán de importancia y fama que algunos académicos pretenden cultivar, como si la cosa fuera de ellos, o peor, como si ellos fueran la cosa en sí