domingo, 22 de abril de 2012

Nihil


(Foto tomada de vimeo.com)

No fue nadie. Bueno, no “nadie” en el sentido de nihil, porque por lo menos dos almas se dieron la vueltita a ver qué conseguían. A parte del dueño del local, la presentadora, mi esposa y yo: sólo dos personas.

Quizás se lo achaque a las justas, a que no hubo mucha publicidad o a que la gente que dice “going” en el feisbúk en realidad lo hacen para dar alivio y expectativa. Puede ser que simplemente el público no estaba interesada o que habían demasiadas actividades corriendo al mismo tiempo (lo cual es altamente probable).

Lo cierto es que más o menos la corazonada me invadió cuando subía por Manatí. Un poco antes del peaje para ser más exacto. Fue un pensamiento fugaz y un tanto veloz que me indicó que nadie iba a ir. Bueno, como dije anteriormente, no absolutamente nadie, sino una minimalista asistencia para ser más artístico.
Yo había visto eso suceder en congresos, en actividades universitarias y hasta en las presentaciones de libros de algunos compañeros. Es algo en verdad triste porque lo primero que le llega a uno a la mente es que, simplemente, a nadie le interesa tu libro. Es como estar en una fiesta y comenzar un tema en tertulia y de repente te ves sólo. O sea, que a nadie le interesó tu comentario sobre la repetición de Juan Rulfo en la contemporaneidad mexicana o como el Cd de Calle 13 en verdad te gusta.

Lo segundo que diría es que invade otro pensamiento, mucho más poblado de aflicciones que el primero y que se puede resumir en una simple pregunta: ¿Y los amigos qué?

Es una suposición fuertísima y hasta preocupante, pero en el estricto orden de la realidad, el oficio del escritor enajena y no da chance para solidificar pactos de confianza con los demás. Tampoco se puede contar con que todo aquel que haya dicho sí al “Friend Request” es en realidad un fan de tu trabajo o de lo que haces.

Sin embargo, todo lo anterior queda eclipsado por la buena vibra que da el pensar que nada importa y que las cosas son como son. Esta coraza de lo positivo se va desarrollando luego de múltiples entropías en la vida: El carro se te daña el día de tu graduación, se fue la luz en tu boda y cualquiera de esas situaciones caóticas que adornan nuestro existir.

Yo había dado un viaje de dos y media hora para llegar a mi presentación. Había preparado un discurso bonito para aquellos que se dieran cita. Mi esposa había pedido el día libre para acompañarme al ágape. Pero al final, nadie fue, o casi nadie, o mejor digamos unos pocos solamente (no lo suficiente para llevar a cabo la presentación).

No niego que me haya sentido mal, ni me haya enfuscado en todo lo hecho y deshecho para darme cita en el lugar. No obstante, todo eso quedó sepultado tras un panini, vino y una buena conversación. Son esas cosas las que valen la pena, las que hacen que las dos horas de viaje, la gasolina “barata” y todo lo demás orbite alrededor de mí con una armonía intensa. O sea, que el que nadie (casi nadie) vaya a la presentación de tu libro es un gaje del oficio.

A pesar de eso, no significa que la cosa se deba tomar con un paño de arcoíris y sonrisas. Porque a un lado, la otra cara de la moneda y la más capitalista de todas, se encuentra la pérdida. Me refiero a que si la librería y la editorial no vendieron ni un solo libro ese día, simplemente se desaprovechó el momento. Porque aquí va otro punto de esos que hacen que la cosa dulce sepa salada: Yo viajo a una presentación vacía, sin expectativas de ganarme un centavo. No tengo regalías con el texto. Es pura y sencillamente pasión por el arte.

Aquel día vi un librito de bolsillo de Eugenio García Cuevas y me pareció fascinante no sin antes acordarme de unas sabias palabras que leí de su pluma en donde, el vate de origen dominicano, atestiguaba la pequeña población de lectores independientes en nuestra isla. A lo cual, por un instante, me atacó la idea de que los 500 que él menciona estaban distribuidos en las otras presentaciones que se acuñaron para la misma fecha. Puede que sí, puede que no.

Lo cierto es que luego de una hora de la fecha señalada, la escritora Yvonne Denis dijo “vamos a comer un pizza”. Yo me encogí de hombros mientras le cuestionaba a mi esposa si gustaba de ello, a lo cual me indicó que un panini no vendría mal. El resto fue literatura, como dice Cortazar. Arnaldo ya había sacado el vino (porque eso no se podía dejar perder). Salimos de la Mágica y por dos segundos me sentí hecho un trotamundos.

Dos horas de viaje luego, a las 12:33 de la madrugada, miraba el techo con un cansancio en la espalda baja (posiblemente normal, pero agravado por el hecho de que mi auto es “estándar”). Mi doncella preparaba un té de eucalipto para aliviar la tos y yo estaba languideciendo. Antes de Morfeo pensé “No vino nadie”.

lunes, 16 de abril de 2012

Espiando la revolución @ Revista Cruce


Para el texto completo, visita:  http://revistacruce.com/letras/espiando-la-revolucion.html


Para comenzar un escrito como este, sólo basta mencionar un nombre para que la comunidad de lectores haga satélites alrededor del tema: Francisco “Pancho” Villa. No más mencionarle aguza los sentidos, se crea una reproducción de la iconografía que arrastra cada letra de su nominal. Brotan en un lado y otro el espeso bigote, el fieltro, o quizás un pistolete color plata apuntado hacia el cielo y detonando cuanta cosa haya allá arriba, como si tratase de montarle la guerra incluso a lo divino.
Pero, transliterando el dicho caribeño de nuestra ciudad sureña: “Pancho es Pancho y lo demás es Revolución”. Porque qué sería él si estuviese sólo, sin Carranza, sin Plutarco Elías Calles, sin los latifundios, sin la batalla de Cristeros, en fin, qué sería sin los miles de mexicanos que avanzaron cargando su tristeza, su falta de educación, su hambre y una pistola en el bolsillo bajo la consigna “No a la reelección”.
Para los curiosos, siempre es bueno pensar que para todo (para casi todo) hay un librito y, en este caso, sobre la Revolución mexicana hay muchos. Empero, esta ocasión es para centrar esfuerzos en Por el ojo de la cerradura: Una mirada más allá de la Revolución mexicana, una colección de ensayos coordinada por la Dra. Herminia Alemañy Valdez en la cual se desata un tema tan abarcador y complejo, que a su vez puede clasificarse como determinante y latente: la Revolución mexicana.
En estos 7 ensayos se explora el tema de la Revolución con un lente juicioso y analítico en donde no escapan de su crisol la literatura, filosofía, economía y política. Por lo demás, este texto brilla por su claridad y entereza académica en el cual no se exagera ni se mitifica la Revolución, sino que se desmenuzan sus elementos y gestores culturales. También se deshilan las particularidades de sus desarrolladores artísticos.
A priori, el libro enfatiza que el acercamiento a la Revolución es uno activo en donde el elemento de estudio aún fecunda aquí y allá, proveyendo materia prima para artistas que a estas alturas– a 100 años de las balas y la sangre – siguen observando este fenómeno político y social latinoamericano. Así, existe una armonía entre los ensayistas en cuanto a que la Revolución acapara México y no cede ante los límites geográficos y jurisdiccionales de ese inmenso país.[1]
No obstante, todos los ensayos se ocupan nítidamente de lo mexicano, dibujando los contornos para analizar el impacto de la Revolución en torno a la creación de una historia, un ideario popular y una iconografía que aún se presta a la formulación de preguntas. De esta forma, el texto lleva al lector a hilar argumentos en cuanto al impacto de la insurrección en torno a los problemas económicos del momento así como sus repercusiones en la literatura, la pintura y la política. Además, se antepone la verdadera materia de análisis en cuanto a la creación de una lista que recoge sobre 300 piezas que incluyen novelas, tratados filosóficos, poemas, pinturas (murales), memorias y documentos históricos. No queda duda de que el libro escarba las fibras del por qué y el cómo la Revolución mexicana movió los engranajes para la producción creativa en los mexicanos.
Para no asediar y– mucho más importante –no develar todo el libro de un solo plumazo, aguzo la lectura de sólo tres de los ensayos que se encuentran en la colección. No porque sean más lustrosos que sus homólogos sino para salvaguardar la expectativa de la totalidad de la lectura.
El primero de los trabajos que resaltamos analiza la temática de marras en el contexto de la novela revolucionaria y su concatenación hasta la década del 1960. El ensayo glosa, específicamente, a Elena Poniatowska y su Hasta no verte Jesús mío. Este ejercicio, elaborado por María Rita Plancarte Martínez, identifica un tema neurálgico a la hora de analizar la producción narrativa acaecida a raíz del tema de la Revolución: ¿hasta dónde se lleva a ficción los verdaderos partícipes del  evento? ¿En qué momento la voz del escritor– y su filtro creativo/artístico –silencia al sujeto? O, con más relevancia, ¿en qué medida el exponente se ha adueñado de las memorias, voces, sufrimientos y vivencias del sujeto en aras de la creación literaria?
En este trabajo Plancarte Martínez desmenuza el proceso creativo de Hasta no verte Jesús mío y cuestiona los elementos con los cuales la autora se valió de una partícipe de la Revolución para crear un personaje para su novela. También, este trabajo brilla por demostrar, en el primer turno al bate, que la participación femenina en la Revolución fue activa y esencial.
El segundo ejemplar es una lectura mucho más biográfica así como bibliográfica. Se trata del ensayo “Antonio Caso y José Vasconcelos: La filosofía en la época de la revolución mexicana (1910-1920)” de Raul Trejo-Villalobos. Aquí se elabora la importancia de la producción filosófica de mexicanos que participaron en la Revolución y la manera en que estos determinaron que, en conjunto con un movimiento social de reforma, debía existir también una innovación en el pensamiento. En este ejemplar, Trejo-Villalobos no solo logra hacer una nutrida glosa de los autores estudiados sino que logra armonizar la manera de ensayarlos a pesar de sus diferencias filosóficas y hasta de credo (uno de ellos era ateneísta y el otro el creador del llamado indigenismo).[2] A través del crisol de la Revolución estos dos grandes del pensamiento mexicano se entrecruzan en el texto con una facilidad exclusiva.
El tercero de los trabajos que resaltamos es el de la propia coordinadora, la Dra. Herminia Alemañy-Valdez. Empero, no por favoritismos ni particularidades imparciales, sino porque el emprendimiento que su ensayo adopta es quizás uno de los saltos más importantes– no por menos difícil –en torno a los estudios sobre la novela de la Revolución mexicana. Su ensayo establece tres supuestos que son de suma importancia:
·         Analizar las diferentes teorías en torno al lapso de tiempo (periodo) que duró la Revolución en sí.
·         La creación de un fichero bibliográfico sobre los estudios acerca la novela revolucionaria.
·         La definición de los mínimos denominadores o clasificadores que tiene ese maleable concepto denominado “novela de la revolución”.
Tomando las cosas con pinzas pero sin revelar el secreto, Alemañy se aventura a desarrollar un esquema tripartito del género de la novela que lleva como espina dorsal (o como simple mención) la Revolución. Esta aportación es, sin lugar a duda, una fuente para futuras investigaciones académicas o profesionales sobre el tema.
En baso a lo expuesto Por el ojo de la cerradura: Una mirada más allá de la Revolución mexicanase presenta como un texto sumamente enriquecedor para el experto deseoso de analizar las nuevas tendencias investigativas en torno a la revolución. No obstante, el libro no excluye a aquel novato en el tema que desee explorar algunas muestras del impacto que este evento tuvo en la nación mexicana.
  



[1] Referencias para esta aseveración se pueden auscultar en los diversos estudios que posicionan el evento de la Revolución, o los acaecidos posterior a la lucha armada, en relación directa con los gobiernos de la antigua Unión Soviética y las tendencias discutidas en las diferentes versiones de la Internacional Socialista.
[2] Debe acotarse que ambos eran reaccionarios ante el positivismo.

sábado, 24 de marzo de 2012

"El círculo perfecto" @ Revista Cruce: Reseña sobre el poeta Alberto Martínez

Aquí va otra colaboración con la Revista Cruce en la cual se reseña Contige he aprendido a conocer la noche del poeta Alberto Martínez Márquez.




Para el documento completo vaya a: http://revistacruce.com/letras/el-circulo-perfecto.html


La noche ha sido tan poética y mística a través de los tiempos que su constitución y formas, sus elementos y oportunidades, su misterio y su invitación, han llenado páginas con versos en ambos lados del mundo. De estos, algunos patéticos y otros, simplemente impactantes. No obstante, sin entrar en evaluaciones de cuáles versos son buenos y cuáles no, lo cierto es que la noche sigue siendo aliciente para que algún desairado amor prescriba su condición en el papel con el fin de mostrar al lector que la oscuridad, las estrellas y la luna son los ingredientes predilectos para un buen suspiro.
La imaginación del lector al apreciar aquellas líneas que atestiguan: “Puedo escribir los versos más tristes está noche. / Escribir, por ejemplo: «La noche esta estrellada, / y tiritan, azules, los astros, a lo lejos»” puede producir un refuerzo al enamoramiento, un vicio de mirar a los astros a ver si tiritan o, a veces, una decepción grande con Neruda. Pero, si de algo vamos a ser juiciosos es de que la noche deja su presencia, un grado de subjetividad en el lector, así como al objeto de lectura y las circunstancias que le rodean. Como dijimos una vez entre amigos, no es lo mismo escribir o leer de noche que de día.
            Ese lapso del planeta se siente predilecto para guardar secretos, ocultar cosas y sobre todo a los juegos literarios. Así lo plasma San Juan de la Cruz al rociar con tinta y decir: “En la noche dichosa, / en secreto, que nadie me veía,/ ni yo miraba cosa,/sin otra luz ni guía/o la que en el corazón ardía.” Por eso, no por menos se debe dejar de mencionar que la noche aviva algunos sentidos, entre ellos el gusto, a lo cual incita Asunción Silva: “¿De las noches más dulces te acuerdas, todavía?”.
            Dicho lo dicho. ¿Se ha dejado de venerar la noche por los poetas? Dudoso. ¿Se ha dejado de escribir sobre este maravilloso estado del planeta? Para nada.
Así las cosas traigo ante sus ojos la reciente publicación de Arco de Plata Editores: Contigo he aprendido a conocer la noche de Alberto Martínez Márquez. Un poemario corto, de versos amorosos y lujuriosos donde la huella de San Juan de la Cruz yace con más latencia que la de Asunción Silva y la de Neruda. Y que me permita el autor la comparación –si no le gusta pues allá abajo hay una zona donde se ponen comentarios–, la hago porque el elemento de la búsqueda es una constante en este poemario, o sea hay un continuo movimiento entre el yo y el otro, entre los estados de pensamiento y la noche, que llevan a un lectura múltiple. El texto no es uno sino una recopilación de varias proyectos que se expanden entre la década de 1990, luego de 2004 a 2009 y, por último, de 2009 a 2010. O sea, desde ese punto fijo del texto podemos observar gran parte de la carrera literaria del autor.
Alberto Martínez Márquez, poeta que ha sido uno de los contrapesos más grandes de las letras isleñas –y digo esto con todo el buen sentido ya que en él se reúnen el gestor cultural contestatario, el poeta ávido y participativo, y el profesor literalmente a tiempo completo– no niega su tradición con esta publicación. Si bien su poemario Las formas del vértigo fue uno de los lanzamientos más sólidos en la carrera del poeta, en donde predominaban las fórmulas complejas donde los maestros del dadaísmo y la poesía brasileña asomaban el rostro a diestra y siniestra, su temática era muy variada. Hay que reconocer que el poemario era tres libros en uno, cosa que vuelve aparecer en Contigo he aprendido a conocer la noche.
¿Y que de la noche? Bueno, en aquella publicación– Las formas del vértigo– en el poema “Nocturno”, había plasmado Martínez:
agua seca
colinda
con esta piel vetusta y quieta

llenando los poros
con tumbas perfumadas 

algún tambor húmedo
alarga
sutilmente
su dúctil lengua alucinada
por el duro borde
del tiempo.

No hay duda de que la noche es tema recurrente para el poeta. En aquel poemario Martínez Márquez nos había dado un libro que resaltaba por su versatilidad, pero ahora nos da uno que brilla por la manera en que las figuras se desenlazan en una misma circunstancia, o sea la noche.
En Contigo he aprendido a conocer la noche hay un acercamiento a una voz poética mucho más melancólica que poco a poco va conociéndose hasta encontrar la figura de la amada (la cual me inclino a pensar que podría ser incluso la poesía misma). Predominan las alusiones a las circunferencias en clara evocación a dos posibilidades: Primeramente, al Ouroboros tradicional –no el de Nietzsche– el cual simboliza los ciclos del renacer o el hacerse nuevo continuamente. Segundo, el elemento de la perfección, la cual se aprecia en las corrientes primerizas de la matemática y la geometría.
Ahora, hablar de la circularidad y el eterno retorno no es tema ajeno a las letras hispánicas. No obstante, su peculiaridad se ha visto enmarca como ausencia de progreso, o sea la repetición ad infinitum de las cosas. En esa línea, apunta Carmen Escudero Martínez en Didáctica de la literatura que esas figuras redondas se usan para “conformar una idea de reiteración cuyo diagrama más acertado sería el del círculo, que supone el movimiento propio de lo temporal encerrado de tal forma que, por más tiempo que avance, siempre se encontrará repitiendo idéntico proceso.” A lo cual colegimos que, sin desmerecer el argumento, la aplicación de la figura a la poesía de Martínez Márquez denota otra cosa.
El ejemplo por antonomasia se encuentra en el poema “No llegaste a mi vida”, donde expone el poeta:
no llegaste a mi vida
ni yo arribé a la tuya
sino que veníamos caminando
desde lados contrarios
y nos topamos de frente
para reconstruir el círculo
que habíamos olvidado

Como se puede apreciar en este ejemplar, existe la circularidad no como mera repetición sino como conceptualización de lo perfecto. La voz poética se siente completa tras el encuentro. Para Martínez el amor es regenerativo y el retorno a la noche (elemento cíclico) lo que hace es embeber más la poesía de elementos que funcionan como una constante para fortalecer su existencia. Pero la noche no es todo, en otro poema en que refiere directamente a la amada, Martínez dibuja la siguiente metáfora: “eres/ la medida/ de mi mundo”, dando esa noción matemática a la metáfora e intuyendo que su mundo puede ser medido. Así, en cuanto a la amada, se aprecia que no sólo ejecuta el encuentro del poeta consigo mismo sino que lo ayuda a darle más perfección a su mundo hasta llegar a medirlo – Medir un mundo de carácter subjetivo, es tarea para la perfección poética, no la geométrica–.
Otro ejemplo que vale subrayar se encuentra en el poema “Lenguaje del círculo” en donde el autor esboza en un poema concreto que:
el deseo
siempre            siempre
es el deseo                   es el deseo
siempre            siempre
el deseo

Según lo expuesto, este poemario es una gran confesión en donde los ingredientes son la poesía, la noche y el amor, los cuales se fusionan para darle un sentido de perfección a la voz poética. Figuran en él elementos elípticos que ayudan a intuir que el poeta ha encontrado en la noche algún secreto para la puridad, evoca con ello esa hermosa alusión al círculo perfecto. Para el autor, en la noche no hay principio ni fin, es una circunferencia que evoca lo ilimitado, en donde se puede encontrar consigo mismo y donde puede amar y desear en un eterno constante. En esencia, el amor se vuelve círculo: o sea se alcanza a sí mismo y se renueva constantemente, se acaba el alpha y el omega y sólo existe la continuidad.
Contigo he aprendido a conocer la noche, es un poemario que encierra tres tiempos de una misma vida. Alberto Martínez Márquez nos promete mucho en sus páginas y al leerlo cumple las expectativas. Sin duda este es uno de sus más logrados poemarios

miércoles, 8 de febrero de 2012

Entuertos...

Entuertos[1]
A Cezzane Cardona,
con agradecimiento a Edgardo Nieves Mieles,
eterno coconspirador…

Un día habíase quedado Zaratustra dormido debajo de una higuera, pues hacía calor, y había colocado sus brazos sobre el rostro. Entonces vino una víbora y le picó en el cuello, de modo que Zaratustra se despertó gritando de dolor. Al retirar el brazo del rostro vio a la serpiente: ésta reconoció entonces los ojos de Zaratustra, dio la vuelta torpemente y quiso marcharse. «¡No, dijo Zaratustra; todavía no has recibido mi agradecimiento! Me has despertado a tiempo, mi camino es todavía largo.» «Tu camino es ya corto, dijo la víbora con tristeza; mi veneno mata.» Zaratustra sonrió. «¿En alguna ocasión ha muerto un dragón por el veneno de una serpiente? - dijo. ¡Pero toma de nuevo tu veneno! No eres bastante rica para regalármelo.» Entonces la víbora se lanzó otra vez alrededor de su cuello y le lamió la herida.
Nietzsche, Así habló Zaratustra, “De la picadura de la víbora”
¿Sabe el escritor recién parido lo que dijo Lope de Vega, magnífico dramaturgo a veces y cabrón mayúsculo siempre?: “Ningún escritor es tan malo como Cervantes”. 
Luis Rafael Sánchez, “La piel de la palabra”, 21 de agosto de 2011

Supuse, por cuestiones de la casualidad, que prontamente aparecerían reseñas y comentarios en torno a mi libro Ficciología en los meses de enero a marzo del 2012. De entre éstas, la de El Nuevo Día me era de especial interés por saber, casi con un grado de misticismo, cómo sería en términos de redacción y comentarios.

No me sorprendió la mañana del 5 de febrero cuando Ficciología apareció en una esquinita de la Revista ¡Ea! (Página 18, para ser exacto) bajo el título “Cuentos de un escritólogo”. La nota (por llamarla de alguna manera y de esto hablaremos luego) fue desarrollada por la Dra. Carmen Dolores Hernández y consta de unos 132 vocablos–de las cuales descarto unas 15 ó 18 palabras por ser meramente menciones de algunos de los cuentos que conforman la colección– y una foto de la portada.
Para que no queden dudas sobre el contenido, el cual no puede ser copiado de la web, me atrevo a hacer una transcripción ad verbatim del mismo:
… temas diversos, cuya calidad es igualmente diversa. Los hay logrados …; los hay francamente decepcionantes … Los desaciertostienen que ver con una excesiva complicación de la narración…
Lo desastroso, en ambos casos, es el poco cuidado en la edición. Hay errores ortográficos crasos y el frecuente mal uso de las palabras redunda en una redacción defectuosa… 



Carmen Dolores Hernández. "Cuentos de un escritólogo". El Nuevo Día. Revista Ea!. Pág. 18. 5 de febrero de 2012. (Negrillas del autor)

Como se puede apreciar, la visión de la crítica establece un tono generalista en el cual predominan los adjetivos “decepcionantes” “desaciertos” “desastroso” y “defectuosa”. Todos con la misma letra con que comenzó la nota, o sea, al hacer acopio de las palabras “diversos” y “diversa”. Este elemento un tanto artístico –parece un tautograma– no es excluyente de la palmaria ausencia de fundamentos con los cuales se pueda medir el porqué de los adjetivos. Así, existe cierto grado de arbitrariedad o, a mejor decir, una espontaneidad en cuanto a las bases para determinar el valor del contenido de la publicación.

En cuanto a qué es este ejemplar, aduzco que no es “crítica” por carecer de elementos teóricos o ejemplificativos que lleven al lector a acuñar el alcance artístico de la obra en base a un marco crítico. Por otro lado, no es una reseña ya que no podría calificarse de una noticia  y consecuente examen de una obra con un fin informativo sobre su contenido. (En esencia, no cumple siquiera con los requisitos mínimos de una nota periodística dentro del axioma contemporáneo de la información glosada siguiendo la doctrina de la “pirámide invertida”) Luego de un análisis diferencial sobre la manera en que está redactada la pieza es casi forzoso concluir que esto es una simple nota, un comentario impreso que más se adecua a las formas de un epitafio – y al parecer tiene esas intenciones–.
Por eso de no “dejar al lector con ganas de mas”,[2] tomaré el atrevimiento de exponer algunos comentarios críticos u observaciones objetivas en torno a este fenómeno literario/periodístico. Primeramente, hay que dar la avanzada con la aclaración de que el contenido del escrito, por presunción, es de la autora. Algunas personas me comentaron que existía la posibilidad de que fuese un tercero el que haya insertado o cambiado la nota. Este elemento es altamente improbable ya que todas las “reseñas” son bautizadas con las siglas “CDH” indicativo de la autoría de la Dra. Hernández.[3]
Además, otros me han comentado que la libertad “periodística” o “crítica” de la Dra. Hernández se encuentra limitada por la mano editorial del periódico. Me han dicho que lo escucharon de su propia boca, lo cual entiendo que es muy cierto ya que un rotativo tiene el derecho constitucional de plasmar el contenido que desee, de la manera que lo desee. Sin embargo, considero que el acto de colocar las iniciales al final de cada nota, así como el factor de plasmar el correo electrónico de la autora al pie de la página son muestras de que la redacción es personalísima de la Dra. Hernández. O sea, si bien el contenido (los libros que se seleccionan) sigue unas pautas, lo que se escribe de ellos es pura creación de la profesora.
Esto lleva a cuestionarnos varias cosas. Lo primero es considerar la abalanzada queja por parte de muchos escritores puertorriqueños en cuanto a que esta sección de la Revista ¡Ea! reseña mayormente libros extranjeros y descarta a los locales. Esto ya ha quedado virtualmente claro pues sabemos o colegiamos que la autora ha testimoniado que es una política editorial ajena a sus funciones. Empero, ¿por qué entonces cuando sí aparece un libro puertorriqueño se le acribilla la mayoría de las veces?[4]
Para ser más prácticos, ejemplifico: Si se me exigiese escribir, primordialmente,  de libros extranjeros, ¿por qué utilizo el poco espacio que tengo para mancillar a autores locales? ¿No sería más provechoso usar dicho espacio para hablar bien de alguno que otro libro autor local? Más aun, sobresalta la gran interrogante: Si el libro en verdad no me gustó mucho, ¿por qué elijo que publiquen semejante nota? ¿No sería mejor dejar ese espacio para un libro verdaderamente merecedor de una reseña?
Estas preguntas surgen por un colegiado de interlocutores con los que he podido dialogar desde hace varios meses, quienes han visto sus obras enfrentarse a la imponente figura de la Dra. Hernández. Así, en un pasado no tan remoto, accedí en la defensa de Cezzane Cardona cuando la pluma de Hernández prácticamente destrozo –con ataques personalistas– la obra La velocidad de lo perdido.[5] En otra ocasión escuchaba como el autor de la historia del Colegio de Abogados de Puerto Rico, el Dr. Carmelo Delgado Cintrón, me comentaba como un domingo vio su publicación por el piso y luego, esa misma semana, cuando se celebraba una actividad en torno a las Cortes de Cádiz, la propia Dra. Hernández lo saludó y felicitó como si nada hubiese pasado. O sea, estas cosas pasan, esta vez me tocó a mí, o mejor decir a mi libro.
Por eso, aunque no estoy en total desacuerdo con la Dra. Hernández (con esto quiero decir que hay algunos de mis cuentos que ni yo soporto) considero que existe una desigualdad muy marcada en su reseñas. En primer lugar se encuentra esa tajante arbitrariedad con que dice “esto es bueno y esto es malo”, “esto sirve y esto otro no”. ¿De dónde saca semejante autoridad? ¿Bajo qué marco crítico? ¿Con qué fuentes? Simplemente sorprende la forma en que toma un puñado de mis cuentos y los pone a diestra y siniestra, como si fuese el juicio final de la literatura.
Sin dudar de sus cualificaciones como perita en literatura, encuentro que es un acto sumamente caprichoso el estar hablando sin fuentes objetivas que le demuestren al lector la razón de sus conclusiones. Un análisis de contenido no puede hacerse a estas expensas. Si bien el crítico está en todo su derecho de pasar juicio sobre una obra, eso no da derecho a hacerlo defectuosamente. O sea, hay que ser buen crítico y establecer un estándar de referencias, lecturas comparativas e identificación de fuentes literarias o críticas que den base a un comentario de altura sobre la obra. Más a fondo, un crítico no tiene inmunidad, tiene su título en juego, su prestigio y la estima como persona que justiprecia la literatura. En sumatoria, la forma de criticar revela las bases de su calidad intelectual y moral. No sólo hay que observar qué escoge para criticar, hay que ver cómo lo critica, con qué lo compara y cómo lo yuxtapone.

En segundo término (y circunscribiéndonos a lo que pasó con Ficciología), si se comparan las reseñas de Desperate Romantics de Franny Moyle y Van Gogh. The life de Steven Naifeh y Gregory White Smith (que aparecen en la misma página) se puede percibir un estilo completamente opuesto a aquel utilizado para referirse a mi texto. En cuanto al libro de Moyle, la nota es de unas 1,000 a 1,200 palabras en las cuales no se menciona nada despectivo de la publicación que motivó a hacer la serie de televisión de la BBC. En la evaluación de estos trabajos se aplaude con ahínco su contenido y no se cae en las rudimentarias observaciones sobre un error tipográfico o un error de edición.
Por tal razón, debo comentar que yo no fui el corrector de mi libro. El trabajo de edición se le delegó TOTALMENTE al Instituto de Cultura Puertorriqueña. Ni siquiera hice una lectura final del trabajo previo a su publicación, nunca me llamaron para ello a razón de que di mi anuencia para cualquier cambio y estaba enfrascado en mis quehaceres de jurista. O sea, para tenerlo BIEN claro, una cosa es el trabajo del artista y otra cosa son los errores editoriales o de impresión (quien trabaje en un periódico sabe eso y más). Ergo, no se le puede echar toda la responsabilidad al escritor por aquello que es responsabilidad editorial. Así, uno de los errores de esta nota es no diferenciar con precisión dónde termina la labor del autor y dónde comienza la del corrector. (Muy similar a lo que le acaeció a la novela de Cardona)
Pero hay más. En un tono mucho más personal, me encantaría ver la cara de Sra. Franny Moyle, así como la de Steven Naifeh y Gregory White Smith cuando lean la reseña. Irónicamente, existe una enorme posibilidad de que nunca lo hagan porque las notas de la Dra. Hernández no se pueden acceder a través de la web y, es muy improbable que el Sra. Moyle se levante un domingo a comprar El Nuevo Día en el colmadito de la esquina allá en Reino Unido. A toda luz, las reseñas que compartieron espacio con Ficciología son una mesurable pérdida de espacio informativo así como de tinta impresora ya que no hay muchas opciones para que los autores vean la reseña; sin dejar a un lado, el hecho de que los lectores no pueden auscultar dónde adquirir semejantes libros tan bien reseñados en el rotativo nacional.
Pero por estas nimiedades no me tomen a mal. Me siento bien con la nota de la Dra. Hernández. Esto a razón de que el gran entrampamiento que es Ficciología se ha cumplido a cabalidad. La intención de la redacción, el tono y la forma en que está escrito el libro es una recreación literaria del concepto “ficciología” de Quince Duncan. O sea, y en palabras del propio costarricense:
Se ha propuesto el término ficciología (“Visión Panorámica de la Narrativa Costarricense: una lectura histórico social”. En, Revista Iberoamericana, No. 138-139 España y Estados Unidos. 1987) como término apropiado para denominar  la disciplina que estudia el fenómeno de la ficción desde una perspectiva de totalidad.

La ficciología se ocupa del estudio de la ficción como sistema: la estructura interna, el contenido, la relación del  relato con el entorno.[6]

A razón de esto es que mi texto busca agobiar, confundir, y maniobrar con el lector por un mundo donde lo más nimio e insignificante se convierte en un universo literario con una multiplicación exponencial de sus posibilidades narrativas. Por tal factor, cuando la Dra. Hernández congenia que “[l]os desaciertos tienen que ver con una excesiva complicación de la narración que oscurece tanto el desarrollo de la trama como el flujo del lenguaje”, en sí está siendo víctima de la intención de este, su servidor.[7] Confieso que dentro de la nota, esta oración me llenó de alegría al saber que la profesora había sido víctima de mi macabro juego literario. Repito, como tantas veces: “Mi intención es que tires el libro, me maldigas, te canses y te sientas perdido en un mundo donde absolutamente todo puede ser un cuento”.

No más, concluyo con mi estribillo de siempre: Cuando dirigí la sección de “Crítica de Libros” en WRTU se hacían exégesis mayormente de libros puertorriqueños (aunque en alguna que otra ocasión, me aventuré a España y Latinoamérica) y no había por qué desperdiciar los 3 minutos de grabación en hablar mal de un libro. Tampoco podía andar comparando los estilos de antaño con la literatura contemporánea y mucho menos recomendar libros de difícil acceso a los lectores. No cobraba un centavito por esa labor y no estaba pendiente si mis palabras salían en la contraportada de un libro, porque a fin de cuentas los textos se defienden solos y nosotros los llamados “críticos” somos materia colateral en el asunto. Si no: pregúntele a la Cervantes, a García Márquez, a Carmelo Rodríguez Torres.


[1] Prescribe el RAE: “Dolores de vientre que suelen sobrevenir a las mujeres [y los escritores] poco después de haber parido [o publicado, según sea el caso].
[2] Elemento que es importantísimo en la redacción de una reseña.
[3] No obstante, si no es así, la profesora debería, de una vez y por todas, clarificar lo cierto o falso de esa aseveración.
[4] Entiendo que deben existir algunos ejemplares en que no se inflame tanto a una publicación puertorriqueña.
[7] Trolololololololo.

lunes, 6 de febrero de 2012

La academia como arma (@Cruce)



La guerra es un elemento regido por factores sicológicos más que mecánicos. Miedo, engaño, desinformación, medias verdades, apariencia: estos son algunos elementos altamente valiosos para llegar al fin último, la victoria– social, política y material –del campo de vida del no-autonominado “enemigo”. Este ejercicio de poder y destrucción ha sido tan antiguo como la historia misma, se ha debatido, performado, (de)construido y hasta satirizado. Sin embargo, a pesar de que para algunos es un tema fatídico  y cansón (lo vemos en las películas, los juegos, la mercancía, etc., etc.), ha llegado a un nivel de centralidad que repercute en tener que enfrentar la guerra a la teoría y desmenuzar sus componentes a través del cuestionamiento positivista y realista.

Un tanque M1 Abrams (EE.UU.) sirve su propósito si puede hacer tres cosas de forma efectiva: hacerle creer al enemigo que es otra cosa– una piedra, una loma de tierra, un conglomerado de arbustos–; disparar efectivamente; y, luego, crear terror en el “otro”. Lo mismo se podría decir de un equipo de asalto Spetnaz (Rusia) o un escuadrón aéreo de Typhoons (Reino Unido). Curiosamente cada uno de los elementos de destrucción mencionados pertenecen a tres superpotencias que, a pesar de su formidable maquinaria económica y tecnológica de guerra, se han valido de otros ejercicios mucho más productivos para ganar: la ciencia.
Según los modernos axiomas bélicos, antes de cualquier movilización un país debe medir lo que va a hacer y plantearse cómo lo va a llevar a cabo. Así, este llamado arte (Sun Tzu) no sólo se vale de la fuerza bruta, de la mejor tecnología o los potentes aliados. Su ejercicio conlleva el uso de prácticamente todas las Ciencias Sociales con el fin de desarrollar un producto capaz de agilizar la toma de decisiones estratégicas. A esta materia prima los teóricos bélicos lo llaman “inteligencia militar”.
Para aquellos escépticos que todavía no creen en el poder de estas ramas del saber y sus efectos en manos totalizadoras, el Dr. Guillermo Iranzo Berrocal nos regala un librito muy quisquilloso, de unas 76 páginas, en formato casi de bolsillo y con un lenguaje académico que no le quita -o le da– sueño al lector casual. Se intitula Antropología y Guerra en Puerto Rico. Bautizado bajo el sello de Editorial Isla Negra, constituye, tal vez, una de las miradas más críticas a la antropología occidental moderna.

El texto va al grano al identificar al autor con la concepción anticolonialista del discurso científico del siglo XX. Iranzo Berrocal acepta que una relación de desigualdad se desarrolla en la academia y que los métodos que muchas veces se enseñan con esmero y confianza fueron en el ayer instrumentos de conquista y, sobretodo, de guerra. El antropólogo enfoca con un acercamiento ético la relación de la antropología y la guerra dentro del periodo de 1900 a 2000 en Puerto Rico. Su verbo comienza dibujando la trayectoria de célebres figuras como Otis Mason, Franz Boas y Harry Shapiro, entre otros.
Estos pilares de la investigación antropológica han tenido un impacto marcado en la historia puertorriqueña y, en cierta medida, han definido mucho de lo que en aquel tiempo se veía como su devenir.  No obstante, Iranzo sacude la historia y deja en el tapete las instituciones– Smithsonian Institute, el Departamento de Guerra y las agencias de inteligencia estadounidense –que fomentaron a estos individuos y las razones por las cuales sus investigaciones fueron catapultadas al recién adquirido territorio puertorriqueño.
Antropología y Guerra en Puerto Rico presenta cuáles fueron los cimientos de muchas iniciativas culturales y jurídicas tales como el Proyecto Puerto Rico, el Instituto de Cultura, la Ley Foraker y las estrategias para lidiar con el avance de los nacionalismos a nivel local y mundial. Iranzo Berrocal enfatiza en la importancia que tuvo la antropología en la conquista de los territorios continentales de EEUU– la creación del U.S. Geological Survey, el Bureau of American Ethnology y los proyectos para tratar a las comunidades aborígenes, entre otros – así como sus aportaciones a las expediciones que rebasaron los límites del territorio estadounidense.
Es de suma importancia destacar que los elementos que subraya el autor se sumieron a un constante cambio gracias a fuerzas un tanto exógenas como lo fueron la Primera y Segunda Guerra Mundial, así como la Guerra Fría. (Nuevamente el elemento de la guerra se interpone como una variable determinante) No obstante, el autor hilvana sus argumentos con el fin de observar las repercusiones que esos sucesos tuvieron en la antropología practicada en Puerto Rico y viceversa. A modo de muestra, el autor desentrañará efectos que pudieron incidir en la política estadounidense que se pueden trazar a sucesos tan remotos como el asesinato de Trotsky en México o la persecución de los remanentes del gobierno fascista Alemán.
A pesar de que Antropología y Guerra en Puerto Rico presenta un cuadro sumamente tétrico en cuanto a temas que parecerían sacados de película– Control ideológico de Puerto Rico a partir de 1950, el ejercicio de operaciones contra los movimientos locales a través del COINTELPRO y la experimentación de campo con Puerto Rico –su mayor aportación es decirlo en un lenguaje capaz de activar suspicacia en el lector. No por eso el autor se limita a los “temas serios” ya que de vez en cuando nos presenta información reveladora y hasta divertida. A modo de ejemplo, un dato interesante se da cuando el texto comenta la intervención con el afamado antropólogo belga Claude Lévi-Strauss y su subsiguiente detención en Santurce por sospechas de que fuera un agente del gobierno Nazi.
A grosso modo, Antropología y Guerra en Puerto Rico es un libro que se lee con cuidado a pesar de su corta extensión. Las referencias a proyectos, leyes y figuras pilares de la ciencia antropológica lo hacen un libro enriquecedor en las manos de investigadores pero no por eso lo exime de una lectura amena por aquellos inexpertos de las ciencias sociales. La construcción de los capítulos es consecutiva y se libra de dejar una impresión escueta, como otras publicaciones, donde sólo se presentan cataplasmas y viñetas en espera de que el receptor haya hecho su propia bibliografía previa. A pesar de lo anterior, hay que darle mayor mérito a la labor integradora que hace Iranzo Berrocal, su libro desarticula la concepción de que el gobierno se desinteresa por la academia; todo lo contrario, la ha usado como arma y quizás la más efectiva.